Índice

 El Calvario de la Cruz de Vilabertran

 La heroica mujer catalana en los años de la persecución religiosa 

 Le estuvo bien empleado por entrometerse 

  Los doce mártires carmelitas de Tárrega y otros

 Los sacerdotes mártires de Figueras 

 Retazos

 La hoguera y el crimen de la Revolución de 1936 hicieron renacer en el corazón  de los catalanes  brasas de amor a la Iglesia.

Recuerdos del 6 de octubre de 1934

Mártires de la fe durante los años de la  persecución religiosa

El Obispo Irurita fue asesinado en el Cementerio de Montcada en diciembre de 1936

 F. Picas a Sapiens y Catalunya cristiana sobre el Obispo Mártir Irurita

 F. Picas a Jordi Curcó, publicista de "Lluvia de Rosas" sobre el Obispo Irurita, septiembre 2011, versión original en catalán

 F. Picas a Jordi Curcó, publicista de "Lluvia de Rosas" sobre el Obispo Irurita, septiembre de 2011, versión en castellano

La heroica mujer catalana en la persecución religiosa de Catalunya - I -

La heroica mujer catalana en la persecución religiosa de Catalunya - II -

La heroica mujer catalana en la persecución religiosa de Catalunya - III -

La heroica mujer catalana en la persecución religiosa de Catalunya - IV -

La heroica mujer catalana en la persecución religiosa de Catalunya - V -

La heroica mujer catalana durante la persecución religiosa en Cataluña - VI -

La heroica mujer catalana durante la persecución religiosa en Cataluña - VII -

La heroica mujer catalana durante la persecución religiosa en Cataluña - VIII -

Causa de los Mártires de Gerona

Oración ante los mártires de Pont de Molins 19 de mayo de 2012

El incendio respeta el Monumento a los mártires de Pont de Molins

Dios bendice a los pueblos con los mártires

Beatificados 1523 mártires de la fe

 

EL CALVARIO DE LA CRUZ DE VILABERTRAN

3Francesc A. Picas

La abadía de Santa María de Vilabertran es depositaria de una cruz latina, del siglo XII, de estilo gótico, espléndidamente cincelada con medallones y filigranas, formando en conjunto  una magnífica joya de la orfebrería catalana.

 Alguien mal informado ha dicho que la cruz de Vilabertran estuvo a punto de desaparecer durante la “guerra civil” de 1936 - 1939. No es cierto. La cruz de Vilabertran corrió el riesgo de ser destruida al implantarse en Cataluña, el julio de 1936, una furiosa y criminal persecución religiosa, que oprimió a toda la tierra catalana. Hay que explicar al pueblo las cosas claras para evitar confusiones. Vilabertran no conoció la guerra civil en 1936. Guerra civil y “persecución religiosa” son dos hechos históricos diferentes.

 

3La cruz de Vilabertran

En la abadía de Vilabertran como en todos los templos de Cataluña quemaron los altares y las imágenes, pero ¿Qué pasó con la cruz de alto valor artístico? El alcalde de Vilabertran no evitó la profanación del templo, ni la quema de altares e imágenes. Era la consigna en toda Cataluña, pero en previsión que la cruz de valor histórico y crematístico podía ser usurpada o destruida, la retiró del templo y la escondió en una gran tinaja vacía del sindicato agrícola. La cruz mide 1,60 m. de alto y un metro de ancho. Más tarde, el alcalde llevó la cruz en secreto a Barcelona para que fuese custodiada en un museo de la ciudad, no como signo religioso sino como tesoro artístico. Pero, ¿Con qué derecho, fue trasladada más tarde la cruz a París? ¿Quién fue el responsable?. 

 

 

3Claustro de Vilabertran

Mientras tanto, en Vilabertran se forjaba una gran tragedia. Es de justicia recordar que la cruz de Cruz de Vilabertran llevaba incrustada la sangre del señor cura párroco, mosén Artur Rovira. Los comités denominados “antifascistas” detuvieron mosén Artur como a tantos cientos de sacerdotes en Cataluña, y le exigieron que les informase de donde se encontraba  aquella famosa cruz que decía que estaba cargada de joyas y piedras preciosas. El cura párroco guardó silencio. Entonces lo metieron dentro de un saco, lo ataron, lo rociaron de gasolina y lo quemaron vivo. Un crimen vergonzoso. Mosén Artur fue un auténtico mártir de la cruz de la abadía de Santa María. Sin el sacrificio de mosén Artur Rovira, Vilabertran y los catalanes no disfrutaríamos hoy de una cruz con unos valores artísticos únicos. La cruz de Vilabertran por suerte, en 1939, pudo ser recuperada de Francia por el gobierno de Franco.

 La cruz es un tesoro de Piedad, de Fe y un símbolo de Redención universal, sea de madera o de plata. Los cristianos reconocemos en la cruz un valor superior a todas las joyas y plata que puedan adornarla.

¿Por qué en 1936 se quemaron las iglesias y se persiguió a muerte la Religión? La Generalitat disponía de la Guardia Civil, de los Mossos d´Esquadra, de fuerzas de seguridad, de parte del ejército y de otros elementos propios y suficientes para evitar el desorden anárquico, que atentó contra la vida, la propiedad y el derecho de honrados ciudadanos. Pero diferentes consellers de la Generalitat y los alcaldes de muchos pueblos, enemigos de la iglesia, creyeron que en julio de 1936 había llegado la hora de implantar en España un régimen  que aniquilase la religión católica a sangre y fuego. Bien claro lo manifestó Companys en el discurso radiado el 21 de julio proclamando la revolución  y lo confirmó en otro, el 20 de diciembre de 1936.

