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Su tío fue asesinado en la Guerra Civil
Martínez Camino: «Los marxistas idearon en los años 30 un plan para exterminar a la Iglesia»
El secretario General de la Conferencia Episcopal española presenta un libro sobre la figura de su tío cura, Don Lázaro, mártir en el 36.

Pablo González/La Nueva España.


«Marxistas y anarquistas idearon un plan, según ellos, para liberar a los pueblos del opio de la religión. Y lo hicieron a sangre y fuego. En los años treinta había un plan para la exterminación de la Iglesia en Europa y en el mundo». Ésta es una de las reflexiones realizadas ayer por Juan Antonio Martínez Camino (Siero, 1953), secretario general de la Conferencia Episcopal Española y obispo auxiliar de Madrid, durante la presentación de su libro «Don Lázaro. Sacerdote y mártir de Cristo en Asturias (1872-1936)». 

La obra cuenta la historia de su tío, Lázaro San Martín Camino, un cura rural que destacó en Asturias en la década de los años 30 del siglo pasado por su apuesta por la educación y que fue fusilado en Gijón durante los primeros días de la Guerra Civil.

«La figura de don Lázaro fue decisiva para mi vocación sacerdotal», reconocía ayer Martínez Camino
durante la presentación del libro en el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA.

Martínez Camino no llegó a conocer a su tío, pero su familia se encargó de transmitirle el trabajo y la obra del sacerdote, mártir. El autor hizo una reflexión histórica sobre lo sucedido en Europa a partir de 1930 con los católicos. «Hay quien dice que la mayor persecución de la historia del Cristianismo fue la que tuvo lugar en España en los años 30 y que ésta fue un castigo merecido. Tampoco puede decirse que todo fue excelente en el catolicismo español del siglo XIX y del primer tercio del siglo XX. Hubo pecados y errores», explicó.

Pero lo que Martínez Camino quiso dejar claro es que las persecuciones contemporáneas de cristianos «no puede entenderse como un fenómeno exclusivamente español». Y sobre todo Martínez Camino señaló lo ocurrido tras la caída de la Rusia de los zares en 1917. «La revolución de 1917 puso en marcha la mayor maquinaria política persecutoria que tuvo que aguantar la Iglesia», dijo. Una afirmación que sostuvo con datos comparando los 7.000 religiosos asesinados en España frente a los 200.000 muertos en Rusia entre 1917 y 1980. La mayor parte -unos 105.000- fueron fusilados en época de Stalin. «Son cifras escalofriantes», añadió.

Por eso Martínez Camino no dudó en hacer suyo el título de una obra del cura Ángel Garralda para asegurar que «el siglo XX es el siglo de los mártires». Y prosiguió su análisis de la historia más reciente abundando que «no es posible entender lo que sucedió en España sin incluirlo dentro de la gran persecución del siglo XX».

Por su parte, Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo, explicó que «Dios nos regala a los santos como una compañía que puede despertar nuestra libertad». Montes rememoró cómo «los primeros cristianos cambiaron el mundo desde el espectáculo de la santidad» y destacó que «Oviedo tiene sus santos, que han vivido el Evangelio con todas sus consecuencias». El líder de la Iglesia asturiana aclaró que «el mártir cristiano no es el kamikaze con explosivos en la mochila. Entrega su vida sin quitársela a nadie».

Mientras, Pedro Álvarez Lázaro, catedrático de Historia de la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), alabó la obra de Martínez Camino. «Es una historia creíble, fácil de seguir y fundamentada. Demuestra una calidad de historiador verdaderamente importante», explicó Álvarez Lázaro, que sentenció que «la memoria histórica de España no sólo son los muertos de una parte». En el acto también participó Jorge Juan Fernández Sangrador, vicario general de la archidiócesis de Oviedo.


 

Más de 60 nuevos mártires españoles

Si es que, pese a quien pese, en 1936 España llenó el cielo de santos
Intereconomía - Francisco José Fernández de la Cigoña

Y quedan muchos más. Va a ser imposible recordarles a todos. A tantos. Habrá que hablar de los innumerables mártires de la España de 1936. No hay nada en el mundo igual. No hay nación que haya dado más santos al cielo. Hoy el Papa ha aprobado la declaración de martirio de más de sesenta españoles. Y los próximos años verán muchas más declaraciones como ésta.

http://press.catholica.va/news_services/bulletin/news/28579.php?index=28579&lang=sp


Es pura memoria histórica. ¿Qué alguien quiere también el recuerdo de los asesinos? Nosotros los habíamos olvidado y perdonado. Pero si hay que recordarles no tenemos inconveniente. Los nuestros son luz inmarcesible. Los otros, los asesinos, abismos de miseria. Y de mártires no tienen nada. Canallas ejecutados por sus espantosos crímenes.


No voy a negar que en la España nacional se cometieron también asesinatos. De personas honradas aunque de ideas distintas. Repruebo de todo corazón esos viles asesinatos. En el número que fuere. Merecen un sepulcro digno y una rehabilitación póstuma. Y que los suyos les honren como quieran y los demás respetemos su memoria. Pero a la vil canalla asesina de miles y miles de inocentes es penosa e imposible tarea recuperar su memoria. Porque, si se recupera, peor para ellos y para los recuperantes.


La Iglesia está reconociendo como mártires, testigos de Cristo, a centenares y centenares de personas, van ya más de mil, cuya muerte, gloriosísima para ellos, es baldón imborrable para sus asesinos. Cuando esto concluya, si es que concluye alguna vez, podrán pasar de diez mil, o aproximarse a esa cifra, los españoles que en 1936 han pasado de este mundo a los altares. No hay nada igual en la historia de la Iglesia.


No lo sé, pero supongo que unos cuantos de esos nuevos beatos, lo serán seguramente en 2012, están como tantos otros bajo la tierra sagrada de Paracuellos. El mayor relicario del mundo. Que debería ser lugar obligado de culto y peregrinación. Miserables seríamos los católicos españoles de hoy si dejáramos en el olvido el lugar desde el que partieron para el cielo muchos de los innumerables santos de la España de 1936. Si allí hasta las flores de abril y mayo huelen a santidad. Nacen de los mismos huesos de los santos.     

 


 

El cardenal Amato beatifica en Madrid a 23 mártires de la persecución religiosa en España


El Cardenal Mons. Angelo Amato SDB ha presidido en Madrid la ceremonia de beatificación de 23 mártires de la persecución religiosa de 1936, pertenecientes a la congregación de Misioneros Oblatos de María Inmaculada (OMI). La celebración ha tenido lugar en la catedral de la Almudena y en ella han participado numerosos obispos españoles acompañados de miles de fieles.

En su homilía, el Cardenal Amato recordó brevemente la historia de su sacrificio para “avivar la llama del testimonio”. Así, reconoció que durante la II República, más en concreto durante los primeros meses de la guerra civil -de julio a diciembre de 1936 a marzo 1939- “descendió sobre España un furor anti-religioso que contaminó gravemente la sociedad hasta secar en el corazón los sentimientos de bondad y fraternidad y ellos fueron víctimas inocentes de este fanatismo anticatólico que hirió a sangre fría a obispos, sacerdotes, consagradas y consagrados y laicos”.

Para el Cardenal Amato, “más de 7.000 son verdaderos y auténticos mártires muertos como los primeros mártires de la Iglesia por odio a la fe”. Según destacó, los 23 mártires que se beatificaban, y que sufrieron su martirio en Pozuelo, “no eran delincuentes ni habían hecho nada malo, al contrario, su único deseo era hacer el bien y anunciar el Evangelio de Jesús”.

“Queremos recordar los nombres de los religiosos oblatos porque la Iglesia les ama y les honra”, afirmó y subrayó que fueron “testigos preciosos de la bondad de la existencia humana” pese a la “crueldad de sus perseguidores”. Y lo hicieron, prosiguió, “sin armas, con la fuerza irresistible de la fe en Dios. Ellos han vencido el mal, es su preciosa herencia de fe”.

El Cardenal Amato puso de manifiesto que los verdugos fueron olvidados, sin embargo, “las víctimas inocentes son recordadas”. Y citó a los nuevos beatos: Francisco Esteban Lacal, Vicente Blanco Guadilla, José Vega Riaño, Juan Antonio Pérez Mayo, Gregorio Escobar García, Juan José Caballero Rodríguez, Justo Gil Pardo, Manuel Gutiérrez Martín, Cecilio Vega Domínguez, Publio Rodríguez Moslares, Francisco Polvorinos Gómez, Juan Pedro Cotillo Fernández, José Guerra Andrés, Justo González Llorente, Serviliano Riaño Herrero, Pascual Aláez Medina, Daniel Gómez Lucas, Clemente Rodríguez Tejerina, Justo Fernández González, Ángel Francisco Bocos Hernando, Eleuterio Prado Villarroel y Marcelino Sánchez Fernández.

“A estos 22 oblatos se unión en un mismo acto de generoso testimonio a Cristo el fiel laico Cándido Castán San José, muy conocido en el pueblo de Pozuelo, por su claro testimonio católico”, añadió.

Dijo, asimismo, que “estos testigos constituyen un corazón de gloria para la Iglesia en la historia”. “Cuando el hombre arranca de su conciencia los mandamientos de Dios, rompe también de su corazón el bien. Perdiendo a Dios el hombre pierde también su unidad”.

Asimismo, explicó que “es posible” que nuestros mártires estuvieran preparados para el sacrificio supremo. El Cardenal Amato aseguró que “todos los religiosos fueron detenidos sin proceso ni pruebas ni posibilidad de defenderse”. Por tanto, “es bueno no olvidar esta tragedia y tampoco olvidar la reacción de nuestros mártires a los gestos malvados de sus asesinos. Ellos respondieron rezando y perdonándoles y aceptando con fortaleza la muerte por amor a Jesús”. Y es que “los mártires nos enseñan que nuestro testimonio del Evangelio pasa no sólo por una vida virtuosa sino también, a veces, por el martirio”.

Leyó las palabras del Papa sobre los mártires que, “fieles a su vocación anunciaron constantemente el Evangelio y derramando su propia sangre dieron testimonio de su amor a Jesús y su Iglesia”. “Este es el mensaje que nos ofrecen los beatos. La sociedad no tiene necesidad de odio, de violencia y de división sino de amor, de perdón y de fraternidad”, añadió.

Concluyó invitando a imitar “la fortaleza de los mártires, la solidez de su fe, la inmensidad de su amor y la grandeza de su esperanza. Que demos testimonio de fe y verdad ante el mundo y ellos sean maestros de vida para sus hermanos oblatos y puedan fortalecer su amor a Cristo, su Iglesia y los misioneros de la nueva evangelización en todo el mundo”. “Que la Inmaculada nos ayude a celebrar la Navidad con corazón puro y santo”.

La Eucaristía estuvo concelebrada por el Cardenal Arzobispo de Madrid, Mons. Antonio Mª Rouco Varela; el Cardenal Antonio Cañizares, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos; el Nuncio de Su Santidad en España, Mons. Renzo Fratini; los arzobispos de Toledo, Mons. Braulio Rodríguez, Valladolid, Mons. Ricardo Blázquez, y Pamplona, Mons. Francisco Pérez; los obispos de León, Mons. Julián López; Cádiz, Mons. Rafael Zornoza; Osma-Soria, Mons. Gerardo Melgar; Astorga, Mons. Camilo Lorenzo; Alcalá de Henares, Mons. Juan Antonio Reig Plá; y Málaga, Mons. Jesús E. Catalá; y los Obispos Auxiliares de Madrid, Mons. Fidel Herráez, Mons. César Franco, y Mons. Juan Antonio Martínez Camino, sj.

La ceremonia de beatificación coincide con el 150º de la muerte de San Eugenio de Mazenod, fundador de la congregación de Misioneros Oblatos de María Inmaculada (OMI) a la que pertenecen los futuros nuevos beatos.


Con motivo de esta celebración, el superior de la Congregación de Misioneros Oblatos de María Inmaculada, Padre Louis Lougen, OMI, ha dirigido en el día de ayer, una carta a los miembros de la congregación con el título “Proclama mi alma la grandeza del Señor”. El texto de su carta es el siguiente:


“Estos son aquellos que salieron de la gran tribulación, y han lavado sus túnicas y las hicieron blancas en la sangre del cordero”. (Rev. 7:14)

Nos regocijamos juntos para alabar y agradecer la beatificación de los mártires oblatos de España. Esta es una gran gracia para nosotros, una oportunidad para toda la congregación para renovar nuestra vida en santidad y compromiso misionero. La beatificación de los mártires oblatos de España se presenta en este año en el que recordamos el 150 aniversario de la muerte de San Eugenio de Mazenod y vivimos también inspirados por el llamado a la conversión del 35o Capítulo General. Este llamado es “nuestra obra” hasta el próximo Capítulo. ¡No, esta es la obra de toda una vida! La beatificación de los mártires oblatos de España hace eco en el llamado a la conversión. Descubrimos en su martirio la riqueza y profundidad del Evangelio y del carisma oblato.


Cada vez que leo acerca de la alegría que San Eugenio experimentó cuando se proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción, me conmuevo. Imagino aún ahora su inmensa alegría por la beatificación de los mártires oblatos de España. Debe estar paseando por las calles celestiales con su pecho hinchado de orgullo, compartiendo las buenas nuevas con todo el mundo y charlando con los santísimos mártires. Veo Henri Tempier al lado de Eugenio. El fundador siempre se ha puesto un poco molesto en estas fiestas ya que él está todavía un poco ofendido de que Henri haya quemado la mayor parte de la evidencia acerca de su propia santidad para permitir a Eugenio brillar aún más. Joseph Gerard y Joseph Cebula se unen a Eugene y Henri y muchos otros oblatos que hemos conocido y de los cuales hemos leído. ¡Cuánta gaudeamus está preparando Eugenio por la beatificación!


Compartimos la alegría de Eugenio y estamos llenos de gratitud por la beatificación de nuestros hermanos oblatos que fueron martirizados en España. Nosotros también estamos siendo llamados a renovar nuestro compromiso. La vida religiosa, el deseo de vivir la vocación bautismal de una manera radical, es una especie de sucesora del periodo de martirio en la iglesia primitiva. Nuestra vida consagrada, inspirada en el testimonio de los primeros mártires, es la decisión de seguir el Señor Jesús de una manera radical a través de los votos y la comunidad. La beatificación de los mártires oblatos de España nos exige elegir a vivir nuevamente la raíz de nuestra consagración entregando nuestras vidas para seguir a Jesús. Muy recientemente un oblato me comentó, con una mezcla de desilusión simúltanea y un anhelo de esperanza: “¡Mira a nuestras vidas! ¿Hay alguna cosa a la cual hemos renunciado? ¿Nuestras vidas tienen algún significado para los demás? ¡Nuestra consagración está muy rebajada!”


Es precisamente por esta razón que el último Capítulo General nos ha llamado a la conversión. Este es el gran reto y la exigencia que la beatificación de los mártires oblatos españoles nos trae. A medida que leemos sobre el sacrificio generoso de sus vidas, volvemos a las raíces de nuestra vocación y no podemos tolerar vivir una vida que está “rebajada”. Rezo para que el testimonio de la ofrenda martirial de los santísimos mártires oblatos de España nos traiga la pasión de vivir radicalmente el seguimiento de Jesús. Les pido que intercedan para que el Espíritu nos enardezca como misioneros para los pobres el el contexto de nuestra realidad con los desafíos complejos que enfrentamos hoy.


Invito a todos a profundizar el significado de la beatificación de los mártires oblatos de España a la luz de la Constitución no 2 de las Constituciones y Reglas de los O.M.I.: “Somos hombres ‘escogidos para anunciar el Evangelio’ (Rom 1:1), hombres listos a dejar todo para ser discípulos de Jesús. El deseo de cooperar con él nos lleva a conocerlo más a fondo para identificarnos con él, dejarlo vivir en nosotros. Nos esforzamos para reproducir en nosotros mismos el modelo de su vida. Por lo tanto, nos entregamos al Padre en la obediencia hasta la muerte y nos dedicamos al pueblo de Dios en el amor desinteresado…” (C#2) Esto está en el corazón de nuestro carisma. San Eugenio y los santísimos mártires oblatos de España nos convocan a abrazar nuestra vocación como se describe en C#2.


Una fe fuerte y profunda ha alimentado los sueños misioneros de los mártires oblatos de España y los ha atraído a ofrecer sus vidas para predicar el Evangelio a los pobres en España, Argentina, Uruguay y el suroeste de los EE.UU. Nos sentimos intimidados por su capacidad de entregarse al Padre en la obediencia hasta la muerte, un acto altruista en última instancia por el amor de la gente que aún no han podido conocer en las misiones que esperaban servir. Entre dichos mártires oblatos, hay también un hombre laico que fue un esposo y padre. Creo que es un signo del carisma oblato, “siempre cerca de la gente que servimos” que en esta beatificación haya una persona laica entre los oblatos. Este es otro motivo por el cual nos alegramos.


San Eugenio es todo sonrisas en esta celebración. Nosotros también sentimos orgullo y alegría por la fidelidad y amor radical de los mártires oblatos de España. Cantamos con María Inmaculada, madre de los apóstoles y mártires, su canto de alabanza en este gran día: “Proclama mi alma la grandeza del Señor”.


Felicitaciones y un agradecimiento van a nuestro postulador, el Padre Joaquin Martinez, por su dedicación a las causas de los santos oblatos y por todo lo que ha hecho para hacer realidad este día.


Padre Louis Lougen, O.M.I.
17 de diciembre de 2011

 



 

Beatificación de los 22 Oblatos de Pozuelo de Alarcón
 

de Rubén Tejedor (Religión en Libertad)

 

El 13 de octubre de 1931, Manuel Azaña -por aquel entonces ministro de la Guerra aunque, posteriormente, jefe de gobierno y Presidente de la segunda República- afirmaba en una sesión del Congreso: “España ha dejado de ser católica”. La afirmación no era constatación de una realidad, pero sí pudo ser una declaración de intenciones. A juzgar por los hechos que fueron sucediéndose años después, lo que sí había en la afirmación de Azaña era una voluntad y un proyecto de borrar del mapa de España largos siglos de cultura y de vida cristiana.

 

El beato Juan Pablo II comprendió, como pocos, ese objetivo de los enemigos del catolicismo: “Al brillante y glorioso ejército de los mártires pertenecen no pocos cristianos españoles asesinados por odio a la fe en los años 1936-1939, durante los acontecimientos de la Guerra Civil que sufrió su patria, y por la inicua persecución desencadenada contra la Iglesia, contra sus miembros y sus instituciones. Con particular odio y ensañamiento fueron perseguidos los Obispos, los sacerdotes y los religiosos cuyo único delito -si así puede decirse- era el de creer en Cristo, anunciar el Evangelio y llevar al pueblo por el camino de la salvación. Con su eliminación, los enemigos de Cristo y de su doctrina esperaban llegar a hacer desaparecer totalmente la Iglesia del suelo de España...” (Decreto de la Congregación para las Causas de los Santos 1992)

La muerte de miles y miles de fieles, asesinados “in odium fidei”, debe ser denominada legítimamente como martirio en sentido propio y genuino. Así lo hizo el 30-IX-1936 el Obispo de Salamanca y después Arzobispo de Toledo, Enrique Pla y Daniel, en carta pastoral a sus diocesanos. Así lo hicieron 39 Obispos españoles el 1-VI-1937 en una carta colectiva dirigida a los Obispos del mundo entero. Así lo hizo el Papa Pío XI el 14-IX-1936 en una alocución a quinientos peregrinos españoles. Así lo ha entendido el buen pueblo creyente que presenció los acontecimientos.

 

En la persecución religiosa en España hubo miles de personas que sufrieron muerte violenta, que fueron torturadas y fusiladas exclusivamente por su condición de creyentes; porque vestían una sotana o un hábito religioso; por ser sacerdotes o religiosos que tenían una actividad pastoral en parroquias, en centros de enseñanza o centros hospitalarios; o por ser laicos comprometidos con su fe en Jesucristo.

Antonio Montero, en su libro “Historia de la persecución religiosa en España”, presenta una estadística de 6832 eclesiásticos sacrificados en la persecución religiosa. Los miembros del clero secular, incluidos doce Obispos y un Administrador Apostólico fueron 4184, o sea el 13% del total del clero. Los religiosos sacrificados fueron 2365, lo que supone el 23% del total. Las religiosas martirizadas fueron 283. No ha sido posible presentar ni siquiera una cifra aproximada de los laicos católicos asesinados por su condición de creyentes consecuentes con su fe.

 

La persecución se hizo más sangrienta a partir del verano de 1936 y siguió implacable durante más de un año. Desde julio de 1937 fue disminuyendo porque el crédito del Gobierno republicano quedó muy afectado por la protesta colectiva de los Obispos españoles, por las reclamaciones de la Santa Sede y por las advertencias que llegaban de varios sectores europeos.

El proyecto de aniquilación de la Iglesia fue tan generalizado y tan radical que en toda la España republicana no solamente se suprimió el sacerdocio y se cerraron o destruyeron los templos, sino que, llegando a extremos ridículos, se eliminó de la toponimia española, incluida la urbana y callejera, toda referencia a la religión. Ni un pueblo, ni un monte, ni un río, ni un barrio, ni una calle o plaza conservó su nombre si éste hacía referencia a Dios, a la Virgen, a los santos o a cualquier cosa que tuviera relación, por pequeña que fuera, con el hecho religioso.

 

Dentro de este clima general de odio y fanatismo antirreligioso es preciso encuadrar el martirio de los 22 religiosos oblatos de Pozuelo de Alarcón que, con un soriano al frente, el P. Francisco Esteban Lacal, son beatificados el sábado 17 de diciembre en Madrid.

 

Pozuelo de Alarcón era -en 1936- un pueblo de unos 2000 habitantes. Estaba formado por dos núcleos de población: el antiguo pueblo de labradores y un barrio nuevo, preferentemente obrero, que se creó con la llegada del ferrocarril y que se llamó -y sigue llamándose- el barrio de la Estación. Las organizaciones sindicales lograron penetrar en el ambiente obrero y comenzaron a impartir consignas revolucionarias y anticlericales que, en breve, tendrían como punto de mira a los religiosos oblatos. Era éstos unos hombres que solamente se dedicaban a hacer lo que era propio de su condición religiosa: eran confesores; iban a las parroquias vecinas para asistir a funerales y predicar, especialmente en Cuaresma y Semana Santa; daban catequesis de primera Comunión; preparaban a la gente mayor para el “cumplimiento por Pascua”; etc. En resumen, eran todo y sólo religiosos, para nada inmiscuidos en política.