En Cataluña no se evitaron los crímenes ni las destrucciones. Durante 32 meses, a partir de julio de 1936, todos los templos, con los altares y las imágenes destrozadas y quemadas, fueron cerradas al culto e incautadas por las autoridades.

 Las familias cristianas rezaban en el silencio de los hogares y de celebraban misas clandestinas pidiendo al cielo la libertad religiosa. Las iglesias pudieron ser reabiertas  y reedificadas al implantarse el gobierno de Franco, en enero de 1939.

Que Dios tenga misericordia de todos los que salvaron vidas y tesoros en aquel trienio pavoroso. Pero no es lícito tergiversar la historia ni correr un velo para que no se conozca la verdad. La Iglesia católica en Cataluña, pacífica amante de la paz, la Iglesia de la gente sencilla, de las familias cristianas, sufrió un terrible calvario de julio de 1936 a enero de 1939. Persecución, torturas y asesinatos. La cruz de la abadía de Santa María de Vilabertran y el cura párroco mártir son testimonios. También podríamos hablar entre otros centenares de destrucciones, de la magnífica  cruz de Vilopriu, que desapareció el 18 de julio de 1936. ¿Quién la quemó o destruyó o, quizás, quién se la llevó y la vendió?

                                                                                Francesc A. Picas


 

LA HEROICA MUJER CATALANA EN LOS AÑOS

DE PERSECUCIÓN RELIGIOSA

Quienes seguimos con intensidad la historia de la Cataluña Moderna, sentimos una íntima emoción al recordar los méritos de la mujer catalana y cristiana durante los años de la persecución religiosa de 1936 a 1939 y valorar su conducta valiente y, en muchas ocasiones, heroica.

Cinco obispos y centenares de sacerdotes, religiosos, religiosas, padres y madres de familia y juventud católica fueron asesinados en Cataluña bajo la revolución implantada en 1936. Las víctimas que consiguieron escapar de la persecución buscaron refugio en el campo o en la ciudad, entre parientes y amigos. En estos capítulos de la historia es cuando la mujer catalana adoptó una actitud caritativa y heroica. Las amas de casa rurales acogieron a sacerdotes, religiosos y otras personas que allí se refugiaron, los alimentaron y les ocultaron en lugares estratégicos de las casas o del bosque donde no pudiesen ser localizados en caso de registro y les preparaban rutas para el paso de la frontera. 

En el medio urbano, especialmente en Barcelona, les alimentaban y también guiaban disimuladamente a los sacerdotes a domicilios donde se encontraba un enfermo para que pudiese recibir los sacramentos e incluso celebrar misa en la misma habitación.
 
Unas mujeres maravillosas que se privaban de alimentación para repartirla entre los cristianos perseguidos, recogían dinero para ayudarles, les animaban, les daban noticias y esperanzas de liberación y a algunas de ellas en su labor caritativa, humanitaria y heroica les costó prisión y vida. Recordemos la sentencia número 337, de 10 de diciembre de 1938, firmada por el presidente Companys, confirmando la pena de muerte para siete hombres y seis mujeres.

 Nuestras madres diariamente rezaban en familia, en silencio, el santo Rosario, pidiendo por la paz, esperando el día de la liberación y el fin de la persecución religiosa. También hacían llegar en el lugar de ocultación de sacerdotes, el pan ácimo que fabricaban religiosas clandestinamente, y que los sacerdotes diaria-mente transubstanciaban en alimento espiritual para los cristianos. Tal como se escribía en la historia de las catacumbas de Roma, entonces se escribía en las catacumbas de la Cataluña cristiana moderna. Mujeres que nunca tomarían un arma, símbolo de odio, sino rosarios de paz y de concordia.

Dolores Bartí, una chica de veinte años, de Figueras, con valentía intentó cerrar el paso de los milicianos que querían detener a mosén Lluís de Macià. La lanzaron por las escaleras, la condujeron a las afueras de Vilafresser, la ultrajaron, intentaron violarla y la asesinaron en la cuneta de una carretera.  Otra chica salvó de una muerte segura al vicario de Puigreig haciéndose pasar por su novia. El comité le amenazó de muerte si no se emparejaba. Mosén Balaguer a los pocos días huyó y pasó la frontera por Andorra.
 
Sara Jordà  se infiltró en la Generalitat en Girona, falsificó los documentos que pudo, con firmas y sellos, y ayudó a pasar la frontera a muchos ciudadanos perseguidos venidos del interior de Cataluña. Detenida, juzgada y fusilada en los fosos de Santa Helena de Montjuïc, junto con otras seis mujeres. La orden de fusilamiento la firmó Lluís Companys.
 
María del Tura Roure y Castanyer de Olot se distinguió con dos de sus hijas, muy jóvenes, en auxiliar a los sacerdotes y religiosas perseguidos y ocultos y acompañaban a los fugitivos provenientes de Gerona por caminos de montaña para pasar a Francia. Finalmente, fueron detenidas y presas.
 
El comité rojo gerundense quería trasladar a Rusia a los seis hijos de Antoni Mollet, un mecánico que los milicianos habían asesinado hacía pocos días. La tía de los niños, muy decidida, disimuladamente, los cogió de noche, los subió a un tren y se los llevó a Valencia con los abuelos. El mayor tenía doce años.
 
La tía de mosén Enric Puig, de Figueres, riñó severamente a su sobrino que había dejado solo al rector de La Jonquera; a los pocos días, rector y vicario eran asesinados en las inmediaciones de la prisión del castillo de Figueres
 
Nueve religiosas, ancianas y jóvenes, que tenían establecida comunidad en Horta, Barcelona, conocidas como Monjas Mínimas, que se dedicaban a la infancia del barrio, fueron asesinadas y abandonadas en un campo, bajo el cielo por testimonio.
 
La primera mujer beatificada en Cataluña fue Mercè Prat, monja de Santa Teresa de Jesús, de Barcelona, asesinada en l´Arrabassada, en las proximidades de la ciudad condal. A los llantos de una niña, un miliciano justificó que la prendiesen porque enseñaba la doctrina de Jesucristo.   

Francesc A. Picas


LE ESTUVO BIEN EMPLEADO POR ENTROMETERSE

Nos dice el Evangelio que Jesús curó un enfermo de lepra. Como le tocó con las manos, en ningún lugar querían darle acogida porque creían que se había contaminado. El señor obispo de Gerona, Francesc Pardo, comenta acertadamente este apartado del Evangelio y añade que mucha gente faltada de entendimiento, debía decir de Jesús: “Ya le está bien que no lo quieran, que no lo hubiesen tocado”.

 Este agudo comentario del señor obispo me ha recordado que en los años de la persecución religiosa de 1936, algunas personas queriendo ocultar los crímenes que se cometían, en lugar de compadecer a las víctimas, quizás también los comentaban con la misma sorna.

 Dolors Bartí, una chica de Figueres, plantó cara a los milicianos en la revolución de 1936 y se colocó en la puerta del domicilio de mosén Macià, para no dejarlos pasar. La detuvieron, la empujaron por las escaleras, la trasladaron a las afueras de Vilafresser, la violaron y la dejaron muerta en una cuneta de la carretera. Y después mataron al sacerdote y a once más, en el castillo de Figueres. Alguien, entonces quizás a media voz, comentaría:”¿Quién la obligó a ponerse en peligro?. Si se hubiese quedado en casa lavando platos”.

 Cuando asesinaron a mosén Josep Morta, en Navás, en medio de la calle Mayor, lo lanzaron tras una tapia del cementerio. A alguien a quien sentó mal el asesinato lo justificaba diciendo:”¿Quién le obligaba a ser tan conflictivo?. Desde el púlpito el cura denunciaba el ateismo de una escuela laica, los divorcios de personas conocidas de la localidad, los bailes inmorales del Centro Republicano, etc…”.

 Cuando asesinaron al maestro de escuela Lluís Piquer de Parets del Vallés porque se negó a firmar un documento en que se decía que Dios no existía y explicaba clandestinamente el Catecismo en “tiempo de los rojos”, es posible que alguien, ahora añada: “Lo mataron por fanático. Hoy muchos sacerdotes en las escuelas y academias no hablan de Dios, ni de la Virgen, ni de los ángeles”. 

 Cuando asesinaron a los hermanos de San Juan de Dios de Calafell también algún iluminado pudo decir:”No se puede ser de buena fe. Hubiesen abandonado a los niños deficientes cuando oyeron que mataban a sacerdotes. Que los hubiesen cuidado las prostitutas republicanas. ¡Qué caray!”.

 Cuando explican que asesinaban a los párrocos de los pueblos porque la consigna era destruir la Fe en Cataluña, algunos agnósticos quizás afirmaban y ahora repiten de un cura determinado: “Le está bien empleado porque se hizo cura. Si se hubiese quedado en casa a trabajar como campesino. Y el cura iluso aún lo daba todo a los pobres ”.

Centenares de testimonios del martirologio cristiano habrían podido ser escogidos por el sr. Obispo para escribir el comentario dominical del 15 de febrero. Nos habría gustado. Miles de cristianos lloraron por estos hechos y rezaron en silencio para que no fuese tan dura aquella persecución religiosa que causó gran dolor a la tierra catalana y originó un glorioso elenco de mártires.

 Francesc A. Picas


(complemento del libro “Historia  de la persecución  religiosa en

Cataluña 1936 – 1939”)

 

El 19 de julio de 1936 el terror rojo implantó en toda España una revolución furiosa y siniestra contra la Iglesia católica. Todas las órdenes religiosas tienen en su haber mártires que muchos de ellos han alcanzado la beatificación. Añadimos hoy, el testimonio de unos carmelitas el nombre de los cuales no figura por omisión, en nuestro libro, como muchísimos otros que añadiremos en suplementos. 

LOS DOCE MÁRTIRES CARMELITAS DE TÁRREGA Y OTROS

 En los años tétricos del 36, en Tàrrega encontraron el martirio 12 carmelitas. Ante la persecución religiosa implantada en Cataluña, la Comunidad carmelita de Tàrrega tuvo que abandonar el seminario y encontraron refugio en muchas casa targarinas que les acogieron. Más tarde, intentaron tomar el tren de Barcelona, pero no lo consiguieron. Fueron detenidos con el Prior, P. Ángel Prat.

 El Comité rojo de Tàrrega interrogó a los 12 carmelitas detenidos. ¿Qué habían hecho de mal estos santos religiosos? Rezar, estudiar, enseñar, predicar el amor de Dios y al prójimo. Los condenaron a muerte. Una barbaridad ¡Un crimen! Los cuatro sacerdotes pidieron la libertad para los ocho seminaristas, todos ellos jóvenes, pero no fueron escuchados. Los 12 fueron conducidos al Clot dels Aubens de Cervera y asesinados el día 29 de julio de 1936 y después quemados sus cuerpos. Los dos más jóvenes tenían 17 años y eran hijos de Olot… ¡Dios mío, perdonad a los enemigos de nuestra Fe! ¡Dónde estaba la libertad y la democracia en aquella República corrompida del 36 que tanto proclama hoy la prensa y la televisión! ¡Mentira!  

Los carmelitas murieron invocando a Cristo Rey y a la Virgen del Carmen mientras se animaban mutuamente y perdonaban a sus verdugos. Todos ellos desde el cielo, beatos de la Iglesia, bendicen sus pueblos y la tierra que sufrió tan terrible persecución religiosa.