 

Sin embargo, esta actividad religiosa comenzó a inquietar a los socialistas, comunistas y sindicalistas que habían formado sus comités en el barrio de la Estación. Les preocupaba que los “frailes” (así los llamaban) animaran la vida religiosa en Pozuelo y su entorno; les irritaba que fueran por la calle en sotana y además con su crucifijo oblato muy visible colgado al pecho; etc. Por estas y otras muchas “actitudes provocativas” la comunidad de los oblatos se fue haciendo cada vez más odiosa a los grupos marxistas. Ante esto, los religiosos no se dejaron intimidar aunque sí extremaron las medidas de prudencia, de serenidad, de calma y el compromiso de no responder a ningún insulto provocador. Ningún religioso se mezcló con actividades políticas ni tomó parte, ni siquiera ocasionalmente, en actos políticos. Pero eso sí, se mantuvo el programa de formación espiritual e intelectual sin renunciar a las diversas actividades pastorales que formaban parte del programa de formación sacerdotal y misionera.

 

Porque, según los radicales izquierdistas, los religiosos eran “los enemigos de la libertad”, los “embaucadores de la gente”, los que “oprimían al pueblo”, los que “alentaban al capitalismo”, etc. el 22 de julio de 1936, a las tres de la tarde, un nutrido contingente de milicianos, armados de escopetas y pistolas, asaltó el convento. Lo primero que hicieron fue detener a los 38 religiosos presentes. Comenzaba aquí un calvario que concluiría para la mayoría de ellos el 28 de noviembre. Ese día fueron fusilados, sin acusación, sin juicio, sin defensa, sin explicaciones. Se sabe que murieron haciendo profesión de fe y perdonando a sus verdugos, y que -a pesar de las torturas durante el cruel cautiverio- ninguno apostató, ni decayó en la fe, ni lamentó haber abrazado la vocación religiosa. Antes de morir, el P. Esteban Lacal dio la absolución al resto y dijo: “Sabemos que nos matáis por católicos y religiosos. Lo somos. Tanto yo como mis compañeros os perdonamos de corazón. ¡Viva Cristo Rey!”.

 

La Iglesia -con la Beatificación del religioso soriano y de sus compañeros mártires- no nos presenta como ejemplo y modelo a unos caídos de la Guerra sino a unos auténticos mártires de Cristo; mártires sacrificados no como fruto de una contienda en la que caen personas de uno y otro bando sino testigos de Cristo que se han mantenido fieles a su fe y amor al Señor hasta la muerte. De este modo, gracias a su fidelidad, toda la rabia y el odio contra Dios y contra la fe católica se convirtieron en na ocasión de expresar un amor más grande, un amor que muere perdonando a los verdugos. Una vez más, el odio no tuvo la última palabra. La última palabra fue el amor, porque Dios es Amor.

 

 


 

Martín Ibarra, el último martiriólogo http://www.religionenlibertad.com/imagenes/sp.gifhttp://www.religionenlibertad.com/imagenes/sp.gif(De R. en L. 9.12.2011)

Son numerosos los sacerdotes, historiadores de prestigio, que tras finalizar la Guerra Civil española, y por lo tanto, una de las más crueles persecuciones religiosas vividas por la Iglesia Católica, empezaron a compilar los llamados martirologios. Prácticamente todas las diócesis publicaron trabajos más o menos completos para recordar la historia de los mártires españoles. Por ejemplo en la diócesis de Barcelona, José Sanabre Sanromà (1943); en la diócesis de Toledo, Juan Francisco Rivera Recio (el primer tomo en 1945 y el segundo en 1958); en la diócesis de Ávila, Gregorio Sedano (1941); en la diócesis de Cuenca, Sebastián Cirac Estopañán (1947)… la lista ya de por sí larga se hace más extensa con los martirologios publicados por las diferentes familias religiosas. Luego apareció, bebiendo de toda esta documentación, la famosa obra del Arzobispo emérito de Mérida-Badajoz, Monseñor Antonio Montero Moreno: “Historia de la persecución religiosa en España. 1936-1939” (Madrid, 1961).

Sin embargo, esta literatura empeñada en que nunca cayesen en el olvido los mártires españoles de la persecución religiosa de los años 30 ha seguido emanando con agua limpia y clara (o sea, llena de perdón y de amor, pues lo que se narra es la vida de los mártires) infinidad de títulos de la mano de otro grupo numeroso de sacerdotes y también de seglares, unos y otros historiadores de absoluto prestigio en el mundo académico.

Unos se decantaron por la pura historia de lo sucedido: la Historia de la Iglesia en España, 1931-1939 en dos tomos de Gonzalo Redondo Gálvez (Madrid, 1993); La Gran persecución. España, 1931-1939 de Vicente Cárcel Ortí (Barcelona, 2000); otros, como el incombustible Ángel Garralda García que publicó en dos tomos “La persecución religiosa del clero en Asturias” y que en 2009 lo reelaboraba en nueva edición de un solo tomo.

Martín Ibarra Benlloch 

Antes que termine este 2011, en el que hemos celebrado el 75 aniversario de la muerte martirial de tantos testigos de la fe asesinados en el segundo semestre del año 1936, queremos presentar en el blog la obra de un colega con el que llevo coincidiendo, en los últimos años, en los cursos programados por la Oficina para las Causas de los Santos de la Conferencia Episcopal Española.

Se trata del prestigioso profesor Martín Ibarra Benlloch y de la obra editada en dos tomosLa persecución religiosa en la diócesis de Barbastro-Monzón (1931-1941)publicado por la Fundación Santa Teresa de Jesús (Zaragoza 2011). 

Martín Ibarra, que dirige el archivo del santuario de Torreciudad, puede ser llamado con toda razón martiriólogo. Autor de varios libros, ha puesto sus conocimientos de Doctor en Historia y la experiencia de profesor en las universidades de Zaragoza y Navarra, al servicio de este trabajo. Se trata de uno de los estudios más minuciosos y concienzudos que sobre ese tema se han hecho en los últimos cincuenta años: entrevistas a los familiares, actas de la Causa General, periódicos del momento, informes de la Guardia Civil, libros de memorias, actas de archivos municipales. En resumen: toda la documentación que es posible reunir hoy día sobre la matanza de sacerdotes, laicos y religiosos que se hizo en aquellos años en una de las diócesis más castigadas de España.           

 El autor explica en una entrevista concedida a Ángel Huguet para Diario del AltoAragón que en este libro “toda la historia de la persecución religiosa en la Diócesis se ha visto como proceso único, algo que tiene unas causas, desarrollo y consecuencias propias de la Revolución. Se enfoca desde diferentes puntos de vista para dar una visión completa. No es una obra hagiográfica, social, ni política, ni sobre la Guerra, sino de un libro de gran rigor histórico, sin concesiones a la narrativa ni a la geografía..

La tipología martirial, la vida cristiana, los supervivientes, la memoria de los mártires, el reconocimiento a la Iglesia, son algunos temas tratados en el análisis de lo sucedido desde julio de 1936 a 1941. Se aporta mucha documentación inédita, entre ellas más de la mitad de la parte gráfica… Faltaba una visión de conjunto, profunda. Hemos realizado el trabajo más serio y riguroso posible con espíritu de admiración y de gratitud hacia nuestros mártires, sin ningún resquemor ni odio hacia los perseguidores”.  

            Así que, os ánimo a todos a que os acerquéis a esta obra definitiva sobre lo sucedido en la actual diócesis de Barbastro-Monzón. Puede ser un buen obsequio para estas Navidades.

 Este es el prólogo escrito por Monseñor Alfonso Milián Sorribas, Obispo de Barbastro-Monzón

Cuando tomé posesión de la diócesis de Barbastro-Monzón quise que, en el momento en que al nuevo obispo se le entrega el báculo como signo de su misión de pastorear la grey que le ha sido encomendada, ese báculo fuera el del Obispo mártir de esta Diócesis, monseñor Florentino Asensio Barroso.

Al comenzar la homilía, lo besé con devoción, expresando con ese beso la emoción que me producía llevar en mi mano el báculo con el que este bendito y ejemplar Obispo guió a esta Diócesis durante los cortos meses de su pontificado, truncado por la persecución religiosa.

A lo largo de los años que llevo en la Diócesis he vivido, como una gracia singular, la oportunidad de conocer su historia martirial, reconocida por la Iglesia en la persona del Obispo mártir, del gitano Ceferino, de los Seminaristas claretianos, de los Escolapios de Peralta de la Sal y, Dios quiera que sea pronto, de los “curetas” de Monzón y de los Benedictinos del Monasterio del Pueyo. Una historia martirial tan abundante me ha permitido saborear el testimonio de fortaleza en la fe y de generosidad en el perdón, que fue unánime en nuestros mártires, y me ha llevado a valorar la riqueza que todo ello es para la Iglesia.

Al mismo tiempo he conocido, en muchos casos de primera mano, que estos testimonios son más amplios de lo que pudiera dar a entender el número de nuestros mártires ya beatificados. Casi la totalidad del presbiterio diocesano y un número ingente de laicos cristianos murieron en aquella persecución religiosa dando un testimonio inconfundible de valentía, serenidad y confianza en las manos de Dios. Desde diversos sectores de la Diócesis me ha llegado la petición de abrir una causa de beatificación que incluya a los sacerdotes y laicos más significados, con el deseo de hacer justicia a cuantos hicieron ofrenda de su vida en aquellas circunstancias tan aciagas. Con tal intención se constituyó la Comisión Histórica para tener adelantado un trabajo imprescindible para incoar la Causa. Pero nos hemos sentido abrumados por el número tan grande de posibles mártires que sería preciso incluir en dicha Causa.

Ayudado por el Consejo del Presbiterio llegué a la conclusión de hacer todo cuanto esté en nuestras manos para mantener viva la memoria de este gran número de testigos de la fe, hasta que podamos ver despejado el camino de su beatificación. Tal es el motivo que da origen a este libro. Está escrito por el historiador Martín Ibarra Benlloch, al que agradezco su dedicación y minucioso trabajo. Como él mismo explica en la introducción que sigue a estas palabras mías, ha presidido la Comisión Histórica, que lleva varios años trabajando en el tema, se ha planteado con rigor de científico el fondo y la forma de esta investigación, y ha recogido los datos con una precisión admirable. Ya que, por el momento, no estamos en condiciones de afrontar la Causa de beatificación de un número tan alto de sacerdotes, religiosos, seminaristas y laicos, vamos a procurar que su memoria no desaparezca, esperando que llegue la ocasión propicia para impulsar su camino hacia los altares.

En este año se cumple el 75º aniversario de la muerte de nuestros mártires en la dolorosa persecución religiosa de 1936. Deseo que este libro constituya un hito significativo de nuestra conmemoración. Lo ofrezco a la Comunidad Diocesana en primer lugar, a la Iglesia en Aragón y en España, y a cuantos quieran conocer, con el rigor escueto de los hechos ocurridos, la gesta de una Diócesis mártir. No se trata de reabrir heridas ni de reivindicar reconocimientos. Se trata únicamente de recordar con emoción a tantos hermanos en la fe que, con la gracia de Dios, fueron capaces de morir violentamente sin otro motivo que el de su condición de sacerdotes o católicos, y, lo que es más admirable, morir perdonando. Estoy convencido de que «la sangre de los mártires es semilla de cristianos» (Tertuliano); por ello encomiendo a nuestros mártires la súplica de que estos testimonios de su muerte sean semilla de nuevos cristianos jóvenes que revitalicen nuestra Iglesia Diocesana.

 


 

"No me veréis morir": la biografía del beato Ceferino Jiménez Malla

Un audio-libro celebra el 75 aniversario del martirio del patrono de los gitanos

 

ROMA, miércoles 7 de diciembre de 2011 (ZENIT.org) – “El Pelé”: así era llamado Ceferino Jiménez Malla, el primer gitano proclamado beato en la historia de la Iglesia. Un audio-libro celebra el 75 aniversario de su entrega de la vida por la fe.

 

Ceferino Jiménez alla, hijo de la cultura gitana, vivió una infancia nómada, se casó a los dieciocho años, pero no tuvo nunca hijos, aunque adoptó a una sobrina, Pepita, a la que quiso como tal. Honesto comerciante de caballos, fue muy respetado, tanto en el ámbito gitano, entre sus amados calés, como fuera de él.

Murió mártir, en 1936, en la guerra civil española, después de ser brutalmente fusilado en un cementerio por haber defendido a un sacerdote. Fue elevado al honor de los altares, el 4 de mayo de 1997, por Juan Pablo II que lo proclamó “patrono de todos los gitanos”.

 

Sin embargo, se sabe poco de la vida de Ceferino ya que, como analfabeto, no dejó ningún escrito. Quedan, sin embargo, los testimonios y recuerdos de quien lo conoció verdaderamente y tuvo el honor de apreciar la humanidad, la sencillez y la profunda fe, más que nadie de su adorada nieta, Maruja.

 

Han sido estos recuerdos los que han hecho posible la creación del audio-libro “No me veréis morir”, realizado con la colaboración de la Caritas Italiana y la Fundación Emigrantes, con ocasión del 150 aniversario de su nacimiento en 1861 y el 75 de su martirio.

 

El audio-libro, presentado en Roma el 6 de diciembre, en la sala Marconi de la Radio Vaticana, forma parte de la serie Phonostorie, un proyecto educativo-cultural que, desde 2007, a través de un libro y de un CD donde actores dan vida al personaje recitando algunos de sus fragmentos, quiere dar a conocer a algunas de las gloriosas personalidades de nuestro siglo.

 

Después de la madre Teresa de Calcuta, Alcide de Gasperi, Chiara Lubich y muchos más, ahora le tocó el turno al sencillo Ceferino, con una biografía que es un “desafío” para los productores, como declaró el maestro Mite Balducci, compositor de la música original de la obra. “Esta Phonostoria ha sido para nosotros una prueba particular --explica- por el hecho de que no tenemos ningún tipo de texto escrito de Ceferino ya que no era capaz de escribir”.

 

“No se encuentra, por esta razón, una frase del beato --prosigue--. Sólo el título No me veréis morir, frase pronunciada durante el periodo de cárcel y recordada por su nieta; todo lo demás está construido sobre los testimonios, los mismos que fueron analizados durante el proceso de beatificación”.

 

El audio-libro, enriquecido con la introducción de Susana Tamaro, está imaginado como un diálogo entre algunos gitanos que, alrededor de un fuego, recuerdan al beato y sus virtudes, describiéndolo como un personaje casi mítico.

 

Así, de hecho, estaba considerado por sus amados calés: un mito, un líder o, como dijo un amigo de su etnia, en el proceso donde fue acusado injustamente de hurto, el “santo patrón de los gitanos”.

 

Un ejemplo de vida, por tanto, más actual que nunca, que nos recuerda a todos nosotros “la vocación universal a la salvación y a la santidad, de la que habla el capítulo V de la Lumen Gentium”, como destaca monseñor Bruno Schettino, presidente de la Comisión Episcopal italiana para las Migraciones. “Los fieles de cualquier estado, etnia o grado social están orientados hacia esta llamada, nadie está excluido --insistió el arzobispo- y para muchos gitanos la vida de su patrón puede ser un aliciente para integrarse en el territorio, en la vida de la Iglesia y, en el mismo momento, también aceptar las reglas de la vida social”.

 

Del mismo modo, el modelo de vida del beato puede ser una manera para todos nosotros de adentrarnos en un mundo “a menudo prejuzgado por nosotros mismos”, declaró Piero Damosso, periodista del telediario1 de la RAI.

 

En la misma línea de pensamiento, monseñor Vittorio Nozza, director de Caritas Italia, que invitó a conocer en la persona de Ceferino “los restos de 'otra' cultura, que a menudo es reducida a una imagen estereotipada y víctima de marginación, causada por la identificación del chivo expiatorio en el que se centra todo el descontento social”.

 

Una biografía recitada y con música, por tanto, que abre una rendija de esperanza a los pueblos rom para superar las barreras de los prejuicios. Pero también es una ocasión para que los “payos” --nombre con el que los rom españoles denominan a los no gitanos- favorezcan el encuentro y el conocimiento de esta cultura y de sus valores de solidaridad familiar; de respeto a las mujeres y a los ancianos; de amor a la patria y al trabajo; mucho más cercanos de lo que se piensa, pero que a menudo no se ve.

 

“Gracias al modelo de vida ofrecido por Ceferino y a la atención dedicada por la Iglesia, el rostro de los gitanos asume una coloración diversa”, afirmó conmovido Bruno Morelli, único gitano presente, huésped sorpresa del encuentro, quien añadió que “no se habla ya de criminalización, sino también de los valores de una etnia tan injustamente apartada en numerosas ocasiones”.

 

Concluyó el encuentro, así como el audio-libro, con la balada de Fabrizio De Andrè, Khorakhané (nombre de una tribu gitana de proveniencia serbio-montenegrina): poema conmovedor dedicado al mundo de los desheredados y de los gitanos.

Por Salvatore Cernuzio

[Traducción del italiano por Carmen Álvarez]


 

La homilía del Obispo de Alcalá de Henares
[Paracuellos, domingo 27.11.2011]

            En la homilía Mons. Reig, tras saludar con gran afecto a todos los presentes, recordó cómo los beatos de Paracuellos fueron requeridos por la Divina Providencia para dar testimonio, hasta el martirio, como testigos de la Fe. Amaron y perdonaron a quienes les tenían por enemigos con la certeza de la vida eterna. Sabían que su muerte no sería en balde; a ellos, Dios los llevó a su presencia, pero su sangre también se constituyó en semilla de nuevos cristianos y oración por la Iglesia, oración por sus verdugos, oración por el perdón y la reconciliación, oración por la paz, oración por España.

 “Queridos hermanos, podemos juntos hacer de este lugar un lugar de verdadera devoción, mucho más que cualquier espacio martirial del mundo. Si somos personas capaces de mirar con ojos de fe la realidad hermosa de lo que encierra este territorio, no podemos más que ponernos de rodillas todos y decirle al Señor: Se ha cumplido la palabra del profeta Isaías que acabamos de proclamar, se han abierto los cielos, se han desgarrado y ha descendido el Señor que ha hecho derretir los montes.

La cruz que aquí anuncia el tesoro que custodia este cementerio es la lluvia que desde el cielo viene a reavivar nuestra fe, a derretir todos los prejuicios e ideologías, para que podamos contemplar la hermosura de lo que significa ser ganados por el amor de Dios, restablecer el corazón con todas las energías de la caridad, y morir, como testigos, confesando al único Señor, a aquel que confesamos en este tiempo que ahora iniciamos, preparatorio para la Navidad.

El Señor ha cumplido su palabra: los cielos se han abierto… Ha hecho descender sobre el Arroyo de San José de Paracuellos la lluvia de tantos testigos de la fe. Y ahora es preciso que nosotros, juntos todos, recojamos el torrente de este río que nace desde aquí, para que ellos sean honrados como se merecen y nosotros, a través de ellos, podamos continuar el seguimiento de Jesucristo con un corazón cargado de esperanza, asombrados ante el altar de Nuestro Señor, asombrados de lo que es capaz de hacer, de alegría para que en estos momentos difíciles por los cuales está atravesando España nosotros seamos los continuadores de aquellos que por el nombre de Cristo y por su reinado entregaron su vida de la manera más inocente. ¿Habrá, queridos hermanos, mejor modo de celebrar el Adviento?

Dice el texto de Isaías: “Dios sale al encuentro de aquel que camina con justicia”. Así caminaron nuestros hermanos, no hicieron nada… Todavía en estas últimas semanas se han descubierto, aquí en este cementerio, rosarios que ellos llevaban en sus manos a la hora del martirio. No hicieron nada, fueron simplemente engañados, fueron traídos a este sitio. Pero Dios estaba preparando aquí una revolución de amor, una hermosura de testimonio de fe, un caudal hermoso y un manantial inagotable que embellece lo que es el modo de seguir a Jesucristo en estas tierras de España, que abarcan no solo nuestra diócesis de Alcalá: ochos obispados tienen aquí religiosos y laicos enterrados. Tantas órdenes religiosas y tantos jóvenes y niños, ahora mismo son los que están gritando al Señor: “Muéstranos tu misericordia, haz llover sobre España toda la grandeza de lo que este pueblo ha sido, regado con la sangre de mártires, de testigos de la fe. Y concédenos en este momento la misma fidelidad que ellos tuvieron”. Son momentos en que estamos más distraídos, nos ocupan tantas cosas que posiblemente, queridos hermanos, olvidemos la fidelidad.
 

Nosotros no somos para la muerte, somos para la vida. Y solo la muerte es la posibilidad de acceder a contemplar toda la hermosura de Dios. Por eso ellos no miraban con miedo a la muerte, porque iban repitiendo las palabras del salmo: “Tu gracia vale más que la vida”. Este olvido de Dios que tanto nos recuerda el papa Benedicto XVI es la muerte del hombre. Y por eso lo que necesita la Iglesia en España y en todo el mundo son santos, focos de luz en la noche, puntos luminosos de fe que puedan alentarnos en el caminar de nuestra vida, como en la noche la luz del faro es suficiente para orientar la navegación. España necesita la luz potente de los santos que brillaban en todo su esplendor en el siglo de oro español, que brillaron en el siglo XIX con tantos iniciadores de congregaciones y continúan ahora siendo testigos de luz con tantos testigos de la fe de aquellos hermanos nuestros que dieron la vida por Jesús.

            Se ha rasgado el cielo y la lluvia del Señor ha derretido estos montes y aquí está el tesoro más grande, martirialmente hablando, de España. Y nosotros... ¿qué hemos de hacer nosotros? ¿No vamos a custodiar con amor este tesoro? ¿No vamos a ser los pregoneros de la esperanza para España? ¿No vamos a ser nosotros aquellos que anuncien con convicción -porque habéis sido heridas y golpeadas muchas familias-, que la gran palabra cristiana es la reconciliación? ¿No vamos entre todos a ser capaces de que este lugar sea un lugar de peregrinación constante? ¿De que nuestros niños, nuestros adolescentes, nuestros jóvenes se abran verdaderamente a la esperanza porque contemplan a aquellos héroes que no tuvieron miedo a la muerte, que miraron con ojos de piedad a sus verdugos, que nos han dado la lección más grande para nuestra fe y continúan sembrando de hermosura nuestra tierra de España? Esta es la gran lección de Paracuellos. Este es el gran tesoro que hemos de custodiar entre nosotros.

El Señor los sometió a prueba”, decía la carta a los Corintios. El Señor los puso a prueba y ellos dieron el testimonio de la fe. ¿De dónde sacaban ellos la fuerza? Del mismo lugar de donde la podemos sacar nosotros: de la oración constante, sin tregua -así oran los santos-; de la frecuencia de los sacramentos y de la purificación del corazón. ¡Qué hermoso sería -qué poco agradecidos a nuestros mártires somos en este sentido-, poder contemplar en las obras de arte, en el cine, en tantas posibles creaciones del espíritu humano, cómo se confesaban en las cárceles, cómo se apoyaban los unos a los otros, cómo se estimulaban cuando, llevados en camiones, aquí en la oscuridad de la noche, unos a otros se abrazaban y unos a otros se animaban para poder llegar al momento de la prueba suprema de dar la vida por Jesucristo! ¡Si fuéramos capaces de contemplar tanta hermosura! Si fuéramos pueblo agradecido al Señor, no tendríamos que poner en marcha tantas y tantas iniciativas para crear en España un verdadero tiempo de Adviento.