 Estos son sus nombres: P. Ángel María Prat y Hostench, nacido en Banyoles; P. Eliseo M. Maneus y Besalduch, nacido en San Mateo (Castellón); P. Anastasio M. Dorca y Coromina, hijo de Santa Margarita de Bianya; P. Eduardo María Serrano y Buj, nacido en Villarluengo (Teruel); Fray Pedro M. Ferrer y Marín, nacido en Mataró; Fray Andrés M. Solé y Rovira, nacido en El Vendrell; Fray Miguel M. Soler y Sala, hijo de Olot; Fray Juan M. Puigmitjà y Rubió, hijo de Olot; Fray Pedro Tomàs M. Prat y Colldecarrera, nacido en la Vall de Bianya; Fray Eliseo M. Fontdecava y Quiroga, nacido en Port-Bou; Fray José M. Escoto y Ruiz nacido en Aguacaliente (México) y Fray Elías M. Garé y Egea, hijo de Lorca (Murcia). 

Habría que añadir entre los mártires carmelitas reseñados a sor María del Patrocinio, monja de clausura asesinada el 13 de agosto en Vic en defensa de su castidad. Era nacida en Bigues. 

El día 3 de octubre fue detenido y asesinado en Barcelona Fray Eufrosio M. Raga y Nadal subdiácono de la Comunidad de Olot, nacido en Ulldecona. El 13 de octubre fue fusilado en el cementerio de Tarrasa Fray Ludovico Ayet Canós hijo de Villareal de los Infantes y Fray Ángel M. Presta Batlle, hijo de Olot, previamente detenidos en la prisión Modelo de Barcelona. El 22 de noviembre fueron fusilados en el foso de Santa Helena en Montjuïc, el P. Ferran M. Llobera, prior de la Comunidad de Olot, natural de Orfans. A ninguno de ellos le encontraron armas de fuego. Sus únicos ideales eran el amor de Dios y al prójimo y a la Virgen María, madre del Carmelo. Las armas de los sacerdotes y de los religiosos asesinados en toda Cataluña y España eran el santo Rosario y los evangelios.
 
El Santo Padre Benedicto XVI, el 26 de junio de 2006, firmó el decreto de beatificación de 16 carmelitas, y el 27 de octubre de 2007 fueron beatificados en Roma junto con 498 mártires, una gran fiesta para la Iglesia española.

La Orden del Carmen tiene sus orígenes en el siglo XII en la montaña del monte Carmelo en Israel, donde un grupo de ermitaños, a imitación del profeta Elías, llevaban una vida solitaria. Invitamos a realizar una visita a la iglesia de la Comunidad carmelita de Tàrrega. Serán gratamente recibidos.

 Francesc A. Picas


 LOS SACERDOTES MÁRTIRES DE FIGUERES

 

Joan-Xavier Vidal Dalmau, joven historiador de Figueres, ha escrito un magnífico estudio sobre la historia de Figueres que gira entorno al templo de Sant Pere. Traza una amplia historia de las tensiones políticas en la ciudad anteriores a 1936, detalla el incendio del templo parroquial y expone la biografía de los once sacerdotes asesinados los años de persecución religiosa de 1936. 

De los once sacerdotes inmolados, de tres de ellos se desconoce donde se encuentran sus restos. Se trata de mosén Ramon Masdedevall y Prujà, nacido en Santa Pau (Garrotxa). Tenía 74 años. Decía misa en el altar de la Divina Pastora del templo parroquial de Sant Pere. Hacía una vida retirada, visitaba enfermos y vivía modestamente. Fue torturado y asesinado el 13 de octubre de 1936. Se cree que sus restos descansan en alguna fosa del cementerio de Figueres, pero no han podido ser localizadas. 

Mosén Enrique Murtra Vilaplana, nacido en Gerona. Tenía 57 años y ayudaba en la parroquia de Sant Pere. Era profesor de religión. Detenido en Figueres, fue asesinado en las inmediaciones de Salt y quemado su cuerpo. Sus restos no han sido encontrados. 

Mosén Marià Fages de Climent. Nació en Figueres. Tenía 60 años. Decía misa de 12 los domingos. Fue previamente robado, torturado y asesinado en la carretera de Pontós. Su cuerpo no ha sido localizado. Parece ser que fue  sepultado en algún lugar del bosque de Pontós. 

Vencidos los ejércitos rojos en Cataluña, en enero de 1939, la Iglesia recuperó la libertad. Entonces pudieron ser enterrados con dignidad los ocho sacerdotes vinculados al templo de Sant Pere y otros de la comarca, después de exhumados de las indignas fosas donde fueron enterrados. 

Sus nombres son los siguientes: mosén Pere Arolas y Vergés, natural de Llers. Tenía 74 años. Rector de la parroquia. Un sacerdote inteligente, abnegado y sacrificado. Murió con serenidad y con la cabeza bien alta. Parece ser que fue asesinado a tiros, pero al recoger sus restos en 1939 para darles digna sepultura, mosén José M. Cervera testimonió que encontraron una gran piedra en su cráneo. 

 Mosén Andreu Costa y Planella, 29 años. Había nacido en el valle de Bac y mosén Francesc Vila y Puigdevall. 27 años, que había nacido en Mieres. Los dos eran vicarios de la parroquia. Fueron asesinados brutalmente en los lavabos del castillo. Intentaron quemar sus restos. 

Mosén Agustín Burgas y Darnés. Nacido en Figueres. Tenía 44 años. Profesor y excelente escritor. Lo mataron en el castillo de Figueres de un disparo en la nuca. Conformó su muerte un miliciano que frente a un grupo de personas de Figueres mostró con cinismo la pistola que él le disparó. 