 

Porque el Señor sale al encuentro de aquellos que caminan con justicia. Y así hemos de ser nosotros, continuando el mismo trabajo de ellos. Hemos de ser, como decía Juan Pablo II a los jóvenes, “centinelas del mañana”. Hemos de vigilarnos, decía el Evangelio, para saber descifrar en los acontecimientos de la vida las llamadas que el Señor nos hace, para poder comprender que detrás de todo lo que nos sucede está la mano del Señor, la mano providente. Y aquí de manera particular. No hay nada, queridos hermanos, que suceda en nuestras vidas que esté al margen de la Providencia de Dios. Vosotros, los familiares y tantas personas que estáis aquí, tenéis que estar contentos, tenéis que estar agradecidos. Habéis recibido la herida, pero mirad el rostro ensangrentado del Señor, el primero de los mártires, y veréis cuán privilegiados sois, cómo ha visitado el Señor vuestra casa, cómo os ha engrandecido con el testimonio de la fe de vuestros padres, de vuestros abuelos, de vuestros parientes.

Hoy es un día que el Señor ha querido además que amanezca con el sol pleno, hoy es un día de justicia. Porque la justicia de Dios es el Cielo, no lo olvidéis, queridos hermanos. La justicia de Dios es el Cielo. No deseamos otra cosa nosotros que poder contemplar el rostro de Dios. El camino más corto es el martirio, y el camino para cada uno solo Dios lo sabe. Pero ellos y nosotros somos peregrinos vigilantes, que queremos divisar con nuestros ojos la hermosura del rostro de Dios. Vuestros familiares, queridos amigos, lo alcanzaron de la manera más pronta, más rápida; dramáticamente, pero el Señor estaba detrás, se les abrían las puertas de los Cielos, podían contemplar por toda la eternidad, gozosa y dichosamente, la hermosura del rostro de Dios.

Éste es el déficit más grande que tiene España, éste es el déficit más grande que tiene Occidente: sin Dios no vamos a ninguna parte. El horizonte simplemente es la muerte. Con Dios caminamos con esperanza; es más, el sufrimiento, así nos lo recuerda Benedicto XVI, es el mejor taller donde nos ejercitamos en la tensión de la gran esperanza, no de las esperanzas que hoy son y mañana se desvanecen, sino en el taller donde se cultiva, donde se va construyendo por la gracia de Dios, la gran esperanza del cielo. Este es un lugar, pues, de justicia.

Cementerio sabéis que significa dormición; este es un lugar donde nuestros hermanos están dormidos, esperando ser convocados el día de la resurrección, para que con el cuerpo glorioso, con la luz de la gloria puedan contemplar eternamente el rostro de Dios y su belleza.

           Vengamos, pues, aquí y provoquemos que vengan aquí a ser educados los niños, a ser educados los adolescentes y los jóvenes. Me alegró muchísimo que en la Jornada Mundial de la Juventud vinieran aquí a Paracuellos jóvenes de España y de fuera de España, para conocer este lugar sagrado que nosotros hemos de mimar y hemos de cultivar. ¿No os habéis dado cuenta, queridos hermanos, que Madrid para todo el mundo en la Jornada Mundial de la Juventud ha puesto en evidencia que hay otro modo de vivir, que hay otra juventud que es distinta, que, alcanzado su corazón por la fe en Jesucristo, es capaz de vivir dándole el corazón al único Rey al que hemos proclamado la semana pasada Rey del Universo, y descansar en Él con toda la felicidad, con todas las dificultades que tienen hoy nuestros jóvenes? Pues si ellos han sido centinelas del mañana y nos han dado a nosotros el mejor obsequio que podían dar a España y al mundo, que es verles juntos con esa alegría que despierta la fe, nosotros, los adultos, los que tenemos responsabilidades de gobierno en las órdenes religiosas y congregaciones, el propio Obispo, y todos los que estáis aquí, vamos a pedirle al Señor que este sea un verdadero Adviento de esperanza para España.

España sin la fe no es lo mismo. España sin lo que nos ha legado la tradición de los mayores, las familias cristianas, los santos religiosos, las vírgenes, los sacerdotes santos y mártires, tantos y tantos laicos entregados a Cristo, no es lo mismo. Sin Dios el hombre va a la ruina. Pidámosle, pues, al Señor que estos santos testigos de la fe, todos aquellos que están esperando el reconocimiento de la Iglesia, nos ayuden en este momento. Eso sí, que nadie se vaya esta mañana sin la certeza en el corazón de que Dios es el tesoro escondido, es la perla preciosa; que tú eres amado infinitamente por Dios, que Dios no hace nunca mal las cosas y que todas las cosas suceden bien para todos aquellos que aman al Señor. Sólo Él lo sabe; es más, sólo Él del mal puede sacar bien. Estemos, pues, agradecidos, estemos contentos. Y ojalá el Señor nos regale a todos la gracia de salir esta mañana del templo más esperanzados y dispuestos a ayudarnos los unos a los otros para hacer de este lugar lo que se merece. Dispuestos, eso sí, a curtir nuestra esperanza en el taller del sufrimiento. No hay nada, queridos hermanos, no hay nada en este mundo que podamos nosotros alcanzar y que sea un gran logro del espíritu que no pase por la cruz y por el sufrimiento; pero esto es el signo del Señor y nosotros somos seguidores de Aquel que nos dice: “quien quiera seguirme, renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga”.

          Que Nuestra Señora la Virgen de los Mártires, que estuvo al pie de la Cruz, aquella que con el rosario alentó a tantos hermanos nuestros que fueron aquí muertos, Ella misma inspire a esta Asociación Pública de fieles todo el cariño, el respeto, el amor y la fidelidad necesaria, para que junto con todos nosotros hagamos de este lugar un lugar de Adviento, de esperanza, con el convencimiento y la certeza de que el amor de Dios no nos va a faltar jamás.

El enlace de la noticia completa en la web del Obispado de Alcalá:

http://www.obispadoalcala.org/noticiasDEF.php? subaction=showfull&id=1322475120&archive=

   


 

 Una mañana para recordar

 

28.11.2011 – Francisco J. Fernández de la Cigoña - Intereconomía

 

Este año se cumple el 75 aniversario del genocidio de Paracuellos. Y acudí. Confieso, con vergüenza, que no soy un asiduo. La segunda vez en mi vida que acudo a aquel lugar santo. Y ambas empujado por mi queridísimo amigo José Manuel Ezpeleta, alma de que aquello no hubiera caído en el más absoluto e impresentable olvido. Porque ya no quedan parientes próximos de los asesinados. O apenas. Padres o tíos, ninguno. Hermanos tal vez alguno pero poquísimos. Hijos o sobrinos alguno más pero casi ninguno. Piénsese que el hijo póstumo de alguien asesinado allí hoy tendría 75 años.

 

Paracuellos ha sido sin duda una referente de la barbarie roja y está en todos los libros. Pero los años vergonzantes de nuestra Iglesia, verdaderamente también vergonzosos, nos han privado de la veneración. Los católicos españoles no han ido a Paracuellos, que está a escasísimos kilómetros de Madrid, a honrar a sus mártires.

 

A los innumerables mártires de Paracuellos. Olvido verdaderamente incomprensible cuando no hay sitio en el mundo que sea un relicario semejante. Bajo aquella tierra ocre e inhóspita hay ya 104 mártires reconocidos de la Iglesia. Que dentro de veinte días serán 119. No hay en el mundo nada igual. Ni el Coliseo romano. Así lo dijo ayer, con toda razón, el obispo de Alcalá de Henares Don Juan Antonio Reig. No sé, tal vez sí, si en aquel lugar de Roma fueron inmolados más cristianos que en Paracuellos. Pero si allí está su martirio no están allí sus restos. Como en Paracuellos. Que es un inmenso relicario. El obispo llamó a la pequeña ermita la catedral de los mártires. Con inmenso orgullo de que estuviera en su obispado. Y nos convocó a la peregrinación a aquel lugar. A la peregrinación repetida. Como al lugar más martirial del mundo de una Iglesia de mártires.

 

Ayer hubo en Paracuellos una concentración gozosa pero en mi opinión insuficiente. Para lo que Paracuellos se merece y nos reclama. Tres o cuatro centenares de personas. Que en lo sucesivo tendrían que multiplicarse por mucho. Me parece no poco para el olvido, vergonzoso me parece escaso calificativo, diría mejor repugnante, de nuestra Iglesia.

 

Aquello se ha mantenido gracias al ímprobo esfuerzo de un Hermandad de seglares que luchó siempre contra una incomprensible preterición. He mencionado a Ezpeleta, uno de esos seglares que nuestra Iglesia cobarde y acomodaticia no se merece. Y con él a todos los miembros de la Hermandad que contra la intemperie han mantenido el sagrado recinto. Que parecía traer sin cuidado a nuestros obispos. No recuerdo si el primer obispo de Alcalá, excelente refundador de la diócesis por otra parte, acudió alguna vez a Paracuellos. Su segundo obispo, Catalá, fue un par de veces al principio pero luego me parece que desapareció. Nunca fue de laureada de San Fernando. Hubo que esperar al tercer prelado complutense para que la joya del obispado fuera reconocida como debía. La homilía de ayer fue extraordinaria. Y luego pasó, acompañado por el clero concelebrante y los fieles, a rezar un responso en cada una de las fosas. En una especie de Vía Crucis emocionante.

 

Invitó el obispo, otro acierto, a todos los provinciales de las órdenes y congregaciones que tienen hijos suyos bajo la tierra de Paracuellos. Y allí estaban, o sus delegados, en la misa conmemorativa. No insistiré en lo de los delegados. Tendrían algo más importante que hacer, O que a ellos les parecía más importante.

 

Los agustinos son sin duda los que aportan el mayor número de beatos. Con mucho. Daba gusto ver a unos cuantos jóvenes agustinos, no pocos con rasgos sudamericanos, con el hábito de la orden. Alguien me señaló al prior del El Escorial. Ese, en cambio, de riguroso paisano.

También me pareció extraña la ausencia de la archidiócesis de Madrid, que, pienso, debería estar representada por algún obispo auxiliar. Pues de Madrid eran la gran mayoría de los asesinados. Digo de Madrid como residencia.

       

Paracuellos es el gran tesoro de la Iglesia española del siglo XX. No contribuyamos a su olvido. Como católicos. Y concluyo repitiendo lo ya dicho.

Gracias José Manuel. Gracias Monseñor Reig. Porque estáis haciendo Iglesia. Iglesia verdadera. Que siempre tuvo a los mártires por su gloria y su corona.  

 


 

UN OBISPO LES RECUERDA EN AQUEL LUGAR

Mártires de Paracuellos: 75 aniversario de una masacre que regó la tierra de santos

El obispo de Alcalá ha presidido una Eucaristía en la capilla de los Mártires en Paracuellos en recuerdo de los beatos que allí descansan.

JAVIER LOZANO 2011-11-27

Este año 2011 se celebra el 75 aniversario del inicio de la Guerra Civil. En el aspecto religioso, a raíz de esta contienda hay ya cientos de santos y beatos, que murieron asesinados por su condición de cristianos. De hecho, desde el 2007 la Iglesia Católica ha instaurado la festividad litúrgica de la memoria por los mártires de la persecución religiosa en España en el siglo XX y que se celebra desde entoncés el seis de noviembre.

Sin embargo, la Iglesia española está pasando de puntillas ante uno de los grandes fenómenos de la historia de la Iglesia universal. La persecución religiosa durante la Guerra Civil fue de las más atroces de la historia del cristianismo y el número de mártires así lo acredita. Se estima que 10.000 personas, entre obispos, sacerdotes, religiosas y laicos fueron asesinados en este corto periodo de tiempo. Muchos de ellos además murieron de manera brutal al inicio de la Guerra.

Han sido pocos los obispos que se han manifestado al respecto ante lo que debería ser una de las citas más importantes de la Iglesia española. Nunca una tierra ha dado tantos mártires en tan escaso tiempo. Sólo el prelado de Almería, el de Barbastro, la diócesis porcentualmente con más mártires y la clarificadora carta del obispo de Córdoba recordaron una fiesta de la que algunos se olvidan o se avergüenzan.

Del mismo modo, este domingo también se ha conmemorado el 75 aniversario de la matanza de Paracuellos, tierra regada con sangre de los mártires, y que posiblemente sea el lugar con más santos. El obispo de Alcalá de Henares, diócesis a la que pertenece este lugar, ha celebrado una Eucaristía en recuerdo del martirio que vivieron los ahora beatos que descansan en esta tierra.

La capilla del Cementerio de los Mártires de Paracuellos estaba a rebosar para recordar, con ocasión del 75 aniversario, el martirio de los 104 beatos cuyos restos mortales aún descansan en este camposanto. Junto a monseñor Reig Plá copresidieron la eucaristía un gran número de sacerdotes y de religiosos, entre ellos padres provinciales y representantes de muchas de las 20 órdenes religiosas a las que pertenecían los más de 200 religiosos asesinados en este lugar.

En su homilía, el obispo de Alcalá recordó "cómo los beatos de Paracuellos fueron requeridos por la Divina Providencia para dar testimonio, hasta el martirio, como testigos de la Fe. Amaron y perdonaron a quienes les tenían por enemigos con la certeza de la vida eterna. Sabían que su muerte no sería en balde; a ellos, Dios los llevó a su presencia, pero su sangre también se constituyó en semilla de nuevos cristianos y oración por la Iglesia, oración por sus verdugos, oración por el perdón y la reconciliación, oración por la paz, oración por España".

La Diócesis de Alcalá de Henares ofrece además algunos datos sobre estos mártires y beatos de Paracuellos. En el conocido como paraje del Arroyo de San José fueron asesinados miles de prisioneros mientras los presos, conocidos como ‘sacas’ eran trasladados desde distintas cárceles de Madrid. La matanza se produjo entre el 7 de noviembre y el 4 de diciembre de 1936.

En los archivos que se conservan se afirma que en el cementerio descansan miles de víctimas inocentes, de las cuales centenares de ellas eran menores de edad. Entre las víctimas había sacerdotes y seminaristas de al menos ocho diócesis: Madrid, Toledo, Getafe, Ciudad Rodrigo, Jaén, Lugo, Alcalá de Henares y del arzobispado Castrense.

Allí mismo también están los restos de centenares de religiosos de al menos 20 órdenes religiosas. Hay agustinos, capuchinos, carmelitas, carmelitas descalsos, claretianos, dominicos, escolapios, franciscanos, hermanos de las Escuelas Cristianas, hospitalarios de San Juan de Dios, jerónimos, jesuitas, marianistas, maristas, misioneros oblatos, paúles, pasionistas, redentoristas, sagrados corazones de Jesús y María así como salesianos. De entre todos ellos, Juan Pablo II y Benedicto XVI ya han beatificado a 104 y el próximo 17 de diciembre lo serán en la catedral de la Almudena de Madrid otros 22 misioneros oblatos, de los cuales 15 están en Paracuellos.

Igualmente, en este lugar de la Comunidad de Madrid también reposan cientos de laicos de movimientos como Acción Católica o la Adoración Nocturna, asesinados por ser cristianos.

La otra memoria histórica

La persecución religiosa en España todavía tiene testigos vivos por lo que no hay que remontarse siglos atrás para hablar de las barbaries que es capaz de hacer el ser humano. Se cuentan en más de 10.000 los mártires durante la Guerra Civil donde un porcentaje muy importante del clero fue asesinado.

En este tiempo ejecutaron a doce obispos, entre ellos el de Barcelona. Todos menos uno murieron al inicio de la contienda. A esta cifra habría que sumar 4.184 sacerdotes, 2.365 frailes y 283 monjas. Los seglares que fueron asesinados a causa de su fe ascienden a 3.000.

Pero también hubo auténticas masacres en otros puntos. Por poner sólo un ejemplo, el actual obispo de Barbastro, Alfonso Milián, recuerda las palabras de Juan Pablo II cuando habló de cómo el seminario entero de esta pequeña Diócesis fue asesinado. "¡Todo un seminario mártir!", exclamó el Pontífice, ahora también beato.

Esta pequeña diócesis también tiene a su obispo mártir, monseñor Florentino Asensio, cuya muerte fue una crueldad inimaginable. Una vez detenido y encarcelado fue trasladado el 8 de agosto de 1936 a una celda del Ayuntamiento. Fue sometido a todo tipo de vergonzantes vejaciones hasta el punto de cortarle los genitales en medio de las risas de todos los presentes. Mientras le empujaban le decían: "no tengas miedo. Si es verdad eso que predicáis, irás pronto al cielo". La respuesta de este obispo no pudo ser más clara: "Si, y allí rezaré por vosotros". Sus asesinos, poco antes de arrojarle a la fosa común, le robaron su ropa y sus zapatos y le arrancaron los dientes.

 


"BUSCADOS, ARRESTADOS Y ASESINADOS"
La otra memoria histórica: los mártires de la persecución religiosa en España

La Iglesia celebra este domingo la fiesta litúrgica de los mártires de la persecución religiosa en España.
Más de 10.000 fueron asesinados por su fe.

Libertad Digital - JAVIER LOZANO 2011-11-06

"Otorgamos la facultad de que sean venerados como beatos a los que, en España, durante el siglo XX, derramaron su sangre por Cristo", así concluía el cardenal Saravia en 2007 en una abarrotada Plaza de San Pedro la formula de beatificación de los 498 españoles que recibieron el martirio durante la Guerra Civil.

Desde entonces la Iglesia celebra el seis de noviembre la fiesta litúrgica de los mártires del siglo XX en España, es decir, aquellos cristianos que fueron asesinados durante la Guerra Civil por el hecho de vivir su fe y ser consecuentes con ella. Cientos de ellos ya son beatos y algunos ya incluso santos. Representan un ejemplo para el resto de la cristiandad.

De hecho, esta solemnidad religiosa vuelve a poner de manifiesto la brutal persecución que sufrieron muchos cristianos y las numerosas tropelías de las que fueron víctimas cientos de religiosas, sacerdotes, seglares hasta obispo.

Hasta el momento son cientos los beatificados en varias tandas en esta persecución religiosa en el siglo XX en España. La más numerosa se produjo en 2007 en la Plaza de San Pedro en el Vaticano donde fueron beatificados juntos 498 mártires.

Sin embargo, justo 75 años después del inicio de la Guerra se cuentan en más de 10.000 los mártires en esta persecución religiosa. Las cifras son escalofriantes puesto que un porcentaje importante de sacerdotes y religiosos españoles fue asesinado por lo que casi se podría calificar como un genocidio.

En este tiempo ejecutaron a doce obispos, entre ellos el de Barcelona. Todos menos uno murieron al inicio de la contienda. A esta cifra habría que sumar 4.184 sacerdotes, 2.365 frailes y 283 monjas. Los seglares que fueron asesinados a causa de su fe ascienden a 3.000. Muchos de ellos fueron asesinados por el bando republicano en Paracuellos del Járama, tierra regada por la sangre de los mártires. Y la magnitud de esta masacre ha quedado reflejada en los estudios de historiadores como Ricardo de la Cierva o César Vidal.

Pero también hubo auténticas masacres en otros puntos. Por poner sólo un ejemplo, el obispo de Barbastro, Alfonso Milián, recuerda las palabras de Juan Pablo II cuando habló de cómo el seminario entero de esta pequeña Diócesis fue asesinado. "¡Todo un seminario mártir!", exclamó el Pontífice, ahora también beato.

Ante esta festividad, el obispo de Córdoba ha vuelto a hablar con meridiana claridad sobre lo que ocurrió en aquellos años no tan lejanos. Demetrio Fernández asegura que lo que la Iglesia llama mártires "no son simplemente caídos de uno u otro bando. Los mártires están por encima de esas banderías o partidismos. Los mártires no cayeron en el frente, en la línea de batalla, donde las balas se entrecruzan, sino que fueron buscados en sus casas, fueron arrestados y llevados a la cárcel y fueron ejecutados simplemente por ser cristianos, por ser curas o monjas, por ser de Acción Católica o de la Iglesia. Fueron ejecutados por el odio de la fe".

El prelado sigue en su carta semanal diciendo a los fieles de su Diócesis que "esa rabia y ese odio contra Dios y contra la fe católica se convirtió en una ocasión de expresar un amor más grande, un amor que muere perdonando a los verdugos, un amor que muere cantando lo más bonito del corazón humano. Una vez más, el odio no es la última palabra. La última palabra es el amor, porque Dios es amor".

Además, ante los más que probables ataques de una izquierda que pueda ver en esta fiesta una llamada a la confrontación, monseñor Fernández explica que la Iglesia no celebra en esta festividad "la crueldad de las torturas, ni trae a la memoria la impiedad de los verdugos y menos aún la ideología que sustenta el odio. La Iglesia celebra el amor más grande que cada uno de sus hijos ha sido capaz de expresar".

Por último, este obispo informa que "en torno a un millar han sido beatificados y varios miles de ellos están en proceso de ser declarados mártires de Cristo. La Iglesia sigue con cada uno de ellos un minucioso proceso de análisis de su muerte, de los motivos de su muerte y de cómo afrontaron ellos ese trance supremo".

 


 

27.11.11

Nuestros mártires, 75 años después -  Alberto Royo
 

RECORDANDO A LA BEATA CARMEN VIEL

RODOLFO VARGAS RUBIO

En julio se cumplieron 75 años desde el comienzo de aquel verano ardiente de 1936, cuando en España se desató la etapa más cruel y sangrienta de la persecución religiosa que venía teniendo lugar sistemáticamente desde 1931, bajo la Segunda República. Porque a todo lo largo de ese período de vorágine política no faltaron estallidos de furia anticatólica, que se tradujeron en quemas de iglesias y conventos, maltrato y hasta asesinato de sacerdotes y religiosos, destrucción de ingente patrimonio artístico y cultural por el solo hecho de su carácter religioso. Un ensayo general a escala local de lo que sería la gran oleada persecutoria que inundaría media España algún tiempo después lo constituyó la Revolución de Asturias de 1934, aquella intentona de los socialistas y comunistas de tomar el poder por la fuerza al no resignarse a la victoria limpia y legal de las derechas en las elecciones del año anterior (dicho sea de paso, fue ese golpe de Estado frustrado y no el Alzamiento del 18 de Julio lo que condenó irremisiblemente y acabó por dar al traste con la República).

 

Se ha dicho más de una vez que la Iglesia Católica había dado pábulo a sus enemigos para que se cebaran contra ella en aquella década tan decisiva de los años Treinta del siglo pasado. Ello es ignorar los hechos. En primer lugar, el advenimiento de la República fue recibido por los católicos serenamente. Bien es cierto que había obispos afectos a la Monarquía que acababa de caer (el más destacado fue el Cardenal Segura, entonces arzobispo-primado de Toledo), pero la jerarquía española recordó que la Iglesia no aprueba, como cuestión de principio, ninguna forma de gobierno más que otra, sino que apoya a cualquiera que cumpla con el deber esencial del Estado, cual es el de procurar el bien común. Los católicos fueron libres de participar activamente en política ocupando cargos y puestos bajo la República, cuyo primer presidente, Niceto Alcalá Zamora, era practicante. Así pues, la acusación de hostilidad hacia el nuevo régimen por nostalgia y apego al anterior, bajo el cual se habría sentido más cómoda la Iglesia no se ajusta en modo alguno a la verdad.