Mosén Joan Casademont y Marigó. 66 años. Nacido en Figueres. Ejercía de sacerdote y de sacristán. Era un hombre bueno. Daba lo que tenía. Organizaba la parte piadosa de la parroquia. Detenido, le obligaron a subir a un camión a culatazos. No podía, caminaba con dificultad. Asesinado en el castillo de Figueres el 21 de setiembre. 

Mn. Salvador Clota y Valls. Nacido en Blanes. Tenía 66 años. Se refugió en su piso al no poder huir de Figueres. Le engañaron y lo condujeron al castillo. Le prohibieron recibir alimentos de su familia. En la puerta del castillo, rompieron el pan que le traía una vecina, Margarita Vives. En el castillo sufrió un ataque de reuma que le impedía moverse. Lo llevaron a la muerte arrastrando. Murió de una cuchillada en el vientre. Providencialmente, de la herida brotó sangre fresca al cabo de tres años, cuando fue exhumado, y la sangre tiñó la camisa. Nos dio testimonio personal la señora Narcisa Sala, de Figueres, que se encontraba presente en la exhumación, junto a una religiosa y un familiar de mosén Salvador. Un hecho extraordinario, digno de ser comentado. 

Mosén Lluís Maria de Macià y de Llavanera. Nacido en Vilafant. 62 años. De carácter y corazón bondadoso. Propietario de la revista “La Veu de l’Empordà”. La defensa de la Fe de la revista le granjeó las iras de los sectores sectarios. Fue el primer sacerdote detenido. Fue martirizado de forma violenta a golpes de culata. 

El P. Joan Puig y Serra, sacerdote, padre Paúl. De 57 años de edad. Se refugió en el asilo de ancianos. Fue detenido y trasladado al castillo y asesinado el 13 de octubre junto a los dos vicarios y otros presbíteros de la comarca. 

¡Dios mío! ¿Qué pasó en Cataluña, en Barcelona, y en todos los pueblos de nuestra tierra, el 1936?, se preguntan los ciudadanos el dos mil. ¿Dónde estaban las autoridades? La Generalitat disponía de la Guardia Civil, de los Mossos d’Esquadra y otras fuerzas armadas y habrían podido frenar la revolución sangrienta. 

Francesc A. Picas              


RETAZOS DE LA TERRORÍFICA FIESTA DE SANT JORDI DE 1938

 

El día 23 de abril de 1938, a la una de la madrugada, los presos de la prisión Modelo de Barcelona, cerca de quinientos, fueron despertados y obligados a formar con todas sus pertenencias, en filas de a cinco. En las listas figuraban sacerdotes, religiosos y personas de significación cristiana mezclados con presos de delito común y políticos. Algunos procedían de los barcos-prisión y de diferentes prisiones. 

Los mantuvieron cuatro horas formados y en silencio. Finalmente, se presentó el jefe de la expedición y les indicó que les enviaban a un campo de trabajo en la retaguardia del frente de Lleida. Eran frecuentes los traslados de las prisiones a los campos disciplinarios en aquellos tiempos de guerra. Y les advirtió que si alguien tenía intención de evadirse que supiera que serían fusilados los cuatro compañeros de su fila más los cinco de la fila precedente  y los cinco de la fila posterior. A partir de este momento – añadió el “jefe” – I allí donde vayáis, sólo existe una sola pena y un solo castigo; la muerte. Una escalofriante fiesta de Sant Jordi tuvieron los pobres presos. 

Les escoltaban guardias con fusiles ametralladores llamados “naranjeros”. Todos los vigilantes también llevaban una pistola y un bastón al que le llamaban “la pirrosa” con el que acostumbraban a castigar a los presos, con tanta furia que muchos de ellos morían golpeados, según explica mosén Antoni Riera. 

En la estación del Norte tomaron un tren en dirección a Manresa, que cada vez que se detenía los guardias bajaban rápidamente al andén con el arma apuntando a las ventanillas y a las puertas. Al llegar a Sant Vicenç de Castellet, un preso contravino la orden de asomarse al exterior para galantear a una chica que pasaba y un guardia le disparó, le hirió y mató a otro preso que estaba detrás. Pararon en Cervera, después en Bellpuig y a pie emprendieron el camino de 25 kilómetros hasta Omells de Na Gaia, cargados con sus posesiones, un pico y una pala. 

José María Aballó recuerda que el primer día de trabajo fue justamente el 27 de abril, día de la Mare de Déu de Montserrat. En estos campos estaba prohibido hablar de Dios y los sacerdotes eran tratados peor que el resto de presos. Dormían en las iglesias del pueblo, profanadas desde 1936, en el suelo o sobre paja y amontonados. Les hacía levantarse al amanecer, caminaban hasta el lugar de trabajo. Primero les daban un panecillo y una infusión de cebada; al mediodía cuatro garbanzos y por la noche otro tanto o lentejas. Y a dormir si les dejaban los piojos, las ratas, las hormigas y los escarabajos, ya que no les daban tiempo para lavarse, ni tenían mudas, ni calzado y no tenían ningún día de fiesta. Tenían prohibido hablar en el trabajo, durante el trayecto, durante la comida o en el descanso. Muchos sacerdotes aprovechaban el tránsito al trabajo para rezar el Santo Rosario en silencio. La Fe les daba esperanzas. A muchos de los presos les empezaron a fallar las fuerzas, nos explica Joan Pujol, algunos quedaron atrás en el trabajo y si caían al suelo eran golpeados e incluso asesinados por los vigilantes. 

La historia de aquellos campos de trabajo es repugnante: hambre, suciedad y despotismo. La dignidad humana quedaba oprimida y pisoteada. 

Albert Galicia, que ha recogido abundante documentación, llega a la conclusión que parece imposible que el cuerpo humano, depauperado como estaba, pudiese resistir tanto sufrimiento que supera altas cotas de crueldad. 

En el estudio de la guerra civil de 1936 además de los defectos propios de toda “guerra”, hay que añadir los crímenes de la Revolución político-social implantada en la zona “roja” que comprendía la persecución religiosa y la destrucción del sistema económico y cultural catalán y español. Se impuso a nuestras familias un terror inhumano que queda dolorosamente reflejado en diferentes libros del martirologio cristiano y en la historia de las prisiones y de los campos de trabajo y de castigo de los que hoy hemos relatado un mínimo testimonio. Quedan largas historias por relatar. 

Queremos aclarar a los lectores que al explicar esta historia no nos mueve ningún odio. Siguiendo el ejemplo de los mártires, perdonamos a todos cuantos maltrataron a nuestros hermanos, pero no podemos quedar en silencio. Nuestro deber es manifestar unos hechos que actualmente bajo la censura que sufrimos en la televisión y en la prensa no son publicados y sí falsamente manipulados. Unos hechos de 1938 que nos los ha recordado el día de Sant Jordi.  

Francesc A. Picas    


LA HOGUERA Y EL CRIMEN DE LA REVOLUCIÓN DE 1936

HICIERON RENACER EN EL CORAZÓN DE LOS CATALANES

BRASAS DE AMOR A LA IGLESIA

FRANCESC D`ASSIS PICAS

 

La historia no puede borrarse. En España, el 20 de julio de 1936 se implantó la revolución anarcomarxista. Tenía por consigna destruir de forma violenta y sangrienta el espíritu cristiano del pueblo español: persiguieron y asesinaron a los sacerdotes, a los religiosos y a los líderes de cada localidad que eran defensores de la Religión, especialmente jóvenes de la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña (FJC) y de las Congregaciones Marianas (CCMM).

Iglesia de Santa María del Mar, Octubre de 1936 

La Revolución también desarticuló todo el sistema económico y social basado en la propiedad privada. Usurparon fábricas y talleres, clausuraron los partidos políticos de centro y de derechas y persiguieron a sus dirigentes. Los comités rojos fueron legalizados por un decreto de la Generalitat.

 En Cataluña, tras la entrada de las tropas Nacionales, Franco garantizó la libertad de culto a la Iglesia y devolvió los bienes arrebatados a sus propietarios. Resurgió la economía y el trabajo para el obrero. Obra gigantesca supuso la reconstrucción de templos, altares, retablos, imágenes y objetos de culto gracias a la generosa aportación del Estado y a las contribuciones de muchos católicos que daban gracias a Dios por la paz y la libertad religiosa y personal. Fueron incalculables los tesoros artísticos destruidos por los sanguinarios, enemigos de la auténtica Cataluña. Los templos abrieron las puertas al culto tras treinta y dos meses de ser clausurados.

En Cataluña somos testigos que a partir de febrero de 1939 renació una piedad intensa en las familias catalanas, como una reacción espontánea a la persecución y oprobio durante el trienio 1936-1939. Se llenaron los seminarios de jóvenes que aspiraban al sacerdocio, el pueblo asistía en masa a las procesiones, novenarios, sermones, conferencias, funciones litúrgicas, Vía Crucis, mes de Maria, romerías a santuarios marianos y conmovía ver los templos repletos de fieles durante las misas dominicales. Todo el mundo se arrodillaba a la hora de la Consagración.

 ¿Dónde están los católicos en 2010? Centenares de fieles y de familias asisten, hoy en día, gracias a Dios, a la Santa Misa; muchos son de la tercera edad, ayudados con un bastón o en silla de ruedas, juventud del renacimiento cristiano de los años cuarenta.



RECUERDO DEL 6 DE OCTUBRE DE 1934

FRANCESC D`ASSÍS PICAS

 

La noche del 6 de octubre de 1934 las familias cristianas pasaron horas de angustia y de temor. En Cataluña los partidos anarcomarxistas se sumaron a la revuelta de Lluís Companys en Barcelona y de los mineros en Asturias. En Navàs (Bages) esa noche asesinaron al párroco mosén Morta e incendiaron la iglesia parroquial. Mosén Morta, detenido, fue asesinado en una calle céntrica de Navàs y antes de expirar sufrió crueles torturas e insultos. De madrugada, Ramón Serra, un leñador, pistola en mano, junto a otros valerosos navasenses, al conocer que Lluís Companys se había rendido, se dirigieron al ayuntamiento y expulsaron al Comité Revolucionario que se había apoderado de la alcaldía y era responsable de la muerte del sacerdote y del incendio de la iglesia parroquial.

 También esa noche del 6 de octubre, incendiaron el templo de Vilafranca del Penedès, de Morell, de Vilanova i la Geltrú, de Castellví de la Marca y de Sant Jaume de Domenys. En Mataró obligaron, pistola en mano, al cura párroco Dr. Samsó, a entrar en el templo e incendiar los altares y la imaginería. El Dr. Samsó se negó con firmeza y a punto de asesinarlo, los incendiarios al conocer la rendición de Lluís Companys huyeron al mismo tiempo que entraban en el templo buenas personas de Mataró a apagar el fuego iniciado por los milicianos.