 

En segundo lugar, lejos de observar una actitud provocadora o desafiante, la Iglesia Católica se mostró prudente, a veces hasta en exceso frente a un Estado agresivo e intolerante. La actitud del Nuncio Apostólico, Mons. Federico Tedeschini (más tarde cardenal) fue juzgada demasiado apaciguadora y condescendiente con un poder político que no demostraba consideración hacia la religión mayoritaria de España. Idéntica postura fue la observada por el Cardenal catalán Vidal i Barraquer. Es más: se sacrificó a los prelados más valientes –el Cardenal Segura y el obispo Múgica de Vitoria– por bien de paz, que se demostró al final ser completamente ilusorio. A pesar de la Carta de los Metropolitanos de 1931 y de la Pastoral Colectiva del Episcopado Español de 1932, los Obispos se mantuvieron por lo general en un silencio expectante, que fue funesto para los católicos, que esperaban de ellos una guía para la acción y se vieron en consecuencia desorientados, sin saber cómo proceder y dejándose ganar el terreno por los sindiós. La Acción Católica, que habría podido ser una fuerza determinante y disuasoria a la hora de enfrentarse a las políticas antirreligiosas del gobierno como correa de transmisión de las directivas del episcopado, adolecía de falta de organización y de empuje y quedó completamente neutralizada. No hubo, pues, una fuerte y concertada oposición católica a los desmanes de los sectarios y la Iglesia acabó yendo como oveja al matadero.

 

Otro mito a destruir es el de que la Iglesia española se negara a perder su situación de privilegio y de grandes riquezas y que se hallara alejada de las clases populares. A todo lo largo del siglo XIX fue ella precisamente a cuyas expensas mayormente se produjeron los cambios políticos que convulsionaron a España. Después de la Revolución de 1789 ya nada fue igual en Europa y el liberalismo burgués se impuso sin respeto alguno por tronos y altares. La Iglesia aquí no fue ya ni sombra de lo que fue bajo los Austrias, que es cuando mayor esplendor e influencia alcanzó (y aun así habría que discutir si su estatus bajo el régimen de Regio Patronato, es decir, prácticamente infeudada a la Corona, era lo ideal desde el punto de vista de la doctrina católica). Las sucesivas desamortizaciones dieciochescas y decimonónicas la habían despojado prácticamente de la mayor parte de su patrimonio, de modo que tanto el clero secular como el regular subsistían a base de las temporalidades pagadas por el Estado (no en razón de ser éste católico sino de haber sido ladrón, tal como pasaba con las asignaciones bajo el régimen de Franco), las pías fundaciones, las rentas de unas muy mermadas propiedades y las donaciones y legados, muchas veces bastante mediatizados. Además, con estos recursos la Iglesia sostenía una extensa y eficaz red de beneficencia, a la que el Estado no se veía capaz de tan sólo igualar.

 

Precisamente desde el último tercio del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX, habían comenzado a florecer toda clase de iniciativas novedosas por parte tanto del clero como de los seglares a favor de esas clases populares a las que se suponía falsamente que la Iglesia era ajena: agrupaciones sindicales católicas, escuelas nocturnas, enseñanza gratuita de artes y oficios, etc. En Salamanca, por ejemplo, florecía la congregación de las Siervas de San José, fundada por el jesuita gerundense R.P. Francisco Butinyà y por santa Bonifacia Rodríguez Castro (a la que ha canonizado recientemente el papa Benedicto XVI) en 1874. Sus “Talleres de Nazaret” proporcionaban sustento a las niñas y jóvenes sin recursos, educadas por las buenas monjas. En Barcelona el obispo Irurita impulsó desde 1931 el Instituto Pro-Obreros. Otro ejemplo de espíritu emprendedor a favor de los trabajadores, pero desde el campo seglar, lo constituye el de Dolors Monserdà i Vidal, que, bajo patrocinio del obispo Juan José Laguarda y Fenollera y con el apoyo de mosén Josep Ildefons Gatell, fundó en 1910 el Patronat d’Obreres de l’Agulla, más conocido como Sindicat de l’Agulla (Sindicato de la Aguja), con sede en el convento de franciscanos de la calle de Moncada de Barcelona. Esta organización ofrecía formación y trabajo a las costureras, colectivo por entonces sujeto a seria explotación. Son tan sólo tres botones de muestra de una actividad apostólica de indudable proyección social. Pero queremos considerar hoy con mayor detenimiento una figura femenina claramente representativa a este respecto: la de la beata María del Carmen Viel Ferrando.

 

La beata Carmen Viel: un gran ejemplo de catolicismo activo

 

Nació en la ciudad de Sueca, a orillas del Júcar, en la feraz Ribera Baja de Valencia, a las once y media de la noche del lunes 27 de noviembre de 1893, en la casa sita en el número 53 del carrer Nou o calle de San Francisco. Sus padres, Gregorio Viel y María Dolores Ferrando, eran labradores honrados y pudientes y católicos convencidos y practicantes, que tuvieron otros diez hijos (en total cinco varones y seis mujeres). La vida de familia estaba presidida por la religión, vivida sin aspavientos ni amarguras pero con auténtico fervor y generosa entrega a Dios y al prójimo. El padre presidía la sección local de la Adoración Nocturna. Y no era acomodación al entorno social en una región como Valencia, donde a la sazón campeaba el anticlericalismo y el republicanismo liberal, alérgico a las cosas de Dios y de la Iglesia, cuyo exponente más significado es el escritor Vicente Blasco Ibáñez (por otra parte gran retratista de su época).

 

Carmen Viel fue una joven imbuida de religiosidad y de interés por el bienestar espiritual y temporal del prójimo. No sintiendo una especial vocación religiosa, se santificó en el siglo, aunque tampoco se sintió llamada por el estado matrimonial. Puede decirse que la suya fue una vida de virgen consagrada. Perteneció a la Acción Católica femenina, desde la que desplegó una importante labor apostólica y social. Aunque su Sueca natal era una población rica gracias a los labrantíos de arroz y de naranjos, no por ello dejaba de experimentar los males comunes a la España deprimida del primer tercio del siglo XX. Así, para dar a las muchachas más modestas la oportunidad de hacerse un porvenir y ganarse la vida con un trabajo digno y justamente remunerado, estableció la asociación suecana del Sindicat de l’Agulla, de la que fue nombrado capellán el sacerdote suecano don Vicente Lavernia Salelles, beneficiado de la parroquia de San Pedro, que compartiría no sólo la visión apostólica de la activa feligresa, sino el mismo destino martirial.

 

Otra de sus grandes preocupaciones fue la educación católica de la niñez y juventud, en tiempos en los que se ponía en cuestión la dimensión docente de la Iglesia y se promovía la llamada “libre enseñanza”, basada en una pedagogía laicista y relativista. Ciertamente ya existía en Sueca un colegio llevado por religiosas: el Asilo de la Encarnación, fundado en 1894 gracias al legado de doña Vicenta Carrasquer y confiado a las Hermanas de la Caridad. Pero la señorita Viel, cuya hermana Antonia era Hija de María Auxiliadora, admiraba el método de san Juan Bosco, que, oponiéndose al sistema represivo dominante en Europa, fomentaba, al contrario, un sistema preventivo, que hacía atractiva la educación al alumno y lo formaba realmente a largo plazo en el amor a los valores morales. Así pues, insistió primero ante el párroco don Desiderio Seva Ponsoda, que deseaba abrir una escuela católica en Sueca, para que escogiera al instituto salesiano para dirigirla. En 1933, en el inmueble de la calle La Punta nº 21, propiedad donada por los barones de Cárcer, se instaló el colegio de María Auxiliadora con tres religiosas salesianas. Mosén Seva había muerto el año precedente, pero su sucesor don Joaquín Alfonso Bosch, cura ecónomo, prestó todo su apoyo al nuevo establecimiento, que en un mes vio incrementado su alumnado en 80 niñas.

 

El dinamismo apostólico de esta admirable seglar era de todos conocido, por lo que, al estallar la Guerra Civil en Sueca y quedar la ciudad en zona roja, se convirtió en un potencial blanco de la persecución religiosa. De hecho su cuñado Antonio Matoses, esposo de su hermana Dolores, había sido encarcelado en julio de 1936, nada más iniciado el Alzamiento, en vista de lo cual y por prudencia se trasladó en agosto a Valencia, donde esperaba pasar más desapercibida. Instalada en una casa de la calle de Ruzafa en compañía de Dolores, cuando su cuñado fue puesto en libertad, compartió con él nuevo domicilio en la placeta del Horno de San Nicolás. Pero alguien la reconoció por la calle y la denunció y el 2 de noviembre fue detenida por los milicianos de la FAI, que volvieron a prender también a Antonio Matoses. Ambos fueron llevados a la siniestra checa de la calle del Grabador Esteve, dependiente del Departamento Especial de Información del Estado (DEDIDE). Allí Carmen Viel se despidió de su hermana Dolores, que fue a visitarla a ella y a su esposo, adivinando acongojada que iba a perderlos a ambos. Sometidos a ultrajes sin nombre durante dos días, en la noche del 4 al 5 de noviembre fueron llevados a la carretera junto a la playa de El Saler, donde fueron ejecutados. Ya muerta aún se ensañaron los verdugos con su cadáver, al que desfiguraron cruelmente el rostro.

 

Recuperados que fueron sus despojos, se los sepultó en el cementerio de Sueca. Su fama de santidad y la devoción que suscitaba en sus conciudadanos lustros después de su muerte, motivaron la apertura del proceso canónico de declaración de martirio y beatificación, constituyéndose el tribunal diocesano en la catedral de Valencia bajo la presidencia del arzobispo Don Marcelino Olaechea Loizaga y siendo postulador don Baltasar Argaya, el 20 de octubre de 1955. Junto con Carmen Viel otras diecinueve mujeres valencianas de Acción Católica emprendían el camino de los altares. El domingo 10 de marzo de 1957 fueron solemnemente trasladados los restos de la sierva de Dios del cementerio a la capilla del Santísimo Sacramento de la parroquial de San Pedro. Días antes el consistorio municipal suecano había acordado rotular una calle de la ciudad con el nombre de la hija de ésta Carmen Viel Ferrando (la dicha calle se llamó así hasta 1979). El 11 de marzo de 2001, segundo domingo de cuaresma, el venerable Juan Pablo II la beatificó junto con otros 232 mártires de la persecución religiosa en España. Su nombre fue inscrito en el Martirologio Romano el día 5 de noviembre con estas palabras:

 

“In loco El Saler nuncupato prope Valentiam ítem in Hispania, beatae Mariae a Monte Carmelo Viel Ferrando, virginis et martyris, quae in eadem tempestate pro Christo egregium peregit certamen” (En el lugar llamado El Saler, cerca de Valencia, también en España, la beata María del Carmen Viel Ferrando, virgen y mártir, que disputó hasta el final el egregio combate por Cristo durante la misma tormenta”.

 

Fueron mártires y merecen nuestra gratitud y devoción

 

Baste lo anterior para desbaratar cualquier argumento tendente a justificar lo injustificable: el intento de exterminio de la Iglesia Católica, contra la que se desató en julio de 1936 una suerte de guerra total, que sucedió a la que hasta entonces había sido persecución esporádica, pero sistemática. En los primeros meses de la Guerra de España arreció la furia homicida de las fuerzas de choque que habían tomado efectivamente el poder en la parte sometida a la República ante la pasividad e inacción del gobierno. Así media nación e vio sometida a los mismos métodos que los bolcheviques estaban empleando en Rusia desde 1917. No en vano Stalin se había cuidado bien de enviar sus comisarios como asesores de los comunistas autóctonos para enseñarles la manera metódica y científica de matar representada en las tristemente célebres checas, que fueron instaladas en cada barrio de la geografía de la España roja. El hecho es que la gran mortandad de católicos muertos in odium fidei se produjo antes de acabar el año fatídico de 1936. En sólo los meses de julio y agosto se ejecutó a diez de los trece prelados mártires. Algunos han atribuido el hecho de esta alta concentración de muertes al carácter descontrolado de los revolucionarios al principio de la contienda, imposibles de contener por las autoridades. Sin embargo, el que amainara –por así decirlo– el volumen de sangre en lo sucesivo no debe creerse que se deba a un mayor control gubernamental de los exaltados ni a una mitigación de la persecución (que podría admitirse aunque con mucha relativización), no.

 

Es claro que los asesinatos de gente de sotana y hábito y de seglares por el solo hecho de ser católicos disminuyeron conforme iban quedando menos de ellos que matar, lo cual se debe a tres hechos: la matanza intensiva del inicio, las evasiones exitosas al extranjero o a zona nacional y una mayor eficacia en disfrazarse y esconderse de los que no pudieron o no quisieron huir, una vez pasados los primeros tiempos de desconcierto. El afán asesino de los perseguidores quedó intacto, como lo demuestran las muertes tardías de Mons. Ponce, administrador apostólico de Orihuela (en noviembre de 1936), y los obispos Irurita de Barcelona (en diciembre de 1936) y Polanco de Teruel (en febrero de 1939).

 

En cuanto a la mortandad de la Guerra, es preciso y útil distinguir, como lo hace el historiógrafo valenciano Mons. Vicente Cárcel Ortí, entre caídos, víctimas y mártires. Caídos han de considerarse los combatientes de uno y otro bando que murieron en combate o a consecuencia de él. Víctimas fueron todos aquellos que murieron como consecuencia de acciones de guerra, represión política o represalias. Mártires, en cambio, se debe considerar sólo a quienes fueron buscados ex profeso y muertos por su condición de personas sagradas o por su especial significación como católicos, es decir, los que padecieron la muerte por causa de su fe. Lo que demuestra el carácter martirial de estos muertos es que en muchas ocasiones se les prometió salvar la vida e incluso recuperar la libertad a condición de apostatar, renegar de Dios y de su Iglesia o profanar objetos sagrados (como pisar crucifijos). Al no aceptar semejante y vergonzoso trato, subrayaron estos confesores de la fe su inequívoca vocación de testigos. Y es de notar que no traen los relatos casos de cobardía, de retroceso ante los verdugos ni de apostasía, lo que indica, por otra parte, lo bien que la Iglesia supo inculcar a sus hijos la intrepidez y el amor incondicional a Dios.

 

Pero hay un aspecto de la persecución que, no por menos conocido, debe ser obviado y es el del catolicismo clandestino bajo la España roja. Obligada a bajar a las catacumbas, la española fue una de las primeras Iglesias del Silencio, precedida sólo por la Iglesia mártir de los Rutenos. En la zona bajo persecución se organizó una extraordinaria red de asistencia pastoral y sacerdotal en los escondites proporcionados por generosos seglares a los sacerdotes de ambos cleros que lograron escapar a la gran sangría de los primeros meses de guerra. Hubo misas clandestinas en muchos hogares barceloneses y hasta una regular vida de devoción, con exposiciones al Santísimo, Cuarenta Horas, Guardias de Honor, Primeros Viernes, etc. Un servicio sacerdotal garantizaba la administración de los sacramentos (bautismo, penitencia, extremaunción, matrimonio) y la asistencia a enfermos y moribundos con recepción del viático. El catecismo y las conferencias espirituales estaban a la orden del día en la precaria tranquilidad de los domicilios de familias que debían temblar ante la sola posibilidad de un registro por parte de los milicianos (lo que normalmente significaba la muerte para los huéspedes y el patrón de casa). Barcelona tuvo, además, la inmensa fortuna (la Providencia) de que su obispo pudiera permanecer oculto cinco meses, dándole tiempo a dar sabias directivas pastorales para el mejor gobierno de sus diocesanos. Si los católicos barceloneses pudieron gozar de una mejor asistencia religiosa en la clandestinidad ello se debe en grandísima parte al obispo Irurita, cuya herencia inmediata, al partir para el sacrificio, fue precisamente la de una iglesia viva y palpitante bajo los escombros materiales que dejó el torbellino iconoclasta y asesino en la sede de San Severo.

 

Por mucho que se empeñen muchos revisionistas hodiernos de nuestra Historia reciente, ávidos de resucitar una cierta “memoria histórica” a base de acallar y hacer desaparecer la otra memoria, la de los hechos incontrovertibles, nuestros mártires, los que sufrieron para que nosotros, los católicos de hoy, pudiéramos tener la libertad de profesar nuestra Fe y celebrar nuestro culto, no pueden ser ni serán olvidados. Gracias a Dios se acabó la especie de veda que pesaba sobre los muertos de la mayor persecución sistemática contra la Iglesia en época moderna. Ya no existen razones de oportunidad ni de politiqueo que impidan que se rinda el justo homenaje a aquellos cuya sangre engendró una generación privilegiada de cristianos, de la cual somos los legatarios y debemos ser los continuadores, depurados eso sí todos los condicionamientos históricos.

 

En este sentido,

sirvan estas líneas de homenaje a una institución pionera y benemérita en la recuperación de la memoria histórica martirial: Hispania Martyr. Si no hubiera sido por su ardua labor y su incondicional dedicación a preservar amorosamente los testimonios y el recuerdo de cuantos murieron por Dios y por la Iglesia en aquellos aciagos años que marcaron nuestra historia contemporánea, poco impulso habría tenido su causa o ésta, al menos, se hubiera visto muy ralentizada. Y como no podemos, ni debemos, ni queremos olvidar a nuestros mártires, práctica muy útil es la de leer sus martirologios y celebrar las fiestas de los que han tenido ya el honor de subir a los altares, que, gracias al celo del beato Juan Pablo II y del Santo Padre felizmente reinante, son muchos. Recordarlos no es ningún ejercicio revanchista ni para abrir viejas heridas, sino un ejercicio de justicia y de reconciliación.

 

 

 


 

Beatificaciones en Madridde Francisco José Fernández de la Cigoña (Intereconomía)

De las que no se hace ninguna publicidad

 

Publicado hoy en LA GACETA
[...] El próximo 17 de diciembre tendrá lugar la de veintidós mártires de nuestra pasada guerra civil. [...]

 

[...] He escrito que algunas de esas beatificaciones me han `parecido cuasi vergonzantes por los pocos fieles congregados para tan importantes actos.  Se elevan a los altares glorias de nuestra Iglesia y los católicos deberíamos tener el gozo y la presencia. Pero si no se anuncian y se anima el asistir no va casi nadie.  En España hemos vivido beatificaciones multitudinarias. En locales abiertos y amplios. Recuerdo el de la sucesora de Sor Ángela de la Cruz, en un estadio sevillano y la del P. Hoyos en una plaza de Valladolid. Con muy digna presencia de fieles. Ejemplar la de una humilde diócesis, Osma-Soria, con su obispo Palafox. Tuvo lugar en su hermosísima catedral pero Osma no llega a los cien mil fieles. Y nadie, salvo la diócesis, animaba aquel acto. No había detrás de Palafox una congregación religiosa con parroquias y colegios que pudiera llevar gente.

 

[...] Pero veintidós mártires, y con una congregación detrás, deberían ser otra cosa. No voy a decir que como para Cuatro Vientos pero sí como para que la catedral de Madrid no entrara entre los lugares a considerar. Yo, mal pensado, creo que para los Oblatos de hoy es un trámite, si no molesto, intrascendente. Eso no es lo que ahora se lleva. Y lo que les lleva al abismo. Eran en 1959 más de 7.000 y hoy rozan los 4.000. Y en constante declive. Posiblemente con más de 2.000 superando o muy próximos a los 70 años.
 

Este año se cumple el 75 aniversario de aquel holocausto que llenó el cielo de santos españoles. Y se va a declarar beatos a veintidós de ellos. Ya deben superar o están a punto de hacerlo el millar de mártires en los altares. Como para que los católicos llenáramos cualquier recinto. Con orgullo y agradecimiento. Y no en una ceremonia de la que no se ha enterado nadie. O casi nadie. Y de ese modo no se movilizan los fieles.
 

Quisiera equivocarme. Que el 17 de diciembre rebosara la plaza de la Armería y la calle Bailén, resultando la catedral totalmente insuficiente. Por cierto, la capilla del Santísimo ha quedado preciosa tras la obra de Rupnik. Para ir a verla. Por mi parte no ha quedado.  Os animo a todos a que el día 17 acudáis a la beatificación de esos veintidós españoles, veintiuno oblatos de María Inmaculada y uno seglar, que se unieron a los miles y miles de los asesinados que marcharon directos de nuestra patria al cielo en aquel año de gloria y de dolor de 1936. Ofrecieron a Cristo sus vidas y unieron su sangre, jovencísima en algunos, a la del Cordero.

 

Es de vergüenza que los españoles de hoy dejemos pasar esa efemérides en un acto cuasi clandestino del que no se va a enterar casi nadie.  Si así fuere no nos mereceremos otra suerte que la triste que tenemos.       


 

 

¡Que Dios te lo pague, capitán!

 

Tomado de Religión en Libertad:   http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=19147

 

 

[…] El último testimonio de este día nos lo ofrece Antonio Jambrina (que tiene un libro titulado “Memorias de mis años Oblatos”) que conserva una carta, escrita el 24 de diciembre de 1987, del Padre Juan José Cincunegui, oblato de María Inmaculada. En ella, él recuerda que:

 “Corría el trágico mes de noviembre de 1.936, mes de los mártires de Paracuellos… y os voy a contar una anécdota singular:

No todos los que fueron a Paracuellos para ser fusilados, perecieron en este intento de asesinato general. Las “sacas” continuaron en todas las cárceles de Madrid desde aquel fatídico 7 de noviembre en que comenzaron. El 27 de noviembre, festividad litúrgica de la Milagrosa, comenzaron a bajar, en la cárcel de San Antón, a los que iban a ser fusilados, entre ellos el comediógrafo Pedro Muñoz Seca. Entre los sentenciados y llamados estaban los 15 oblatos que había en la cárcel de San Antón. A eso de las once de la noche salió la primera expedición de dos autocares con unos sesenta presos, atados de dos en dos”.

Entre los expedicionarios salieron los oblatos P. Delfín Monje y el H. Juan José Cincunegui Sarasola. Eran los últimos de la lista que embarcó para Paracuellos. “-Suban a los autos”, escribe el P. Juan José.

“Nos fuimos subiendo y cuando estábamos dentro nos ataron el brazo de uno con el brazo de otro, dos en cada asiento. Cuando todo el grupo ya estaba dentro de los autobuses, uno de los jefes de los milicianos dijo: Salgan hacia Alcalá de Henares, y salimos; al llegar a Paracuellos el que mandaba a los que conducían los coches tocó un pito y dijo: “alto aquí”.

Unos milicianos se alejaron unos cincuenta metros y empezaron a conversar; no oíamos lo que hablaban. En este preciso momento llegó a donde estábamos los presos un escuadrón de caballería de militares que iban para Madrid.

El jefe que iba al frente, dijo: “alto”; y dirigiéndose a dos milicianos les preguntó:

“-¿Quiénes son éstos?”.

“-Son presos”, le contestaron los milicianos.

“-¿Presos, aquí y a estas horas? ¿Qué hacen con ellos?”, volvió a preguntar el jefe de caballería.

Allí se encuentra un camarada que está hablando con aquellos compañeros. El jefe se apeó de su caballo y se acercó al grupo que estaba dialogando. Ya no pudimos oír nada de lo que hablaban. Como a unos cinco minutos volvieron todos hacia los autobuses y el que sin duda hacía de jefe dijo: “-Sigan adelante”.

Y salimos hacia Alcalá a donde llegamos como a la una y media de la noche del 27 al 28 de Noviembre, día de la Milagrosa, patrona de las Hijas de la Caridad, en las cuales yo tenía tres tías y una hermana. En Alcalá nos metieron en la prisión militar y allí estuvimos, yo dos meses más y el Padre Monje quedó todavía en prisión”.

Hasta aquí el testimonio del Oblato. Jambrina continua refiriendo en su artículo que “las tres tías y la hermana de Juan José, desde el primer día de la guerra, habían hecho la promesa de ofrecer a la Virgen Milagrosa todos los sacrificios del día, todas las oraciones, rosarios, misas y comuniones por la liberación de Juan José. Cada semana se turnarían en esta oración continua. Finalizaba el día de la Milagrosa y Ella, sin duda, accedió a la petición de las orantes: Cuando Juan José y sus compañeros esperaban en la ladera de Paracuellos el disparo de las ametralladoras, hizo acto de presencia un capitán de caballería con su escuadrón, quien ordenó a los asesinos conducir a la cárcel de Alcalá de Henares a aquel puñado de patriotas cautivos.

¿Quién era ese capitán? Lo más probable es que jamás lo sepamos. Yo creo recordar que en el frente de Somosierra y comarca de Buitrago hubo algún sacerdote que tuvo que huir de su pueblo donde nadie le ofreció cobijo y deambulaba por los montes comiendo lo que la naturaleza le ofrecía, hasta que un día del mes de septiembre un capitán de caballería, jefe de un destacamento que procedía de Valencia encontró al fugitivo. Al interrogarle y darse cuenta de su personalidad ordenó a un sargento que, con la debida garantía, entregase al sacerdote en la Dirección General de Seguridad. Muchas veces me he preguntado si el que salvó a este sacerdote fue el mismo capitán que salvó del asesinato en Paracuellos a Juan José, al P. Delfín Monje y a cincuenta y ocho presos más de la cárcel de San Antonio. Mas lo cierto es que los que esperaban la muerte inmediata, a su voz de mando emprendieron el camino de regreso a la carretera general, y ya en ésta tomaron rumbo a Alcalá de Henares, a cuya prisión militar llegaron a altas horas de la noche del 27 al 28 de noviembre.

En la madrugada del día 28 del mismo mes y año, en la expedición que iba Pedro Muñoz Seca, sacaron de San Antón a los trece oblatos que esperaban allí y fueron todos asesinados en Paracuellos. El Dios de Misericordia habrá, sin duda, premiado con largueza a aquel capitán insigne, pues para Él ni un pensamiento, ni un gesto, ni un vaso de agua quedan sin recompensa.

Donde quiera que estés y quien quiera que seas, que Dios te lo pague, capitán”.

 El artículo completo puede leerse en:

http://www.martiresdeparacuellos.com/historia_paracuellos.htm

 


El religioso oblato Francisco Esteban Lacal, un soriano a los altares

Por el 25 de noviembre de 2011

El pasado mes de julio, el Superior General de la Congregación de los Misioneros Oblatos de María, el P. Louis Lougen, recibía una carta de la Secretaría de Estado de la Santa Sede en la que se le comunicaba que el Papa Benedicto XVI autorizaba la beatificación de 22 religiosos oblatos asesinados en la persecución religiosa en España en 1936. Encabeza el grupo de mártires un soriano, el Padre Francisco Esteban Lacal.

La Ceremonia de Beatificación tendrá lugar el próximo sábado 17 de diciembre a las doce de la mañana en la Catedral de la Almudena, de Madrid. Presidirá el solemne Rito el Cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. Con él concelebrará el Obispo de Osma-Soria, monseñor Gerardo Melgar Viciosa, así como el Vicario General del Obispado, Gabriel-Ángel Rodríguez Millán.

El trienio 1936-1939 fue sangriento y martirial para la Iglesia en España. En esa persecución religiosa hubo miles de personas que sufrieron muerte violenta, que fueron torturadas y fusiladas exclusivamente por su condición de creyentes: porque vestían una sotana o un hábito; por ser sacerdotes o religiosos que tenían una actividad pastoral en parroquias, en centros de enseñanza u hospitales; o por ser laicos fervientes, comprometidos con su fe en Jesucristo. En total, 6832 eclesiásticos sacrificados: 12 Obispos, 4172 sacerdotes del clero secular, 2365 religiosos y 283 religiosas (sin contar a la pléyade de laicos asesinados por el mismo motivo, Jesucristo y su amor a la Iglesia)

Dentro de este clima general de odio y fanatismo antirreligioso es preciso encuadrar el martirio de estos 22 oblatos: padres, hermanos y escolásticos de Pozuelo de Alarcón (Madrid) donde se habían establecido en 1929. Ejercían su ministerio, en calidad de capellanes, en tres comunidades de religiosas. Colaboraban pastoralmente también en las parroquias del entorno: ministerio de la reconciliación y predicación, especialmente en Cuaresma y Semana Santa, además de colaborar en la catequesis en cuatro parroquias.

Esa actividad religiosa comenzó a inquietar a los comités revolucionarios (socialistas, comunistas y sindicalistas, laicistas radicales) del barrio de la Estación. Con gran preocupación fueron comprobando que los “frailes” (así los llamaban) eran la locomotora que animaba la vida religiosa en Pozuelo y alrededores. Era irritante y provocador para ellos que los religiosos fueran por la calle en sotana y además con su cruz oblata muy visible a la cintura.

Sin embargo, la comunidad de los oblatos no se dejó intimidar. Lo que hizo fue extremar las medidas de prudencia, de serenidad, de calma, tomando el compromiso de no responder a ningún insulto provocador. Y, por supuesto, ningún religioso se mezcló con actividades políticas ni siquiera ocasionalmente. Pero eso sí: se mantuvo el programa de formación espiritual e intelectual sin renunciar a las diversas actividades pastorales que formaban parte del programa de formación sacerdotal y misionera de los escolásticos.

El 20 de julio de 1936 las juventudes socialistas y comunistas se echaron a la calle y comenzaron nuevos incendios de iglesias y conventos, particularmente en Madrid. Los milicianos de Pozuelo, por su parte, asaltaron la capilla del barrio de la Estación, sacaron a la calle los ornamentos e imágenes y les prendieron fuego. Incendiaron luego la capilla y repitieron la escena en la parroquia del pueblo. El 22 de julio, a las tres de la tarde, un nutrido contingente de milicianos, armados de escopetas y pistolas, asaltó el convento; los religiosos fueron detenidos, la casa fue saqueada y todos los cuadros religiosos, imágenes, crucifijos, ornamentos sagrados, etc. fueron destrozados y quemados.

El día 24 de julio, sobre las tres de la mañana, se producen las primeras ejecuciones. Sin interrogatorio, sin acusación, sin juicio, sin defensa, llamaron a siete religiosos y los separaron del resto. Sin explicación alguna fueron introducidos en dos coches y llevados al martirio. El resto, al día siguiente e inesperadamente, quedó en libertad.

Al quedar libres, buscaron refugio en casas particulares. El P. Francisco Esteban Lacal se arriesgaba y desvivía por darles ánimo y llevarles la Sagrada Comunión. Pero en el mes de octubre, tras una orden de busca y captura, fueron detenidos nuevamente y llevados a la cárcel. Allí soportaron un lento martirio de hambre, frío, terror y amenazas, sin embargo, entre ellos reinaba la caridad y un clima de oración intensa.

En el mes de noviembre llegaría el final de aquel calvario para la mayoría de ellos. El día 7 fueron fusilados dos de los prisioneros; veintiún días después, les llegó la hora a los otros trece: el 28 de noviembre de 1936 fueron sacados de la cárcel, conducidos a Paracuellos del Jarama y ejecutados. Un testigo afirma que, al parecer y antes de morir, el P. Esteban Lacal dio la absolución al resto y dijo: “Sabemos que nos matáis por católicos y religiosos. Lo somos. Tanto yo como mis compañeros os perdonamos de corazón. ¡Viva Cristo Rey!”.

“Al brillante y glorioso ejército de los mártires pertenecen no pocos cristianos españoles asesinados por odio a la fe en los años 1936-1939, (…) por la inicua persecución desencadenada contra la Iglesia, contra sus miembros y sus instituciones. Con particular odio y ensañamiento fueron perseguidos los obispos, los sacerdotes y los religiosos cuya única culpa –si se puede hablar así- era la de creer en Cristo, anunciar el Evangelio y llevar al pueblo por el camino de la salvación. Eliminándolos, esperaban, los enemigos de Cristo y de su doctrina, hacer desaparecer totalmente la Iglesia del suelo de España” (Juan Pablo II, Causas de los Santos, 1992).

Biografía del P. Francisco Esteban Lacal

Nació en Soria el día 8 de febrero de 1888 en una familia de profundas raíces cristianas. Hizo sus primeros votos en julio de 1906 en el convento de los oblatos de Urnieta (Guipúzcoa). En 1911 fue a Turín (Italia) y allí completó los estudios eclesiásticos; fue ordenado presbítero el 29 de junio de 1912. Al año siguiente se incorporó, como profesor, a la Comunidad del Seminario Menor de Urnieta, donde estará hasta 1929. Este año fue destinado a Las Arenas (Vizcaya) como auxiliar del Maestro de Novicios. Un año más tarde, en 1930, regresa a Urnieta como Superior; y en 1932 es nombrado Provincial.

En 1935 trasladó su residencia a Madrid, a la casa que ya tenían los Oblatos en la calle de Diego de León. Allí acogió a un grupo de oblatos que, detenidos en su Comunidad de Pozuelo de Alarcón y llevados después a la Dirección General de Seguridad, fueron puestos en libertad el 25 de julio de 1936. Con ellos -y con sus hermanos de la Comunidad de la capital- sufrió las angustias de la persecución religiosa y la experimentó directamente cuando el 9 de agosto de 1936 fue expulsado de su propia Comunidad de Diego de León, por lo que se refugió en una pensión situada en la Carrera de San Jerónimo. El día 15 de octubre fue detenido y el 28 de noviembre fue martirizado con otros doce oblatos en Paracuellos del Jarama.

 


 
Historia del único agustino superviviente de la matanza de Paracuellos
 
Yo también estuve en Uclés: tormenta al iniciar el camino (I)

 

MADRID, jueves 24 noviembre 2011 (ZENIT.org).- De nuevo en De la otra memoria, el historiador José Andrés-Gallego ofrece una historia que conviene conocer a las nuevas generaciones porque esta es también memoria y de la buena. La cuenta un “joven” de noventa años, único agustino superviviente de la matanza de Paracuellos del Jarama, Madrid, España.

*****

Por José Andrés-Gallego

Conocí a don Eliseo I. Bardón hace unas semanas, en unas jornadas a las que ya me he referido, sobre los mártires españoles del siglo XX. Me lo presentaron como el único agustino que se salvó de morir en Paracuellos, entre los detenidos que acabaron así. El padre Bardón es un joven –realmente lo es- de noventa años. Entendió divinamente la intención de esta sección de ZENIT. Ya ha publicado su memoria del trance de la guerra en el libro Mártires del siglo XX en España: Don y desafío, Madrid, Edice, 2008, pág. 133-156. Pero la ha reelaborado y, probablemente, ampliado y así me lo ha hecho llegar. Es un regalo. Voy a hacer lo siguiente, si a él le parece. Parte por parte, lo publicaré íntegro en el blog indicado abajo. Disfrutarán leyéndolo y verán todos los matices. Aquí, sólo transcribiré los párrafos que abundan –queriendo o sin quererlo- en lo que se pretende en esta sección: mostrar el bien que hubo en el mal. Hoy, por lo tanto, vuelvo al oficio de copista.

(I) Tormenta al iniciar el camino

Acudo a vivencias todavía muy presentes en mi memoria. […] Nací el 23 de enero de 1921 en una pequeña aldea leonesa, Santibáñez de Arienza, dentro de la comarca de Omaña, limítrofe con Babia, lugar del que todo el mundo ha oído hablar. Era mi familia de humildes labradores y ganaderos, y en la casa, además de mis otros cuatro hermanos y mis padres, estaba un tío carnal de mi madre, sacerdote ya anciano, que falleció en el mes de marzo de 1931 a los 95 años. […] Había en mi familia tres sobrinos de mi padre que eran religiosos agustinos, a quienes, alguna vez veía y admiraba, cuando en ocasiones esporádicas iban por el pueblo. Por esto, y acaso también por otras cosas, se despertó en mí el deseo de ser religioso y sacerdote. No tenía más de seis años cuando, a los postres de una fiesta que se celebraba en la localidad, un sacerdote llamado don Manuel, párroco de Soto y Amío, cogiendo un gran racimo de uvas, se dirigió a mi persona que, de vez en cuando andaba merodeando por la mesa de los comensales. Puesto de pie y muy solemnemente me dijo: “Eliseo: si en lugar de querer ir al seminario de los agustinos, vas al seminario diocesano, te doy este racimo de uvas”. Me quedé mirando y dije: “Sí, es verdad que me gustan las uvas, pero yo quiero ser fraile”. Don Manuel respetó mi decisión y además me dio el hermoso racimo de uvas. Ese deseo iba creciendo a medida que pasaban los años, y con los doce cumplidos, ingresé en el Monasterio de Santiago de Uclés, Cuenca. Y ¿por qué Uclés? Porque allí estaba otro primo carnal, que había hecho el ingreso en 1927, seis años antes que yo.

[…] En mayo de 1935 hubo en Uclés una concentración de la CEDA, partido político que dirigía el abogado don José María Gil Robles. Fue un día triste para el rector de la casa, padre José Gutiérrez, por no estar de acuerdo con tales actos, pero muy gozoso para los jóvenes seminaristas, que en aquella ocasión recorrimos todos los lugares mezclándonos con miles de personas que de diversos lugares habían acudido al evento. Aunque éramos pequeños nos percatábamos muy bien de la situación de la patria, especialmente cuando nuestros profesores y formadores hacían hincapié pidiéndonos más oraciones y visitas al Sagrario para lograr la paz y bien de la nación. […]

Estando un día disfrutando del recreo a la sombra del Castillo, observamos que junto a la torre estaban tres o cuatro hombres del pueblo con escopetas en sus manos. Tomamos los jóvenes la cosa un poco a broma y les dirigimos algunas palabras no del agrado de nuestro mentor, padre Emiliano López, quien nos hizo la corrección pertinente, terminando con estas palabras bien grabadas todavía en mi mente: “El día que quieran, pueden echarnos del convento”. Desde aquel momento aprendimos muy bien la lección y nos dimos cuenta de que la situación había cambiado radicalmente de rumbo. Ignorábamos que la guerra civil había comenzado el 18 de julio.

Eliseo I. Bardón

(Continuará, Deo volente)

 


 

¿De dónde se alimenta la fe de los cristianos perseguidos?

No todo Occidente es tierra baldía. Hay numerosos signos de esperanza. «Cualquiera que haya estado en la JMJ de Madrid lo sabe». Sin embargo, es en Oriente, en países de mayoría islámica, o en dictaduras comunistas, donde la Iglesia está escribiendo en la actualidad las páginas más fecundas para la Historia. Así lo cree Regina Lynch, Directora Internacional de Proyectos de Ayuda a la Iglesia Necesitada, que considera una asignatura obligatoria para los cristianos de lugares como Europa conocer los testimonios de martirio que siguen produciéndose hoy en buena parte del mundo.

 

No es posible, piensa, que muchos visiten como turistas Egipto, Cuba, o incluso Tierra Santa, «sin darse siquiera cuenta de lo que está ocurriendo allí con los cristianos». El testimonio de los cristianos perseguidos –añade– debe suponer para nosotros «la obligación de vivir de modo más auténtico nuestra fe, para que su sufrimiento no haya sino en vano y su sangre se convierta realmente en semilla de la Iglesia».

 

El relato que ofreció en la tarde del sábado, Regina Lynch comienza en 1982, en Guinea Conakry, entonces bajo un régimen comunista que había expulsado a todos los misioneros y encarcelado al obispo de Conakry. Su sucesor, el actual Presidente del Consejo Pontificio Cor Unum, el cardenal Robert Sarah, resistía, sin embargo, con mucha paz, confianza en Dios e importantes dosis de buen humor. De ahí pasó Lynch a la China de 1997. Toda una generación de obispos y sacerdotes había muerto en campos de trabajos forzados.

 

La situación había mejorado en comparación con los tiempos de la revolución cultural, pero seguían –siguen hoy– las detenciones en mitad de la noche y el traslado a lugares desconocidos, para aquellos que se niegan a adherirse a la Asociación Patriótica, la estructura pseudoeclesial controlada por el régimen. Con la mochila a cuestas, los obispos se ven obligados a viajar constantemente, y celebran misas clandestinas en domicilios privados. «¿Cómo puede usted tolerar esto?, le pregunté a un obispo. Me dio una respuesta que me llevó a examinar mi propia fe: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen». Igual de desarmante para ella fue la respuesta de Yussuf, un campesino de Pakistán, denunciado en 2006 por quemar páginas del Corán. El denunciante era un hombre a quien había ganado a las cartas, pero la policía, en lugar de indagar, torturó a Yussuf, le colgó de los pies durante 7 horas y le amenazó con seguir sometiéndole a suplicios hasta que se convirtiera al Islam. Se salvó de la muerte gracias a la presión internacional y a la campaña que organizó Ayuda a la Iglesia Necesitada, pero Yusuff, que no sabe leer ni escribir, quita mérito a su resistencia, con palabras similares a las que Regina Lynch escuchó más de una vez entre cristianos de Pakistán: «Mi sufrimiento no es nada comparado con el de Cristo».

 

De Pakistán, el relato pasó a Orisssa, en la India. Uno de sus protagonistas es la Hermana Mina, monja secuestrada y repetidas veces violada durante los terribles días de 2008, que dejaron 70 muertos y más de 150 mil desplazados, muchos de los cuales todavía hoy no han podido volver a sus hogares y probablemente nunca lo hagan. La violación fue un mal menor para la Hermana Mina, después de que un valiente evitara por los pelos que la religiosa fuera asesinada, junto a un sacerdote mayor, tras ser ambos paseados semidesnudos por un pueblo y rociados con gasolina para ser quemados. «No es fácil perdonar a mis atacantes –confesó–, pero ¿qué sentido tendría mi fe cristiana si no puedo perdonar?»

 

La frase le recordó a Lynch a otra similar que había escuchado de labios del cardenal Van Thuan, ya en Roma, como Presidente del Consejo Pontificio Justicia y Paz. En Vietnam, el cardenal había pasado 13 años en la cárcel por su fe, pero él decía: «Jesús me ha enseñado a amar a todos. Si no lo hiciera, dejaría de ser digno de ser llamado cristiano».

 

¿Y cómo se alimenta esa impresionante fe de todas estas personas? «Es muy importante la familia, que permanece intacta» en aquellos lugares, dice Lynch, y así hace posible la transmisión de la fe. También es esencial la comunión, y el testimonio de los sacerdotes, Hermanas y laicos animadores en las parroquias. Y el amor al Papa, hoy Benedicto XVI, y antes Juan Pablo II. «La gente quiere mucho al Papa, quizá más que nosotros», resalta la responsable de Ayuda a la Iglesia Necesitada, que precisamente ha vivido en una parroquia humilde de Cuba el anuncio del próximo Viaje del Papa, y da fe de la alegría con que ha sido recibido. Y todo ello tiene origen en la oración. Cita Lynch, en particular, el ejemplo de la Adoración perpetua al Santísimo Sacramento, y cómo se propaga en lugares como Orissa.

 

No le extraña, por tanto, que, cuando pregunta a cristianos perseguidos qué puede la Iglesia en Occidente hacer por ellos, la primera respuesta, casi siempre, sea: «Rezad por nosotros». Ayuda a la Iglesia Necesitada está plenamente contagiado de esta mentalidad, contó con una sonrisa Regina Lynch. La filosofía del fundador, el padre Werenfried van Straaten, era que lo primero es la oración, y lo demás vendría por la Providencia. «Simplemente, ofrecía ayuda, sin saber si íbamos a tener después o no el dinero. Y así seguimos trabajando hoy. Pero, en todos estos años, al final nunca hemos llegado a un punto en el que no pudiéramos hacer frente a una ayuda comprometida», constata.

 

(De Alfa y Omega, n 761 - jv. 24.11.2011)

 


 

Actualizado 20 noviembre 2011

¿Queremos que Éste reine sobre nosotros?  - de Religión en libertad - Blog de Ángel David Martín Rubio

 

 

Con la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo se cierra el Año Litúrgico en el que se han celebrado todos los misterios de la vida del Señor. Ahora se presenta a nuestra consideración a Cristo glorioso, Rey de toda la creación y de nuestras almas. Como creador, heredero y conquistador, Cristo es Rey; así lo confiesa Él mismo ante Pilato: “Tú lo dices: yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37).


Cristo es rey pero no sólo de cada uno en su vida personal, sino también en su vida social. Es el rey de los individuos, de las familias y de las naciones.
 

Sin embargo, en la mayoría de ellas no se le conoce y en otras está positivamente proscrito. Los hombres le han destronado: su imagen ha sido arrancada de los lugares públicos y se pretende arrancarla también de los corazones. “No queremos que éste reine sobre nosotros” (Lc 19, 14). Desde Adán hasta nuestros días, éste ha sido muchas veces el grito insensato de la humanidad que rehúsa someterse al yugo suavísimo de este rey renovando así el “non serviam - No serviré” de Satanás.


También nuestra Patria que durante siglos hizo del estandarte de la Cruz su propia bandera, se ha sumado en los últimos tiempos a esta rebeldía infame. Con independencia de formas políticas concretas, éste es el significado último del proceso histórico en que España vive en estos últimos años y que tiene su manifestación más expresiva en una Constitución que, como la actualmente vigente prescindió de toda referencia a Dios en el ordenamiento jurídico español y en la inspiración cristiana de la sociedad.


Con la iniciativa y colaboración de unos gobernantes que, además, infringían juramentos sagrados, y con la pasividad o complicidad de buena parte de nuestros compatriotas y de la inmensa mayoría de la jerarquía eclesiástica, se consagraba así en el orden institucional la famosa afirmación de Azaña en 1931: “España ha dejado de ser católica”.


Y como consecuencia de todos aquellos desvaríos vino poco después:


— El aborto, que reclama como un derecho de los adultos el poder disponer de la vida de los no-nacidos.


— El divorcio y otros ataques a la esencia del matrimonio y la familia que ha quedado así reducida a la más provisional de las aventuras.


— La agresión a deberes y derechos primordiales en el campo espiritual y educativo; como si pudiera reclamarse libertad ilimitada para difundir en la calle, desde la Televisión o incluso en las escuelas, toda clase de influjos inmorales, antirreligiosos y pornográficos.