 En el pueblo de Subirats, esa noche, los “rojos” condujeron detenido al párroco, mosén Miguel Cirés, a las afueras y le ataron a un árbol. Cuando los revolucionarios  de Subirats conocieron la rendición de Lluís Companys huyeron y dejaron abandonado al sacerdote, atado, a punto de ser asesinado. Días después, un amigo de mosén Cirés le regaló una pistola para protegerse si alguien le atacaba cuando se encontrase en descampado para asistir a enfermos. Informado el obispo, Dr. Irurita, ordenó al sacerdote que se deshiciese de la pistola, y le dijo que prefería un sacerdote mártir que a un combatiente. El 19 de julio de 1936 mosén Cirés fue asesinado como tantos cientos de sacerdotes y el mismo obispo Dr. Irurita.

En Asturias, la revolución de 6 de octubre de 1934 duró más tiempo y fueron asesinados 34 eclesiásticos, totalmente indefensos, muchos de ellos docentes religiosos de los hijos de los mismos mineros que les persiguieron. El obispo de Oviedo, por suerte, se encontraba enfermo y hospitalizado en Pola de Gordón, pero al conocerse la tragedia perdió el habla y murió de angustia en Madrid, al cabo de un mes de haber estallado la revuelta.

 Lluís Companys en octubre de 1934 fue detenido y condenado a muerte. El obispo de Barcelona, Dr. Manuel Irurita, fue el primero, entre centenares de firmas, que pidió clemencia y solicitó su indulto. A Lluís Companys le fue conmutada la pena capital. Pasaron dos años y el 20 de julio de 1936, al estallar la revolución anarcomarxista, Companys investido nuevamente presidente de la Generalitat, sabía que una patrulla de milicias dirigidas por García Oliver asaltaría el palacio del obispo de Barcelona y no movió ni un dedo para evitar que fuese detenido. El obispo se había refugiado en el domicilio de la familia Tort. En diciembre de 1936 fue descubierto y trasladado a una checa. Después fue conducido al cementerio de Montcada, donde, sin juicio ni piedad, fue asesinado por uno de los comités legalizados por Companys. 

 Los treinta y cuatro meses últimos del gobierno de Lluís Companys (del julio de 1936 al febrero de 1939) fueron una deshonra para Cataluña. Los años más siniestros de nuestra historia. Fueron derribados los más valiosos tesoros arquitectónicos religiosos herencia de la cultura pasada, fueron prohibidos el arte, la literatura y la música religiosa tan propia de Cataluña, y fueron perseguidos y asesinados los más grandes sabios, honrados y patriotas de nuestra tierra.

 En 1939, Lluís Companys vencido en la guerra civil, se exilió, pero fue detenido en Francia, juzgado y fusilado en Barcelona el 17 de octubre de 1940. La historia nos indica que en julio de 1936 Companys había hecho fusilar 199 militares de los que se sublevaron en Barcelona, en el alzamiento de Franco y Mola.

 El pueblo, hoy en día, tiene derecho a conocer la auténtica historia. No permitamos que se oculte ni que se tergiversen los hechos. Los hijos y los nietos de esa época siniestra queremos paz y concordia para todo el pueblo catalán, somos contrarios a la pena de muerte, ayer y hoy, y exigimos el derecho a divulgar nuestra memoria histórica, con libertad y con serenidad.


Mártires de la fe durante los años de la  persecución religiosa

FRANCESC D`ASSÍS PICAS

 

En la zona republicana se implantó, el 20 de julio de 1936, una revolución anarcomarxista que provocó una feroz persecución religiosa y causó miles de mártires de la Fe.

Beato Josep Samsó

 La Iglesia ha beatificado hasta hoy a 978 de estos mártires, el último el párroco de Mataró, el beato Josep Samsó. Todos, sacerdotes, religiosos, religiosas, padres de familia y juventud fieles a la Iglesia. Personas sencillas y pacíficas. Todos de un único bando: del bando de Cristo.

 La Iglesia no ha beatificado nunca a ningún general o coronel de los ejércitos de Franco, ni a víctimas de la guerra civil. La Iglesia no beatifica políticos condenados a muerte por política, ni pueden ser beatificados los sacerdotes-soldados de los años de las guerras Carlistas, del siglo XIX, como el párroco  de Vinyoles d’Orís que dejó la parroquia para dirigir un cuerpo de ejército para sustituir a su hermano, capitán, que murió en una batalla. Ni a los 14 sacerdotes vascos que, con grave error, se comprometieron política y militarmente y que el cardenal Gomà protestó de las sentencias y exigió que ningún sacerdote del país Vasco pudiese ser condenado a muerte, ni por acusaciones políticas, militares o de espionaje.

 El pueblo cristiano guarda en su corazón la historia de una multitud de cristianos que murieron víctimas de la persecución religiosa. Entre centenares de vidas heroicas, recordamos a mosén Artur Rovira rector de Vilabertran. Lo introdujeron dentro de un saco, lo empaparon de gasolina y le quemaron vivo en la playa de Pals. A la joven de 19 años de Figueres, Dolors Barti, que intentó impedir que los milicianos del comité Rojo entrasen en casa de mosén Lluís de Macià. Fue lanzada escaleras abajo y trasladada a las afueras de Vilafreser, ultrajada, violada y asesinada. Las religiosas Carme, Rosa y Magdalena Fradera refugiadas en la casa familiar de Riudarenes.

Detenidas, las tres hermanas fueron asesinadas en la carretera de Lloret e intentaron violarlas. La Iglesia las ha beatificado. Mosén Lluís Puig Vila, vicario de La Jonquera, que por indicación de su tía, no se movió del lado del párroco, anciano y enfermo. Les detuvieron, los asesinaron y al joven vicario le sacaron los ojos. A mosén Josep Vila, hemipléjico, le detuvieron enfermo en su lecho, le arrastraron al Serral y lo asesinaron. Previamente le habían cortado los testículos. Recordamos, especialmente, a mosén José Colom i Alsina, de Montblanc. Este sacerdote se encontraba detenido junto a otros religiosos y cristianos. Oyó que un carcelero gritaba el nombre de un hombre de Solivella, casado y con hijos, para sacarlo de la prisión y asesinarlo. Este buen padre de familia dormía y no lo oyó. Mosén Colom lo aprovechó para presentarse como si él fuese el reclamado y el sacerdote y otros presos designados, fueron asesinados en Vallmoll. Y el padre de familia se salvó. El martirio de mosén Colom recuerda el del Padre Kolbe.