— La llegada al poder o a los órganos de representación, de opciones políticas que pretenden construir la sociedad prescindiendo de Dios y privando así a la sociedad de las motivaciones superiores que son la única garantía de la dignidad de la persona y el único fundamento de los derechos y los deberes.


Qué contraste entre los cristianos de hoy y aquéllos que dieron su vida ante todo por una afirmación del Reinado social y eterno de Jesucristo, especialmente en la persecución religiosa de de 1931-1939. Muchos de ellos murieron gritando ¡Viva Cristo Rey! como su última jaculatoria. Proclamación, rubricada con su propia sangre, de la realeza y soberanía de Jesucristo sobre los individuos, las familias y las naciones. Ellos sabían que el hombre es portador de valores eternos, envoltura corporal de un alma que puede condenarse o salvarse y por eso, a la salvación de las almas, lo subordinaron todo.


Cristo rey de los mártires, Cristo reinando desde la Cruz. Ese es el modelo al que hemos de ajustar los cristianos. Cristo tiene que reinar y, para ello, hemos de someternos cada día con más perfección a su soberanía de Jesucristo, procurando personalmente que nuestra conducta se ajuste a los mandamientos de la Ley de Dios y, socialmente, debemos esforzarnos por reivindicar todos los derechos de Cristo y de su Iglesia en las leyes y en la vida pública y hacer todo lo que esté en nuestras manos para “asegurar la supremacía de ciertos valores morales que condicionan por voluntad de Dios el ejercicio de la soberanía, a los que todo sistema de participación debe subordinarse y a los que la autoridad social debe servir y tutelar por encima de las variables corrientes de opinión” (Mons. Guerra Campos).


Para hacer realidad nuestros deseos acudimos, una vez a Nuestra Señora la Inmaculada Virgen María. Que Ella apresure lo que pedimos cada día en el padre nuestro: «adveniat regnum tuumvenga a nosotros tu reino».


Que Cristo reine sobre nuestras almas, sobre nuestras familias, sobre nuestra Patria —en la que prometió reinar con más veneración que en otras partes— y sobre todos los hombres reunidos en su Santa Iglesia.

 


 

Nuevo tribunal para el reconocimiento de los mártires diocesanos en Segorbe-Castellón
miércoles, 16 de noviembre de 2011

 

El Obispo nombra un nuevo tribunal para agilizar el reconocimiento de los restos de los mártires diocesanos

 

El Obispo de Segorbe-Castellón ha nombrado un nuevo tribunal para agilizar el reconocimiento de los restos de los mártires diocesanos incluidos en la Causa de Canonización del Siervo de Dios Miguel Serra Sucarrats,  obispo, y compañeros.

 

Se trata de una lista de 214 personas, actualmente ya reconocidas como siervos de Dios, que murieron a causa de la fe durante la persecución religiosa de 1931-1939. De ellos, solo están reconocidos oficialmente y de manera canónica los restos de menos de una cuarta parte.

 

La tarea del nuevo tribunal consiste en reconocer oficialmente y de manera canónica las venerables reliquias, las cuales pueden recibir culto privado o particular hasta la beatificación, a partir de la cual podrán recibir culto público. Este reconocimiento forma parte del proceso canónico de la Causa que se está llevando en la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos en Roma.

 

La mayoría de los restos de estos mártires españoles del s. XX están localizados en los cementerios de cada población, tanto en fosas comunes como en nichos particulares. Sin embargo otros están en paradero desconocido desde su muerte. Los que ya han sido reconocidos oficialmente, se han trasladado a los respectivos templos parroquiales e incluso en la catedral de Segorbe. Entre esas poblaciones se cuentan  Artana y Albocácer.

 

Los miembros de este tribunal son Jesús Vilar Vilar, Delegado Diocesano para las Causas de los Santos, como Juez Delegado, José Ramón López Carot y José Gabriel Bettin Vallejo como notarios actuarios, y Ignasi del Villar Santaella como promotor de justicia. También  se ha nombrado al médico forense Gabriel Soler Roca Médico para las actuaciones concretas en este ámbito.

 


 
¡Qué dicha sería la de morir mártir!
 
Serán beatificados en Madrid 22 oblatos de entre 18 y 54 años

 

MADRID, martes 8 noviembre 2011 (ZENIT.org).- El próximo 17 de diciembre, serán beatificados en la catedral de la Almudena de Madrid veintidós religiosos oblatos fusilados en distintos momentos, entre julio y noviembre, a raíz de los acontecimientos políticos que vivió España en 1936, tras el fracaso del golpe militar y el estallido de una cruel y terrible guerra civil de tres años, con una persecución religiosa inédita por su barbarie.

 

Los veintidós religiosos pertenecían a la congregación de Misioneros Oblatos de María Inmaculada (OMI), que se habían establecido en el barrio de la Estación de Pozuelo de Alarcón, Madrid, en 1929. Ejercían su ministerio como capellanes en tres comunidades de religiosas y colaboraban en las parroquias del entorno.

 

Los jóvenes escolásticos (estudiantes) impartían catequesis en cuatro parroquias vecinas y la coral oblata solemnizaba las celebraciones litúrgicas. Esa actividad religiosa comenzó a inquietar a los comités revolucionarios del barrio de la Estación.

 

La comunidad religiosa de los Oblatos no se dejó intimidar. Extremó las medidas de prudencia, asumiendo el compromiso de no responder a ningún insulto provocador. Pero se mantuvo el programa de formación espiritual e intelectual, sin renunciar a las diversas actividades pastorales del programa de formación sacerdotal y misionera de los estudiantes.

 

El 20 de julio de 1936, hubo nuevos incendios de iglesias y conventos, sobre todo en Madrid. Los milicianos de Pozuelo asaltaron la capilla del barrio de la Estación, sacaron a la calle ornamentos e imágenes y los quemaron. Incendiaron luego la capilla y repitieron la escena en la parroquia.

 

El 22 de julio, milicianos armados asaltaron el convento y detuvieron a los 38 religiosos, vigilados y encañonados. Tras un registro de la casa en busca de armas, lo único que hallaron fueron cuadros religiosos, imágenes, crucifijos, rosarios y ornamentos sagrados. Desde los pisos superiores, todo fue arrojado por el hueco de la escalera a la planta baja para quemarlo en la calle.

 

El día 24, se producen las primeras ejecuciones. Sin interrogatorio ni juicio, sin defensa, llamaron a siete religiosos. Los primeros sentenciados fueron: Juan Antonio Pérez Mayo, sacerdote, profesor, 29 años; y los estudiantes Manuel Gutiérrez Martín, subdiácono, 23; Cecilio Vega Domínguez, subdiácono, 23; Juan Pedro Cotillo Fernández, 22; Pascual Aláez Medina, 19; Francisco Polvorinos Gómez, 26; Justo Gónzález Lorente, 21. Fueron introducidos en dos coches y llevados al martirio.

 

El resto de los religiosos permanecieron presos en el convento y dedicaban sus horas de espera a rezar y prepararse a bien morir.

 

Alguien, probablemente el alcalde de Pozuelo, comunicó a Madrid el riesgo que corrían los demás y ese mismo día 24 de julio llegó un camión de Guardias de Asalto con orden de llevar a los religiosos a la Dirección General de Seguridad. Al día siguiente, tras cumplir unos trámites, inesperadamente quedaron en libertad.

 

Buscaron refugio en casas particulares. El provincial se arriesgaba y desvivía por darles ánimo y llevarles la comunión. Pero en el mes de octubre, por orden de busca y captura, fueron detenidos y llevados a la cárcel.

 

Allí soportaron un lento martirio de hambre, frío, terror y amenazas. Hay testimonios de algunos supervivientes de cómo aceptaron con heroica paciencia esa difícil situación que les hacía prever la posibilidad del martirio. Reinaba entre ellos la caridad y el clima de oración silenciosa. En noviembre, llegaría el final de aquel calvario para la mayoría de ellos.

 

El día 7, fue fusilado el padre José Vega Riaño, sacerdote y formador, de 32 años, y el estudiante Serviliano Riaño Herrero, de 30. Éste, al ser llamado por los verdugos, pudo acercarse a la celda del padre M. Martín y pedirle la absolución sacramental por la mirilla.

 

Veinte días después, tocaría el turno a los otros trece. El procedimiento fue el mismo para todos. No hubo acusación, ni juicio, ni defensa. Sólo la proclamación de sus nombres a través de potentes altavoces: Francisco Esteban Lacal, superior provincial, 48 años; Vicente Blanco Guadilla, superior local, 54 años; Gregorio Escobal García, sacerdote recién ordenado, 24 años; y los hermanos escolásticos: Juan José Caballero Rodríguez, subdiácono, 24 años; Publio Rodríguez Moslares, 24 años; Justo Gil Pardo, 26 años; José Guerra Andrés, 22 años; Daniel Gómez Lucas, 20 años; Justo Fernández González,18 años; Clemente Rodríguez Tejerina, 18 años; y los hermanos coadjutores Ángel Francisco Bocos Hernández, 53 años; Marcelino Sánchez Fernández, 26 años y Eleuterio Pardo Villarroel, 21 años.

 

Se sabe que el 28 de noviembre de 1936 fueron sacados de la cárcel, conducidos a Paracuellos de Jarama y allí ejecutados. Un estudiante que iba en otro camión, atado codo con codo, con el padre Delfín Monje, y que fueron misteriosamente indultados cerca del lugar de la ejecución, dijo a su compañero: “Padre, me de la absolución general y usted rece el acto de contrición, que nos llega el fin. El padre, 18 años más tarde, se lamentaba: ¡Lastima no haber muerto entonces! ¡Nunca estaré tan bien preparado!”.

 

El neosacerdote Gregorio Escobar había escrito a su familia “Siempre me han conmovido hasta lo más hondo los relatos del martirio que siempre han existido en la Iglesia, y siempre al leerlos un secreto deseo me asalta de correr la misma suerte que ellos. Ese sería el mejor sacerdocio a que podríamos aspirar todos los cristianos: ofrecer cada cual a Dios su propio cuerpo y sangre en holocausto por la fe ¡Qué dicha sería la de morir mártir!”.

 

Consta en el proceso diocesano que todos murieron haciendo profesión de fe y perdonando a sus verdugos y que, a pesar de las torturas psicológicas durante el cruel cautiverio, ninguno apostató, ni decayó en la fe, ni se lamentó de haber abrazado la vocación religiosa.
 

En julio pasado, Benedicto XVI confirmaba la fecha de la beatificación y la Secretaría de Estado lo comunicaba al padre Louis Lougen, superior general, y al postulador general, padre Joaquín Martínez Vega. La celebración tendrá lugar en la catedral de la Almudena de Madrid el sábado 17 de diciembre.

 

Gregorio Escobar Barbarin, sobrino del joven sacerdote recién ordenado asesinado a los 24 años, que lleva su nombre, única familia que queda en Estella, Navarra, del mártir declaró este martes al Diario de Navarra: “Momentos como éste son la ocasión que tenemos todos de caminar hacia la reconciliación”.

 

Gregorio, que fue concejal socialista en el Ayuntamiento de Estella, entre 1999 y 2003, cree que es necesario aprender de la historia: “Gregorio y sus compañeros entregaron generosamente su vida en correspondencia con su fe. Sus jóvenes corazones tan sólo anhelaban ofrecer ayuda y consuelo a quien lo necesitase. Sin embargo, fueron llevados como ovejas al matadero en medio de un caos de odio y confusión”, declara Escobar Barbarin.

 

Por Nieves San Martín

 


Torneiros rinde homenaje al beato Manuel Fernández Ferro
P
ortada de Ourense 6.11.2011

Quinteiro Fiuza procedió a la bendición de una imagen del mártir ourensano, confeccionada en la Casa dos Rosarios de Braga

X.M. DEL CAÑO - OURENSE (farodevigo.es) La parroquia de San Miguel de Torneiros dedicó una misa a la "memoria e intercesión" del beato salesiano Manuel Fernández Ferro, natural de Paradiñas, uno de los 498 mártires españoles del siglo XX que fueron beatificados el día 28 de octubre de 2007 en la Plaza de San Pedro. La eucaristía fue concelebrada por Luis Quinteiro Fiuza y varios sacerdotes, entre los que se encontraba el párroco de San Esteban de Sandias, Manuel Fernández Vidal, sobrino del beato.
 

Durante la ceremonia se bendijo una imagen del beato, confeccionada en la Casa dos Rosarios de Braga, y una estampa en la que aparece su casa de nacimiento y una breve biografía. Finalizaron la jornada de homenaje con una comida familiar y fraternal en el restaurante Novaíño.
 

Entre los mártires beatificados en 2007, se encuentran nueve ourensanos: Victoriano Fernández Reinoso, de Campos-Santa María de Olás; Manuel Borrajo Míguez, de Rodicio-San Juan de Seoane; Pío Conde Conde, de Portela-San Esteban de Allariz; Antonio Cid Rodríguez, de Calsadoira-San Juan de Seoane; Francisco Míguez Fernández, de Santa María de Corbillón; Manuel Fernández Ferro, de Paradiñas-San Miguel de Torneiros; José Blanco Salgado, de Souto-San Bartolomé de Ganade; Manuel Formigo Giráldez, de Pazos, Hermos-Cenlle; y José López Piteira, de Camagüey. Este último es hijo de padres ourensanos. Una vez que regresaron a España, se establecieron en Partovia, donde permanecieron el resto de la vida.

 


 

Mártires de nuestro tiempo

La Iglesia no celebra la crueldad de las torturas, ni trae a la memoria la impiedad de los verdugos, y menos aún la ideología que sustenta ese odio. La Iglesia celebra el amor más grande que cada uno de sus hijos ha sido capaz de expresar.

jueves 03/11/2011

Monseñor Demetrio Fernández

Monseñor Demetrio Fernández - Obispo de Córdoba

 

El domingo 6 de noviembre la Iglesia católica celebra la memoria de los mártires de la persecución religiosa en España en la década de los años ´30. Se cumple en este año el 75 aniversario del cruento martirio de miles y miles de españoles que dieron su vida por Jesucristo, confesando abiertamente su fe y rubricándola con su sangre. No hay amor más grande. En torno a un millar ya han sido beatificados y varios miles de ellos están en proceso de ser declarados mártires de Cristo. La Iglesia sigue con cada uno de ellos un minucioso proceso de análisis de su muerte, de los motivos de su muerte y de cómo afrontaron ellos ese trance supremo.

Los mártires no son simplemente caídos de uno o de otro bando. Los mártires están por encima de esas banderías o partidismos. Los mártires no cayeron en el frente, en la línea de batalla, donde las balas se entrecruzan, sino que fueron buscados en sus casas, fueron arrestados y llevados a la cárcel y fueron ejecutados simplemente por ser cristianos, por ser curas o monjas, por ser de Acción Católica o de la Iglesia. Fueron ejecutados por odio de la fe. Esa rabia y ese odio contra Dios y contra la fe católica se convirtió en una ocasión de expresar un amor más grande, un amor que muere perdonando a los verdugos, un amor que muere cantando lo más bonito del corazón humano. Una vez más, el odio no es la última palabra. La última palabra es el amor, porque Dios es amor.

La Iglesia no celebra la crueldad de las torturas, ni trae a la memoria la impiedad de los verdugos, y menos aún la ideología que sustenta ese odio. La Iglesia celebra el amor más grande que cada uno de sus hijos ha sido capaz de expresar. “Ellos vencieron en virtud de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio que dieron y no amaron tanto su vida que temieran la muerte; por eso, estad alegres cielos y los que allí habitáis” (Ap 12,11). En cada uno de ellos se ha cumplido el contraste del odio de quienes les mataron con el amor que había en su corazón, y ha vencido el amor. La Iglesia celebra ese amor, que sólo puede habitar en el corazón humano como un regalo de Dios, que los ha fortalecido en el momento supremo.

En nuestra diócesis de Córdoba, en la Iglesia santa que camina en nuestra tierra, ha brotado ese amor con abundantes frutos. Nuestra diócesis es una diócesis de mártires, también en el siglo XX. Muchos de ellos ya han sido beatificados, ya han sido propuestos por la Iglesia como ejemplo de amor y de entrega. Baste recordar al beato Bartolomé Blanco, de Pozoblanco, patrono de la juventud católica de nuestra diócesis. Otros muchos (sacerdotes, religiosos/as y seglares) están en proceso de ser declarados un día mártires de Cristo. A todos los recordamos llenos de gratitud y de emoción. A los ya beatificados, con el culto solemne que la Iglesia tributa a sus santos. A los que están todavía en proceso, con el culto privado y la certeza contenida hasta que la Iglesia los declare mártires. A todos, los miramos con admiración y nos sentimos impulsados por su valentía y entrega a vivir cada uno de nosotros nuestra vida cristiana en esa estela de amor en la que han vivido tantísimos santos a lo largo de la historia.

Los santos son nuestros hermanos mayores, los que van delante de nosotros y nos ayudan a recorrer el camino de la vida. Ellos nos dicen que sólo el amor vencerá, el amor que disipa todo egoísmo, el amor que nos lleva a entregarnos y a gastar nuestra vida en el servicio de Dios y del prójimo, el amor que nos hará crecer hasta llegar a la plenitud de la santidad que Dios nos tiene preparada a la medida de Cristo. Los santos son los que han cambiado el rumbo de la historia. Los santos son los mejores hijos de la Iglesia y de la humanidad.

La memoria de nuestros mártires –tantísimos mártires de nuestro tiempo- es un nuevo estímulo para seguir a Jesucristo en nuestros días. También hoy encontramos dificultades internas y externas, también hoy topamos con el odio a la fe y el desprecio de Dios. Por eso, también hoy –y más que nunca- estamos llamados a vivir un amor que supera las fuerzas humanas y que nos viene de Dios como les vino a los mártires a quienes hoy recordamos.

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba.

 

 


 

Acotaciones a Dom Hilari Raguer : (1/2) .24.10.11

Es probable que el martirio de unos monjes cistercienses del año 1936, impugne el disparatado revisionismo de quienes servidores de la desmemoria nos convencerían, si se les dejara, de que el Frente Popular y la Segunda República fueron los grandes defensores de la Iglesia de España, de su clero, de su liturgia y de los Mandamientos.

Este preámbulo anuncia ya una grave afrenta a Dios que se está produciendo a través de supuestos servidores figurantes en el censo eclesial. Porque es gran insensatez deformar la Historia torciendo en ella la verdad de lo sucedido. Y como Dios es la Verdad, forma sinónima de llamarle, las tergiversaciones politizadas en el relato de un pasado, tan cercano todavía, resultan en horror para quienes las promueven, más aún si consagraron sus vidas a Dios; esto es, a la Verdad.

Ante lo común de esta realidad, independientemente de la buena intención o de la interesada convención, de poco valen los doctorados en un College de Oxford (Universidad fértil en políticos corruptos y espías para el KGB), o que fuéramos elegidos por un Presidente del Gobierno para complacerle en sus personales obsesiones.

Una fórmula antológica de disfrazar la historia es envolver en rosa los hechos del bando que nos agrada y, por ende, rebajar el mérito del contrario. Es muy común y de ciega justificación eliminar lo que parece dudoso, rebajar lo que fue indiscutible y descalificar lo que es cierto. ¿Qué verdad puede salir de este partidismo? Yo no soy historiador ni filósofo ni teólogo; por eso puedo pensar y deducir e investigar lo que por marca de fábrica no pueden hacer la mayoría de nuevos doctores. Y de esto me aprovecho.

Aproximadamente por el año 1957 visité el monasterio Viaceli, de Cóbreces. Por entonces la comunidad había impreso un librito en el que se describía el martirio sufrido por dieciocho de sus monjes, en el citado 1936.

No cometieron más delito, ni crimen de estado que abrazar libremente la regla de San Benito y San Bernardo. No hicieron más daño al pueblo que honrar su historia, custodiar su patrimonio artístico, entregarse a su fe, ser fieles a la Iglesia... Suficiente a todas luces para contarse pronto entre las comunidades que ya sufrían terrible persecución con el objetivo cierto de exterminar la fe cristiana de los españoles.

Por eso, para escarmiento se decidió eliminarles y, para cumplir aquello de "si los curas y frailes supieran la paliza que van a llevar...", se les condenó, seguramente por iniciativa de uno de sus matarifes, a ser tirados desde el Faro de Santander. De la altura y caída a plomo podemos hacernos idea por la fotografía incluida al final de este post.

Me dicen que el citado librito se agotó hace unos lustros y que ya no se ha vuelto a editar. Seguramente "para no remover heridas". Esa razón tan de moda que sólo conviene a quienes esconden delitos o para la insensible colonización de las conciencias. ¿No les parece raro que los que escribieron en 1947, tan cerca de los hechos, vengan a ser hoy corregidos...? ¿Es que 75 años después va a ser cuando mejor se sepan las cosas, dejando a los monjes de los años 40 como desinformados? ¿Acaso escribieron su relato con un guardicivil apuntándoles a la cabeza?

"Arrebatados por el huracán de su tiempo."

Esta figura literaria no tapa ni disculpa a los matarifes. Desde luego, el símil no es impropio. Aquella guerra fue realmente un huracan destructor... pero singularmente selectivo pues que su vórtice se deshacía como por ensalmo en la España rebelde. Los mismos que opinan con reticencia sobre las misas adulteradas esgrimen como tesoro catorce clérigos - no dieciséis - muertos violentamente, no por el huracán sino por la guerra en cuyo "wrong side" se involucraron. Y si la muerte nos iguala a todos ante el juicio de Dios, las cifras no se equiparan, desde luego que no. Los catorce clérigos no saldan la suma de miles - y miles y más miles - de curas, obispos, sacerdotes y religiosos regulares, seguidos de anónimos católicos, martirizados con saña y divertimiento.

Descuartizar monjas, jugar al fútbol con las calaveras desenterradas...

En Madrid católicos aterrorizados tuvieron que oir las misas dominicales en domicilios privados.

¡Qué lenitivo huracán al que echarle las pulgas!

Y de entre los herederos de la sangre de esos héroes, algunos sin azoramiento ni el mínimo rigor aprueban la anti-aritmética del empate: “Hubo tantos crímenes en un bando como en el otro.” ¿Se pueden comparar hombres que eligieron libremente entregar a Dios su vida, inclusive su fortuna, con cualquier otra elección civil o política ajena al traje talar? En estas comparaciones parece que el criterio de homogeneidad la dicte el odio a la fe, o una cainita repugnancia a subordinarnos a Dios.

El padre de un amigo vasco muy querido en nuestra casa, fue miembro, aquellos años, del Partido Nacionalista Vasco (PNV). Por su historial separatista, aunque sin sangre ni delitos, fue desplazado a Madrid. Destierro de pacífica actividad profesional bien remunerada que le conservó hasta la senectud más avanzada. Sus familiares, buena suma de hermanos más un ejército de sobrino-nietos, vivieron siempre en las provincias vascongadas, en particular Bilbao. En estos últimos años uno de los sobrinos quiso doctorarse en Historia y como tesis eligió los catorce - no dieciséis - sacerdotes “asesinados por los requetés”. Pasados dos años se nos ocurrió preguntar a nuestro amigo: “¿Terminó tu sobrino aquella tesis doctoral...?” Esta fue la respuesta: “¡Uf! Lo dejó... Se desinfló por dificultades en la compulsa de datos.”