Recordamos a Fray Anselmo Polanco, obispo de Teruel, que de una prisión de Barcelona fue trasladado a la frontera y cerca de Pont de Molins fue asesinado con otros sacerdotes y quemado su cuerpo sólo herido. Al obispo de Lleida, Dr. Salvio Huix, a quien le dispararon en la mano derecha mientras bendecía a los asesinos en el cementerio y después le dispararon en la mano izquierda con la que intentaba bendecir de nuevo a sus asesinos antes de morir.

 Que los mártires de la Fe cristiana nos ayuden a desenmascarar a quienes intentan hoy en día falsificar la historia martirial de 1936-1939. 

 


El obispo Irurita

FUE ASESINADO EN EL CEMENTERIO DE MONTCADA EN DICIEMBRE DE 1936


Con gran sorpresa hemos leído el reportaje que publica "Catalunya Cristiana" el día 1 de mayo. Afirma con destacado titular que "El Obispo Irurita no habría muerto en 1936".

Información que consideramos taxativamente errónea. Argumentos irrefutables justifican que sus restos se encuentran en la Capilla del Crisis de Lepanto de la Catedral de Barcelona recogidas de la fosa común del Cementerio de Montcada. En los archivos de Hispania Martyr figuran pruebas indudables de la muerte del señor obispo como la de tantos cientos de sacerdotes, religiosos, padres de familia y juventud cristiana asesinados en aquel tétrico cementerio de Montcada.

Nos ha indignado leer que Joan Bada, el autor del libro, afirme que a la Iglesia española y a la Santa Sede, con Franco, no les interesaba que se hiciera público “el asunto" (quiere decir el asesinato del obispo Irurita) y por ello la Santa Sede se decide, dice Bada, a proteger clandestinamente el engaño. O sea, Bada afirma que la Santa Sede sabe cómo murió el obispo Irurita y lo esconde. Una calumnia abominable a la Iglesia. Catalunya Cristiana nunca había de haber publicado esta infamia.

No hemos entendido porque Joan Bada comenta un viaje a Barcelona del nuncio Cicognani en febrero de 1939, o sea, al final de la guerra civil y que su visita es clave para aclarar el asunto. Pero el libro no ofrece ningún testimonio evidente.

El documento emitido por el Vaticano que nombra al obispo Antonio Modrego, sustituto de Irurita, en diciembre de 1942, señala la causa del nombramiento. Debe decir por renuncia del obispo anterior o por su muerte. Del documento existen copias, pero a Bada le conviene decir que el documento no es correcto. Señala la hipótesis de que el obispo podía haber solicitado la renuncia del obispado de Barcelona durante la guerra civil y que la Santa Sede seguramente había optado por establecer sobre los hechos el secreto pontificio. Si Roma sabe la verdad de la vida y de la muerte del obispo, dejamos que Roma hable. Nosotros sabemos con certeza que el obispo lurita fue asesinado en el cementerio de Montcada, trasladado de la checa de San Elías.


Otro opinión insensata de Bada supone que si el obispo Irurita al final de la guerra hubiera estado vivo, no se habría presentado en público de forma plausible como avergonzado de ser un obispo superviviente de la gran matanza, Muchos eclesiásticos que se salvaron del martirio escapando por los bosques o en el extranjero,  explican sus aventuras y sufrimientos, y dan gracias a Dios.

Explica también el reportaje una historia conocida. A unos barceloneses yendo a la Misa, contentos, el día 28 de enero de 1939, la primera misa pública después de 32 meses de persecución, les pareció ver ante el Palacio Episcopal al obispo Irurita disfrazado con sombrero y americana. No era el obispo. Eran dos funcionarios de la Generalidad, dado que Companys y Tarradellas había usurpado el Palacio Episcopal para oficinas, en 1936. Si el obispo Irurita hubiera estado vivo en enero de 1939, habría corrido a presidir la primera misa en la Plaza de Cataluña, tras 32 meses de exilio. Si hubiera sido arrestado por la FAI, estos no le habrían llevado al Palacio Episcopal vestido de paisano.

¿Por qué tanto misterio sobre la muerte del obispo de Barcelona como si se tratara de una novela de ficción? Hace muchos años que nos damos cuenta de que para evitar que el obispo Irurita sea beatificado hay personas y estamentos que envuelven la historia diabólicamente para impedir que el obispo Irurita sea elevado a los altares. Hace unos meses denunciamos una referencia de la Enciclopedia Catalana que desprestigiaba de forma insolente al obispo Irurita. Demos tiempo al tiempo. El proceso de beatificación se encuentra en el Vaticano. ¿Tendrán más fuerza los mentirosos que el  Espíritu Santo?

Me duele el reportaje publicado. "Catalunya Cristiana" es leída en congregaciones religiosas y casas cristianas y de cristianos de muy buena fe, y puede desorientar a la verdad histórica. Esperamos que la dirección rectifique y publique una memoria sobre los hechos probados hasta la fecha sobre la muerte y martirio del que fue un gran obispo de nuestra ciudad de Barcelona Don Manuel Irurita Almandoz. En resumen y en honor a la verdad, afirmamos que el obispo Irurita, en diciembre de 1936, más que morir asesinado en el cementerio de Montcada, nació a la vida eterna.

Francesc  A. Picas Mayo de 2011