Alquien me dice ahora que no está muy claro si los frailes matados lo fueron como se dijo, o de otra manera. ¿Dónde está el dato de la otra manera? No lo hay, pero se hace todo lo posible por encontrarlo. ¿Lo que se dijo en sus dias era mentira? ¿Cómo se prueba? Roma no suele pedir lo que en el tiempo de autos no fuera posible obtener... Por ejemplo, un acta o atestado. Documento de trámite que no se cumplía, yo lo sé, en el 90% de los casos. Hombre, ya comprendemos que la cosa mejoraría bastante para la imagen de los ejecutores si se demostrase que a los monjes se les mató de una indigestión de nécoras. Pero las actas de otros mártires, como los 498 recientemente beatificados, inclinan más la atención hacia la brutalidad.

Lo que me impresionó de lo que conocí, muchacho de 19 años, en mi visita de 1957 fue que aquellos frailes al encaminarse al lugar de su muerte iban cantando, tal vez salmos. Lo cual, por el espectáculo de su ejemplaridad, esto lo supongo yo, enfureció a "los agentes ejecutores" de tal modo que les cosieron los labios con alambres.

"Por culpa de mi nombre seréis odiados de todas las naciones." (Mc 13, 13)

Puede que repasemos más la Aritmética.

Pedro Rizo en www.periodistadigital.com


20/10/2011

El obispo preside mañana las celebraciones por
el 75 aniversario del martirio
del Beato Canuto Franco

 

 


 

 MARTIRION: NOTA DE LA POSTULACIÓ DE LA CAUSA DE CANONITZACIÓ DELS SACERDOTS GIRONINS MORTS EN LA PERSECUCIÓ RELIGIOSA DE 1936-1939

Detall de la capella de la catedral on figuren el nom deis preveres diocesans morts en la persecucló de 1936-1939

 "Martirion" és la paraula grega que signi­fica testimoni. Un mártir, en el llenguatge de l'Església, sempre ha significat "testi­moni d'una fe vigorosa i d'un amor incondicional a Jesucrist, per damunt de la pròpia vida". "[Els mártirs] són un signe eloqüent i grandiós que se'ns demana de contemplar i imitar, ja que mostren la vitalitat de l'Església...

 Demostren que el martiri és l'encarnació suprema de l'Evangeli i de l'esperança". En el Full Parroquial del 5 de desembre de 2010, aparegué una informació sobre l'obertura de la Causa de Declaració de Martiri dels sacerdots diocesans morts en la persecució de 1936-1939.

 D'aleshores ençà, la Comissió Histórica ha continuat la seva tasca d'investigació científica dels 198 sacerdots, presumptes mártirs.

 Ja es poden constituir una majoria de ressenyes biográfiques. El Tribunal Ne pereant, constituït per prendre declaracions a les persones en risc, per edat o malaltia, está actuant, desplaçant-se, si cal, al lloc de residència dels interessats. Està clar que no es pot iniciar una causa de beatificació si falta una fama de martiri. Les persones que tenen aquesta convicció respecte a aquests sacerdots -que són mártirs de la fe-, que viuen d'acord amb aquesta creença, que s'hi adrecen en la pregária, que els consideren intercessors o que creuen haverne obtingut algun favor, que coneixen testimonis próxims al fet històric de la seva mort, que en guarden records o en tenen dades referents a la mort, són pregats, per res­pecte a la veritat i a l'acció de la grácia, a manifestar-ho a la Causa de Canonització dels Sacerdots Mártirs del Bisbat de Girona.

 La Comissió Històrica agrairá tota comunicació referent a escrits publicats i manuscrits, que d'alguna manera es refereixin a la causa.

 S'ha de posar tota la diligència en la recollida de les proves. La Santa Seu només pot emetre un judici sobre unes dades presentades amb rigor cientific. Però també cal recordar que la manca de la fama de martiri no permet iniciar una causa de beatificació.

 (Causa de la canonització dels sacerdots gironins 1936-1939). Plaga del Vi, 2, 17002 Girona. Tel. 972 41 27 20.

Correu: caldasangel@yahoo.es. Tel. 972 23 74 23.

 Del full Diocesà de Girona 17-juliol-2011

 


 

Alfa y Omega, jueves, 15 de septiembre de 2011

Aniversario del martirio del Beato Florentino, obispo de Barbastro
¡Qué noche tan hermosa para mí!

Como tantos mártires de la persecución religiosa en España, el Beato Florentino Asensio, obispo de Barbastro, pasó su propia noche oscura que dio paso al amanecer más vivo, aquel del encuentro con Cristo, tras la muerte. La diócesis de Barbastro acaba de celebrar el 75 aniversario del dies natalis de sus mártires diocesanos

A los dos días de estallar la Guerra Civil, el 20 de julio de 1936, el obispo de Barbastro, monseñor Florentino Asensio, fue confinado en su propio domicilio, y el día 22 fue formalmente detenido y llevado al colegio de los padres Escolapios, habilitado en aquellos días como prisión del clero y religiosos, vestido con sotana episcopal y conducido por una cuadrilla, que en plena fiebre revolucionaria profería gritos y blasfemias. El día 31 de julio, el Beato Florentino comenzó una fervorosa novena al Sagrado Corazón, comulgando todos los días.

El día 8 de agosto, último de la novena, se preparó de una manera particular, como si presagiara todo lo que iba a pasar. Al atardecer del día 8 de agosto, seis y media de la tarde, se presentaron los miembros del comité revolucionario en el colegio de los padres Escolapios. «Venimos a tomar declaración al señor obispo», dijeron. Sin embargo, a las tres de la madrugada del día 9 de agosto de 1936, fue llevado al martirio, y no abrió su boca para quejarse, ni siquiera tras los ultrajes, vejaciones y mutilaciones que tuvo que padecer antes de morir.

En aquellas horas, salió de su corazón una expresión que enmarca el espíritu con el que afrontó el martirio: «¡Qué noche tan hermosa para mí, me lleváis a la casa de mi Dios y Señor, me lleváis al cielo!» Y cuando le insultaban y le empujaban camino de la muerte, exclamaba: «Esta misma noche yo estaré en los cielos, y pediré por vosotros». Su historia y los testimonios que ha dejado en Barbastro los ha recogido Jesús Rodríguez Vicente, en ¡Qué noche tan hermosa para mí!

La preparación al martirio

El Beato Florentino no improvisó el testimonio de perdón que ofreció en su martirio. Venía preparándose para la muerte por Cristo desde hacía meses. Al partir con rumbo a Barbastro, el 13 de marzo de 1936, despidiéndose de la comunidad del monasterio de Las Huelgas Reales, la abadesa le dijo: «¡En qué tiempo le toca ir a tierras tan lejanas»! Y don Florentino contestó: «¿Y qué? Todo se reduce a que me maten y vaya antes al cielo». Pocos días más tarde, el 16 de marzo, llegaba a Barbastro en medio de una gran contestación. Bajando del coche, dijo: «Ya estamos aquí.

Ecce ascendimus Hierosolymam (He aquí que subimos a Jerusalén)». Ante un clima cada vez más enturbiado, el 2 de julio, visitó el convento de las religiosas Capuchinas, a las que exhortó de esta manera: «¡Qué dicha si algún día llegamos a ser mártires! ¿Quién sabe si no lo seremos?» Y cuando varias personas de su confianza le invitaron a dejar la ciudad y ponerse a salvo, renunció con firmeza: «Yo no abandono la viña que el Señor me ha confiado. Quiero correr la misma suerte de mi diócesis».

Morían perdonando

El día 12 de agosto pasado, fiesta litúrgica del Beato Florentino Asensio, se celebró la clausura de este año de acción de gracias por los mártires diocesanos de Barbastro, con la celebración de la Eucaristía presidida por el cardenal arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, don Antonio María Rouco Varela, acompañado del obispo diocesano, monseñor Alfonso Millán. El cardenal Rouco Varela se refirió, en su homilía, a la vida de los mártires, comentando que el martirio es siempre un gesto de amor a Dios, de fe en Jesucristo y de esperanza en la vida eterna. «Los tiempos en los que vivieron los mártires no fueron fáciles –dijo el cardenal–, pero ellos fueron fieles a su fe y dieron su vida perdonando a todos».

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

13 obispos mártires

En total, fueron 13 los obispos mártires de la persecución religiosa de los años 30 en España. En estos meses, se conmemoran los 75 años del martirio de la mayoría de ellos, coincidiendo con el aniversario del comienzo de la Guerra Civil. Por ejemplo, la catedral de la Encarnación, de Almería, acogió la celebración de la Eucaristía que presidió el obispo, monseñor Adolfo González Montes, con motivo del 75 aniversario del martirio de los Siervos de Dios de la diócesis, durante la persecución religiosa de 1936-1939. Tras la Misa, los asistentes acompañaron al obispo hasta la efigie del Beato Diego Ventaja Milán, donde tuvo lugar un homenaje al que fuera obispo de la diócesis almeriense, asesinado a causa de su fe.


 
 

   Hace 75 años, por estas fechas   

 

El 75 aniversario del comienzo de la guerra civil española, evento terrible donde los haya habido, provoca en estos días recuerdos de todo tipo. No está de más recordar el calvario que tuvo que sufrir la Iglesia en aquellos meses de triste memoria...

 

 

A comienzos del 1936, concretamente el 7 de enero, quedaron disueltas las primeras Cortes ordinarias de la Segunda República y convocadas las elecciones generales que tuvieron lugar el 16 de febrero de 1936 y dieron la victoria al Frente Popular formado por republicanos, socialistas, comunistas, sindicalistas y el Partido Obrero de Unificación Marxista. De esta forma llegaron al poder algunos de los partidos más violentos y exaltados, creando una situación tan insostenible que los exponentes más moderados del ejecutivo fueron incapaces de controlar.

Comenzó desde el 16 de febrero de 1936 una serie de huelgas salvajes, alteraciones del orden público, incendios y provocaciones de todo tipo que llenaban las páginas de los periódicos y los diarios de sesiones de las Cortes. La complicidad de autoridades diversas en algunos de ellos fue a todas luces evidente. Recuerda Cárcel Ortí que incrementó sensiblemente desde aquella fecha la prensa anticlerical y facciosa, que incitaba a la violencia, como La Libertad; El Liberal y El Socialista. Según datos oficiales recogidos por el Ministerio de la Gobernación completados con otros procedentes de las curias diocesanas, durante los cinco meses de gobierno del Frente Popular, varios centenares de iglesias fueron incendiadas, saqueadas, atentadas o afectadas por diversos asaltos; algunas quedaron incautadas por las autoridades civiles y registradas ilegalmente por los ayuntamientos.

Varias decenas de sacerdotes fueron amenazados y obligados a salir de sus respectivas parroquias; otros fueron expulsados de forma violenta; varias casas rectorales fueron incendiadas y saqueadas y otras pasaron a manos de las autoridades locales; la misma suerte corrieron algunos centros católicos y numerosas comunidades religiosas; en algunos pueblos de diversas provincias no dejaron celebrar el culto, prohibiendo el toque de campanas, la procesión con el Viático y otras manifestaciones religiosas; también fueron profanados algunos cementerios y sepulturas como la del obispo de Teruel, Antonio Ibáñez Galiano, enterrado en la iglesia de las Franciscanas Concepcionistas de Yecla (Murcia) y los cadáveres de las religiosas del mismo convento. Frecuentes fueron los robos del Santísimo Sacramento y la destrucción de las Formas Sagradas.

Los atentados personales afectaron a varios sacerdotes, pues además de los muertos, que fueron 17, otros sufrieron encarcelamientos, golpes o heridas. Pero a pesar de todas estas amenazas, la mayoría de los sacerdotes permanecieron fieles en sus ministerios con el consiguiente riesgo, mientras que los religiosos fueron expulsados de todos los centros oficiales. En muchas poblaciones los desmanes se cometieron con el consentimiento de las autoridades locales y en otras éstas impidieron la defensa de los católicos. En todas partes quedaron impunes los malhechores. Se creó, pues, un clima de terror en el que la Iglesia era el objetivo fundamental... Todas las acciones revolucionarias fueron hábilmente desarrolladas por grupos extremistas de izquierda: los anarquistas con su sindicato, la F.A.I; los socialistas más radicales de Largo Caballero, conocido como el Lenin español, y los comunistas con ideología y métodos estalinistas. Y todo este explosivo conjunto, incitado por la fobia anticlerical y anticristiana de 1a masonería.

El 16 de junio de 1936, ante las Cortes, Gil Robles puso de manifiesto el estado de subversión en que se vivía en España:

Habéis ejercido el poder con arbitrariedad y total ineficacia. Los datos estadísticos lo prueban: desde el 16 de febrero hasta el 15 de junio último un resumen numérico arroja los siguientes datos: iglesias totalmente destruidas, 160; asaltos de templos, incendios sofocados, destrozos e intentos de asalto, 251; muertos, 269; heridos de diferente gravedad, 1.287; agresiones personales frustradas o cuyas consecuencias no constan, 215; atracos consumados, 138; tentativas de atracos, 23; centros políticos y particulares destrozados, 69; idem asaltados, 312; huelgas generales, 113; huelgas parciales, 228; periódicos totalmente destruidos, 10; asaltos a periódicos e intentos de asaltos y destrozos, 33; bombas y petardos que estallan, 146; recogidos sin estallar, 78

Un mes más tarde, dos días después del asesinato del diputado monárquico José Calvo Sotelo, en la sesión de la Diputación Permanente de las Cortes, el mismo Gil Robles completó la precedente estadística con los datos referentes al mes transcurrido:

Desde el 16 de junio al 13 de julio inclusive se han cometido en España los siguientes actos de violencia: Incendios de iglesias, 10; atropellos y expulsiones de párrocos, 9; robos y confiscaciones, 11; derribos de cruces, 5; muertos, 61; heridos de diferente gravedad, 224; atracos consumados, 17; asaltos e invasiones de fincas, 32; incautaciones y robos, 16; centros asaltados e incendiados, 10; huelgas generales, 15; huelgas parciales, 129; bombas, 74; petardos, 58; botellas de líquidos inflamables lanzadas contra personas o cosas, 7; incendios, no comprendidos los de iglesias, 19. Esto en veintisiete días. Ni el derecho a la vida, ni la libertad de asociación, ni la libertad de sindicación, ni la libertad de trabajo, ni la inviolabilidad del domicilio han tenido la menor garantía con esta ley excepcional que por el contrario, se ha convertido en elemento de persecución contra todos aquellos que no tienen las mismas ideas que los componentes del Frente Popular.
Todos los días, por parte de los grupos de la mayoría, por parte de los periódicos inspirados por vosotros, hay la excitación, la amenaza, la conminación para aplastar al adversario, a realizar con él una política de exterminio. A diario la estáis practicando: muertos, heridos, atropellos, coacciones, multas, violencias... Este período vuestro será el período máximo de vergüenza de un régimen, de un sistema y de una nación
”.

El diario vaticano L'Osservatore Romano escribió el 26 de julio de aquel año, refiriéndose a la “Genesi della tragedia spagnola”, esta bien certera observación:

La prima causa della rivoluzione.- La rivoluzione non incomincia il 18 luglio con la sollevazione della Legione straniera nel Marocco. Incomincia molto prima: il 16 febbraio, con 1'andata al governo del Fronte popolare il quale, malgrado la maggioranza elettorale delle destre, ottiene tutto il potere in virtú di una legge elettorale che é considerata dalle altre correnti partigiana. Dal 16 febbraio al 18 giugno la Spagna é in stato di rivoluzione; la rivoluzione permanente, che le sinistre non frenano.
Calvo Sotelo ha pagato con la vita le sue denuncie e le sue statistiche rivoluzionarie. In cinque mesi si ebbero, secondo i dati piú ottimistici, 334 morti, 1517 feriti, 196 chiese distrutte, 185 attentati, 78 distruzioni di edifici pubblici e privati, 10 incendi di redazioni di giornali, 192 scioperi generali, 320 scioperi parziali. Le chiese, la proprietá, il lavoro, la stampa, la vita, tutto é stato minacciato, offeso,calpestato. Il nuovo calvario della Spagna é incominciato il 16 febbraio La Spagna -scrive il Journal des Débats- raccoglie il frutto della politica distruggitrice che 1'ha immolata all'anarchia rivoluzionaria. Quando si abbattono i principi basilari della societá e la si abbandona ai demolitori, si inaugura il regno di tute le violenze

Explica Monseñor Montero en su extensa y muy documentada “Historia de la persecución religiosa en España”, que en los meses de julio y agosto de 1936 se alcanzó la cifra más elevada de asesinatos de toda la persecución y él, en 1960, ofreció los datos a su disposición. Aunque no son totalmente exactos, sin embargo, revelan la magnitud de los asesinatos: de los 6.832 eclesiásticos muertos, 4.184 pertenecen al clero secular, incluidos 12 obispos y 1 administrador apostólico; y los seminaristas; 2.365 son religiosos y 283 religiosas. No es posible ofrecer ni siquiera cifras aproximadas del número de seglares católicos asesinados por motivos religiosos, porque no existen estadísticas fiables, pero se cree que fueron varios millares.Entre todas las Congregaciones Religiosas obtuvo la palma por el mayor número de sus Mártires, la más joven Congregación Religiosa, la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (Misioneros Claretianos) que en julio de 1936 acababa de cumplir los 87 años de su Fundación. El total de mártires claretianos asesinados, según Montero, son 259, y según las estadísticas de la Congregación, 270.

Iribarren, que hizo un minucioso estudio sobre la cronología de la persecución, afirma que durante los últimos días del mes de julio el número de víctimas del clero ascendió a 861 y sólo el día de Santiago, patrón de España, 25 de julio, fueron martirizados 93 miembros del clero secular. En agosto se alcanzó la cifra más elevada, con un total de 2077 asesinatos que corresponden a una media de 70 al día, entre los cuales hay que incluir a diez obispos. El 14 de septiembre cuando Pio XI dirigió unas palabras de aliento a varios peregrinos españoles, no se habían cumplido todavía dos meses desde el comienzo de la revolución y las víctimas de la persecución religiosa se aproximaban a las 3.400.

Durante el otoño prosiguieron las matanzas, aunque en número inferior y desde comienzos de 1937 decrecieron sensiblemente de forma que el 1 de julio de 1937 cuando los obispos publicaron la célebre Pastoral Colectiva sobre la guerra, el clero asesinado alcanzaba ya la cifra de 6.500. Por ello termina Iribarren su minucioso análisis con dos importantes conclusiones: Primera, 6.500 mártires no en tres años sino en menos de uno; y segunda, la influencia que el eco mundial de la pastoral debió de tener en que después de ella y hasta el final de la guerra civil, veintiún meses más tarde, ya no fueron sacrificadas sino 332 víctimas más, la mayor parte de ellas el mismo año 1937.


 

Catorce nuevos mártires españoles de 1936

lunes, 27 de junio de 2011

El obispo de Lérida, Salvio Huix, y trece religiosas de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Para sus beatificaciones tan solo falta la aprobación papal de sus fechas y lugares.  

Con fecha 27 de junio, el Papa Benedicto XVI ha recibido al cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, y ha autorizado varios decretos de este dicasterio. Entre ellos, dos relativos a mártires españoles de 1936.

El primero corresponde al martirio del siervo de Dios di Dio Salvio Huix Miralpeix, Obispo de Lleida; nacido en Santa Margarita de Vellors (España) el 22  de diciembre de 1877 e asesinado por odio a la fe en Lleida  el 5 de agosto de 1936.

 El segundo corresponde al martirio de la sierva de Dios Josefina Martínez Pérez, Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl, y doce compañeras asesinadas por odio a la fe en diversos lugares dentro de los confines de la archidiócesis de Valencia entre los días 19 de agosto y 9 de diciembre de 1936.

 


 

La persecución en occidente,
entrevista al Cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos.

Entrevista Evaristo de Vicente - Intereconomía, 6.6.2011 (extracto)

En contra de lo que usted acaba de decir, y usted que tiene una visión estando en Roma de todo el mundo ¿Realmente el laicismo, el paganismo o incluso las agresiones o persecuciones a los cristiano de todo el mundo son realmente preocupantes? ¿Qué valoración le merece esta situación del mundo actual?
Verá, debo decir que la persecución de la Iglesia es una realidad constante en este siglo. Lo de hoy no es una excepción. Hoy hay dos tipos de persecución. Aquellas propiamente dichas, como sucede en los países no cristianos, como por ejemplo en la India, o también en países musulmanes, en algunos hay una verdadera persecución: no se puede rezar, no se puede leer la Biblia, no se puede ser cristiano en la práctica e icnluso muchas veces se producen asesinatos, como el asesinato del Ministro Bahtti.
Pero hay otras persecuciones ideológicas, más sutiles, como en Europa, que arranca las raíces cristianas de Europa. Que le da vergüenza de ser cristiana.

Realmente ésta es una persecución mucho más seria; pero los cristianos no debemos, ¿cómo diría yo? No deben preocuparse; no deben responder con el odio, con el enfado, nosotros como dice Jesús en el Evangelio, nosotros debemos responder con el bien, con el testimonio de la bondad. “os perseguirán pero vosotros responderéis con la caridad y con la oración por los enemigos. Por tanto, el cristiano está llamado hoy a seguir el Evangelio, las bienaventuranzas, las bienaventuranzas de la paz, de la amistad, de la misericordia, del perdón.
 

Sí ciertamente hay persecución contra la iglesia , anticristiana, pero también es cierto que hay muchos cristianos que son ejemplo de virtud, ejemplo de buen gobierno, ejemplo de buen padre de familia, de buena madre de familia que son los verdaderos constructores de la paz y de la verdadera civilización de nuestro país. Yo tengo gran esperanza en la gracia del Señor, de que la gracia del Señor4 cambiará el corazón y la mente. La cabeza de pensar cosas justas, y los corazones para hacer cosas justas. Y sobre todo que cambie las personas, que las convierta al bien porque nuestro último fin es esta tierra y también en el paraíso es estar en el Amor, en el amor de Dios en la tierra y en el amor en el cielo. Mañana celebramos la Ascensión, Jesús, que te invita a mirar hacia arriba, y nos dice, yo estoy siempre con vosotros, por tanto no desanimarse, continuar rezando y haciendo cosas buenas.


 

El nuevo giro a la izquierda...

Es el nuevo giro a la izquierda que anunciaba el descalabrado PSOE: los mercados pueden respirar tranquilos, la cosa no va con ellos. Se trata de erradicar definitivamente de España, y por todos los medios, el nacionalcatolicismo.

Por si cabían dudas, va a crearse una Comisión de expertos que estudiará la transformación del Valle de los Caídos en un lugar de reconciliación, anuncia el ministro de la Presidencia, según recoge la Agencia Efe. De nada sirve que los monjes benedictinos recuerden machaconamente que la reconciliación de todos los españoles es precisamente el objetivo fundacional del Valle, como de nada sirven tampoco los éxitos pedagógicos que esgrime –en particular, a favor de la mujer– la enseñanza diferenciada.

Estas contradicciones están en los mismos genes de las ideologías secularistas. Recordaba, el martes, en La Razón, el catedrático de la UNED don Emilio López Barajas que el primer genocidio de la modernidad se produjo durante la Revolución Francesa, en nombre de la necesidad de poner freno al clero y sus privilegios. Mas lo que sucedió en La Vendée fue que, frente al totalitarismo estatal, se levantaron miles de campesinos, «que se resistían al protagonismo excesivo del Estado», y a la pretensión de que «la presencia social del cristianismo fuera desterrada de sus pueblos. Y quizá lo más lamentable fue que esta masacre se llevó cínicamente a cabo bajo la bandera de la tolerancia». De la igualdad de trato y la no discriminación. Alfa y Omega nº 740, jv. 2.6.2011


 

Libros
Alfa y Omega nº 739 – jueves 26.05.2011

 

A quienes conocemos a Vicente Cárcel Ortí nos extrañaba un cierto silencio prolongado más de la cuenta. ¿Qué estará preparando?, nos preguntábamos.

Y he aquí que nos sale de repente con estos dos tomos: La Segunda República y la Guerra Civil en el Archivo Secreto Vaticano. Documentos del año 1931, en la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC). Tiene el lector en sus manos esta obra monumental que intenta esclarecer, a partir de los documentos del Archivo Secreto Vaticano, nada menos que la actividad de la Santa Sede durante la Segunda República y la Guerra Civil española. Va a ser difícil encontrar documentación más fiable y exhaustiva que la que ofrece este libro.

 Nadie que se considere bien informado, sea intelectual o no, sea político o no, podrá alegar ignorancia en sus juicios sobre aquellos años y sus  consecuencias para la vida española. Los documentos demuestran que, durante un lustro, los partidos políticos más extremistas por la derecha y por la izquierda, contrarios a la legalidad constitucional, fueron creando un insoportable clima prebélico que llevó, inevitablemente, a la confrontación armada.

 Son las páginas más sombrías de nuestra reciente historia, cuya memoria los zapateros de turno tanto se empeñan en volver a resucitar. Recordar,

como hace el gran historiador que es Vicente Cárcel, documentándolos con textos de la época y prescindiendo de interpretaciones ideológicas, es el mayor servicio que un español inteligente de hoy puede prestar a los demás españoles. En la presentación de la obra, el autor afirma:

«Pretendo contribuir a crear un clima de serenidad muy necesario tanto para el investigador como para el historiador». No puede ser más de agradecer.


Juan Pablo II y los mártires españoles

Con motivo de la beatificación de Juan Pablo II, se han recordado sus Viajes apostólicos, sus encíclicas, su amor a la Virgen, su interés por la familia y los jóvenes… Pero casi no se ha destacado su interés por las persecuciones religiosas en España durante los años treinta del siglo pasado. En algunos ambientes, no se veían bien los procesos de beatificación de aquellos eclesiásticos, religiosos y laicos martirizados por el odio a la Iglesia y a la fe, para no crear enfrentamientos entre españoles, aunque hubo Papas que los consideraban mártires.

Juan Pablo II también los consideraba así, y decía que constituían un ejemplo para las nuevas generaciones.

Las primeras beatificadas por ser mártires por odio a la religión fueron unas carmelitas descalzas de clausura, en Guadalajara, que no tenían ninguna actividad política y fueron perseguidas a tiros por las calles hasta morir. Siguieron las beatificaciones de los Hermanos de la Salle, que enseñaban a los mineros asturianos de Turón, sin actividades políticas, y que fueron martirizados de madrugada, en el cementerio de ese pueblo, sin juicio previo. Estos mártires de Turón fueron los primero canonizados por Juan Pablo II, entre tantos Beatos como ha reconocido la Iglesia por la persecución religiosa en España.

Juan Manuel Sánchez  Gijón (Alfa y Omega nº 739 - jueves 26.05.2011)


"El beato Ceferino es gloria de un pueblo maltratado por la historia"
75 aniversario del martirio de "El Pelé" y 150 de su nacimiento

MADRID, martes 10 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- La comunidad romaní católica de todo el mundo celebró al beato Ceferino Jiménez Malla --conocido popularmente como "El Pelé"- con la VII Peregrinación Internacional del Pueblo Gitano, en el 75 aniversario de su martirio en 1936, en defensa de la fe. Este año se cumplen también los 150 años de su nacimiento.

"El beato Ceferino es una gloria de la Iglesia y para la etnia gitana", destacó monseñor Ciriaco Benavente, obispo de Albacete y presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones. Monseñor Benavente presidió los actos celebrados el domingo 8 de mayo, durante la VII Peregrinación Internacional del Pueblo Gitano.

La fecha coincidió con el 75 aniversario del martirio del beato Ceferino y el 150 de su nacimiento en Benavent de Sagriá, Lérida, aunque la mayor parte de su vida la pasó en Barbastro, Huesca.

El prelado destacó "el aumento de la devoción al beato en todo el mundo", y en su homilía subrayó "los valores del primer gitano beatificado por Juan Pablo II, que encontró a Dios de mercado en mercado, y fue un servidor de la Iglesia en la Adoración Nocturna, en las Conferencias de San Vicente y como terciario franciscano".

"Ha sido gloria de un pueblo maltratado por la historia, sobre el que han recaído tantos estereotipos. El beato ha surgido de este pueblo y nos llena de alegría y de orgullo", añadió el prelado.

"Nos ha robado el corazón porque dio muestras de solidaridad con todos sus hermanos", señaló. Recordó el interés del beato Juan Pablo II por que se llevara a cabo "con urgencia" la primera beatificación de un miembro de la comunidad gitana en la historia.

El obispo se refirió también a la diócesis de Barbastro-Monzón como "una tierra bella y santa, regada por la sangre de los mártires de quienes se celebra el 75 aniversario".

Elena Jiménez, bisnieta del beato Ceferino, recordó a su admirado familiar con emoción: "Venimos cada año porque el tío Pelé es nuestro guía. Lo más grande para una familia religiosa y un referente en el mundo entero. Si lo santifican será una gran fiesta".

Jesús y Bartolo Jiménez, sobrinos-nietos del beato, residentes en Barbastro, comentaron: "Era una bendición de Dios, desde que tuvo uso de razón solo usó la palabra del Padre al que invocó siempre, trabajó y fue un protector de todos. Estuvimos en Roma y vivimos estos actos con toda la ilusión".

Israel Cortés, hijo de "El Bomba" que fue gran amigo del beato Ceferino, cantó una saeta dedicada "al mártir del rosario".

Por primera vez --informó la prensa local- asistieron a esta fiesta Jesús Jiménez y su hijo José Luis, de ocho años, "para rezar al beato en su capilla porque, gracias a su intercesión, se curó mi hijo de una enfermedad en el hígado que no tenía salvación, según los oncólogos que le atendieron en el hospital Valle de Hebrón".

Recordó que fue en abril de 2005 cuando viajó hasta Barbastro para invocar a "El Pelé". ""Cada año venimos con la familia y es la primera vez [que estamos] en esta fiesta".

En el transcurso de la jornada, se rezó en el cementerio de Barbastro, ante el sepulcro del beato, hubo procesión desde la casa donde vivieron "El Pelé" y su familia hasta la iglesia de San Francisco, donde el obispo Ciriaco Benavente presidió la eucaristía con diez sacerdotes españoles, franceses e italianos, entre ellos el párroco José María Garanto quien agradeció la asistencia del obispo y de los fieles que asistieron.

Durante la misa solemne, se bendijo el relicario con el rosario del beato Ceferino. La Coral Barbastrense interpretó varias piezas de polifonía popular y al mediodía se compartió una fiesta de convivencia en la plaza de San Antonio.

La diócesis de Barbastro-Monzón está celebrando un año de gracia, en el 75 aniversario de sus mártires, que culminará el día 12 de agosto.

La parroquia de San Francisco de Asís, desde el 4 de mayo de l997 --fecha de la beatificación de los beatros Ceferino y Florentino, obispo--, no ha escatimado esfuerzos para que sea conocido a nivel mundial el gran testimonio de fe de este gitano entrañable para gitanos y payos y ofrecer incondicionalmente la parroquia como lugar de oración y centro de peregrinaciones para todos sus devotos que le encomiendan sus preocupaciones y necesidades.

La fiesta litúrgica del beato fue señalada para el 4 de mayo. Al año siguiente, la parroquia le dedicó una de las capillas, con una imagen del gran escultor Juan de Ávalos, gran devoto del beato Ceferino y de san Francisco de Asís.

Desde entonces, se organizan peregrinaciones internacionales presididas por los obispos diocesanos y por otros prelados españoles, el último fin de semana del mes de abril. Este año, excepcionalmente, se ha hecho en mayo por las efemérides señaladas.

En Córdoba, la Pastoral Gitana de la diócesis celebró el día 7 de mayo, la fiesta en honor al beato Ceferino con una Misa gitana, en la parroquia del Inmaculado Corazón de María de Miralbaida.

La fiesta en honor al beato Ceferino se celebró en el sábado más próximo a su conmemoración. Muchos fieles asistieron a la Misa gitana que estuvo presidida por el párroco José Ángel Ayala, y concelebrada por el sacerdote Sergio Asenjo, párroco de Santa Luisa de Marillac, en la barriada del Guadalquivir.

Pepe Vacas, director del Secretariado de Pastoral Gitana recordó a la asamblea el momento en que Juan Pablo II beatificó a Ceferino en 1997, y reconoció sus “cualidades fuera de lo común”.

Un hombre que según afirmó en aquella ocasión el beato pontífice: “Muestra con su vida cómo Cristo está presente en los diversos pueblos y razas y que todos están llamados a la santidad”.

José Ángel Ayala señaló en su homilía que, al igual que en el Evangelio Jesucristo se aparece a los discípulos de Emaús, Él quiere tener también un encuentro con las personas a través de “la palabra, la comunión o el hermano que nos necesita”.

Y ésta fue la experiencia del beato Ceferino, que fue un hombre piadoso, muy devoto de la Eucaristía y de la Virgen, y que acogió a los más pobres.

La fiesta finalizó con un tradicional potaje gitano.  
 


 

Barbastro celebra el 75º de sus mártires con la presencia del cardenal Rouco

El Cardenal Arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, Antonio María Rouco Varela, visitará el 12 de agosto la diócesis altoaragonesa para presidir en la Catedral de Barbastro el acto central conmemorativo del 75 aniversario de los mártires de Barbastro, que coincide con la fiesta litúrgica del obispo mártir Florentino Asensio. El Obispo de Barbastro-Monzón, Alfonso Milián, considera que la visita de Rouco Varela significa reconocer “el testimonio martirial de la diócesis”.

El Secretario de la Conferencia Episcopal Española, Juan Antonio Martínez Camino, acompañó al obispo de la diócesis Barbastro-Monzón, Alfonso Milián, el 16 de octubre del año pasado, en el inicio de los actos del 75 aniversario de los mártires de Barbastro que tuvo lugar en la Catedral de Barbastro. Martínez Camino recibió la reliquia del obispo mártir de Barbastro-Monzón, el Beato Florentino Asensio, para depositarla en la capilla de la Conferencia Episcopal Española.

Martínez Camino destacó que Barbastro es la diócesis que proporcionalmente más número de sacerdotes entregaron la vida por Jesucristo. Para Juan Antonio Martínez Camino el obispo mártir de Barbastro, el Beato Florentino Asensio representa muy bien a todos los mártires de España del Siglo XX.

La reliquia del obispo mártir de Barbastro, el Beato Florentino Asensio, representa a la Iglesia mártir de España. Como los obispos son en la Iglesia los sucesores de los Apóstoles, con ese número de doce obispos se quiere recordar a los doce Apóstoles de Jesús. A un lado del Sagrario se han colocado las reliquias de seis obispos españoles, santos pertenecientes al primer milenio de la historia de la Iglesia, y al otro lado, las de otros seis obispos, santos del segundo milenio.

 


  Peregrinación Internacional del pueblo gitano en mayo

J. M. GARANTO. La Diócesis de Barbastro-Monzón está celebrando un año de gracia en el 75 aniversario de sus mártires, que culminará el día 12 de agosto. La Parroquia de San Francisco de Asís, desde el día 4 de mayo de l997, fecha de la beatificación de los beatos Ceferino El Pelé y Florentino, Obispo, proclamada por el Papa Juan Pablo II, no ha escatimado esfuerzos para que sea conocido a nivel mundial el gran testimonio de fe de este gitano entrañable para gitanos y payos y ofrecer incondicionalmente la Parroquia como lugar de oración y centro de peregrinaciones para todos sus devotos que le encomiendan sus preocupaciones y necesidades.


 

La fiesta litúrgica del Beato, fue señalada para el 4 de mayo. Al año siguiente la Parroquia le dedicaba una de las capillas más representativa con una imagen obra de Juan de Ávalos, uno de los más distinguidos escultores españoles del siglo XX y gran devoto del Beato y de Francisco de Asís.


Desde entonces se han venido organizando peregrinaciones internacionales presididas por los obispos diocesanos y por otros prelados españoles, como el Cardenal de Sevilla, Carlos Amigo, y el Obispo de Tarbes–Lourdes, el último fin de semana del mes de abril.


Este año y, solamente para este 2011, hemos fijado la Peregrinación para los días 6, 7 y 8 de mayo. Esperamos que sea especialmente numerosa ya que celebraremos dos efemérides importantes referidas a nuestro querido, admirado y rezado Beato Ceferino El Pelé: el 150 aniversario de su nacimiento y el 75 aniversario de su martirio.


La Eucaristía del domingo día 8 la presidirá  Mons. Ciriaco Benavente, Obispo de Albacete y animador incombustible de nuestro trabajo pastoral con el pueblo gitano, al que agradecemos el honor que nos hace acompañándonos y presidiendo la peregrinación.

Para participar, podéis poneros en contacto con la Parroquia, en los teléfonos 974 310 231 y 637 403 191. Os esperamos a los miembros de las delegaciones de Pastoral Gitana y a todos los gitanos y payos que queráis celebrar y rezar a este Beato ya de proyección internacional.

 


 

La última Semana Santa de nuestros mártires 8 de julio de 1936   

Faltan diez días para que estalle la Guerra Civil española. En el edificio de las Cortes, don Jesús Requejo San Román, tras solicitar la venia al Señor Presidente, don Diego Martínez Barrio (Diario de las sesiones de Cortes, nº 58, página 1.978), comienza su intervención:

«Se limita este ruego que voy a formular al ejercicio del culto católico. No traigo yo esta noche, señores diputados, aires de fronda; ni vengo aquí a acusar a nadie, pues un corazón cristiano no debe latir sino a impulsos del perdón, y del perdón para el enemigo precisamente, que es el amor en su tensión máxima. Lo que yo traigo es un problema de libertad en su función más excelsa, en su expresión más elevada: la libertad en sus relaciones con la Divinidad, la misma libertad en el ejercicio más sagrado de los derechos: el del culto debido a nuestro Dios y Creador».

Luego, después de citar una batería de ejemplos («En Maqueda, el párroco tiene que ausentarse porque es objeto de graves amenazas; las llaves de la iglesia quedaron en poder del Juez municipal. Otro tanto ha sucedido en Carmena, en Carpio de Tajo, Gerindote, en Castilblanco, Sevilleja de la Jara…»), terminó mostrando una fotografía de una pared exterior de la iglesia de Santo Tomé, en la ciudad de Toledo, y del Cristo que desde hace más de dos siglos cuelga en la calle: «En sus sagrados pies –dice– cuelgan carteles del Frente Popular. No quiero torturar más vuestra atención, pero sí quiero preguntar: ¿a dónde vamos a parar? ¿Puede esto continuar ni un día más? ¿Es posible que haya quién no se dé cuenta de que, con esos atentados, con esos atropellos y, sobre todo, con esas profanaciones y sacrilegios se está acelerando el proceso de disolución de la sociedad española?»

«¿Es mucho –terminará diciendo don Jesús– que yo acuda a pedir que se respete a los españoles el ejercicio de sus derechos y también deberes de conciencia?» El señor Requejo, defendiendo públicamente a la Iglesia, pone en tela de juicio las dificultades que, tres meses antes, los católicos habían sufrido sobre todo en los días de la Semana Santa. En buena parte de España, esos días, que fueron lluviosos, se vivieron con temor, por parte de las Hermandades y con la común estrategia de ocultar sus imágenes; temores que, por desgracia, se confirmaron posteriormente con la destrucción de iglesias, imágenes y
enseres de muchas cofradías.

A finales del mes de julio, el señor Requejo fue encarcelado junto a su hijo Antonio; su condición de diputado que le debía proporcionar inmunidad parlamentaria no le sirvió de nada. Sus enfrentamientos con Dolores Ibárruri, la famosa Pasionaria, por defender a la Iglesia, le señalaban como víctima escogida. El 17 de agosto, padre e hijo fueron fusilados en El Congosto, junto al río Algodor, en el término de Los Yébenes (Toledo).


Jorge López Teulón - Alfa y Omega 734 - Jueves 21.04.2011


Beatificación de 22 sacerdotes Misioneros Oblatos de María Inmaculada

3 Abril 11 - J. Cadarso

MADRID- Benedicto XVI aprobó ayer el decreto de beatificación de 22 sacerdotes de la Congregación de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada de Pozuelo de Alarcón, y de un exconcejal de esa misma localidad madrileña.

Los Misioneros Oblatos se habían establecido en el barrio de la Estación de Pozuelo en 1929. Ejercían su ministerio, en calidad de capellanes, en tres comunidades de religiosas. Colaboraban pastoralmente también en las parroquias del entorno, administrando sacramentos y con predicaciones y catequesis. Resultaba irritante y provocador para los  marxistas que los religiosos fueran por la calle en sotana y con su cruz muy visible a la cintura.

Por lo que los religiosos extremaron las medidas de prudencia y serenidad, tomando el compromiso de no responder a ningún insulto provocador. Y, por supuesto, ningún religioso se mezcló con actividades políticas ni siquiera de forma ocasional.

El 22 de julio de 1936 un nutrido contingente de milicianos republicanos, armados con escopetas y pistolas, asaltaba el convento. Acto seguido procedieron al registro minucioso de la casa en busca de armas. Lo único que hallaron fueron cuadros religiosos, imágenes, crucifijos, rosarios y ornamentos sagrados. Desde los pisos superiores, todo eso fue arrojado por el hueco de la escalera a la planta baja para destruirlo con el fuego en medio de la calle. Los Oblatos fueron hechos prisioneros en su propia casa, concentrándolos en el comedor, en el convento también se encontraba el ex concejal de Pozuelo.

Horas más tarde eran puestos en libertad por intercesión del alcalde. El Superior Provincial Esteban Lacal decidió entonces que sus compañeros debían dispersarse en pequeños grupos para buscar refugio en casas particulares. Pero en el mes de octubre fueron buscados y detenidos nuevamente. Sin acusación, juicio, ni defensa fueron fusilados en tandas, en Paracuellos del Jarama, mientras el resto de los religiosos dedicaban sus horas de espera a rezar y a prepararse para morir.

La mayoría de los futuros beatos no superaba los cuarenta años de edad lo que no fue un impedimento para demostrar una fuerza sobrenatural en sus últimos momentos de vida. Según un testigo,  cuando se encontraban colocados para ser fusilados, uno de los sacerdotes pidió a las milicias que le dejara despedirse de sus compañeros y poder darles la absolución, al terminar de hacerlo, levantó la voz y en nombre de todos sus compañeros, perdonaba «de corazón» a sus verdugos.

El decreto aprobado por el Papa recoge explícitamente que los futuros beatos fueron martirizados «por odio a la fe durante las persecuciones religiosas en España». Estos  23 mártires de la Guerra Civil se suman de esta forma a los 977 que ya han subido a los altares, once de ellos canonizados.

Las primeras beatificaciones de mártires de las persecuciones religiosas de los años 30 se realizaron en marzo de 1987, cuando fueron beatificadas, por Juan Pablo II, tres carmelitas descalzas asesinadas en julio de 1936, en Guadalajara.

La fecha de la ceremonia de beatificación de los religiosos oblatos y del ex concejal se conocerá en las próximas fechas y tendrá lugar, presumiblemente, en la catedral de Madrid.

El ángel de los enfermos:
- El Papa también ha confirmado la beatificación de la monja española María Catalina Irigoyen Echegaray (1848-1918), nacida en Pamplona y perteneciente a la Congregación de las Siervas de María Ministras de los Enfermos. Catalina dedicó su vida al servicio de los enfermos, acudiendo a sus domicilios para acompañarlos en su sufrimiento. Una curación milagrosa en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) la llevará a los altares.

 


Un curita joven al que todos querían  - por Alberto Royo Mejía

En el nuevo grupo de mártires de la persecución religiosa en la España de los años 30 (del siglo pasado, se entiende) que está ya cercano a la beatificación -que no fueron mártires de la guerra civil porque algunos fueron asesinados antes que estallase la guerra, ya desde la proclamación de la Segunda República- me llama la atención el testimonio de un curita joven recién ordenado, en cuya vida y muerte se ve claramente cómo la gente en general quería a sus curas y los crímenes fueron debidos a órdenes precisas de acabar con la Iglesia y llevadas a cabo normalmente por milicianos que iban de pueblo en pueblo a la búsqueda y captura de curas, frailes, monjas y gente de Iglesia en general.

Lo de la persecución religiosa, anterior a la guerra y directamente relacionada con la República, es algo que ningún historiador serio niega hoy en día. Ya lo afirmaba hace años Vicente Cárcel Ortí, experto donde los haya en este tema, cuando la cosa todavía no estaba tan clara como hoy en día:

Muchos de los historiadores que aceptan la persecución como hecho innegable y su carácter fundamentalmente antirreligioso, tienden sin embargo a confundirla con los primeres meses de la guerra civil y, en muchos casos, a explicarla como reacción violenta provocada en la zona republicana por el levantamiento militar del 18 de julio de 1936 y la consiguiente represión política de los militares. Pero la cuestión es mucho más compleja y debe ser analizada con el mayor rigor histórico, ya que, si bien es verdad que la persecución tuvo sus manifestaciones más crueles durante los dos primeros meses de la contienda fratricida, sin embargo, la historia demuestra que la Iglesia sufrió de hecho una discriminación sin precedentes desde mayo de 1931, que fue considerada por muchos católicos como una auténtica persecución.” (La persecución religiosa en España durante la segunda república, Madrid, 1990, pp. 17-18)

Fue hace unos meses, en una tarde romana tranquila y soleada, cuando se reunió un grupo de consultores de la Congregación vaticana de las Causas de los Santos, quizás los mayores expertos en el mundo sobre el tema de los mártires españoles, para discutir varios posibles casos de mártires de dicha persecución.  Aquella tarde me consta que dichos consultores salieron de la reunión especialmente impresionados por uno de los casos que tocaba valorar y, si era el caso, aprobar: Se trataba de un sacerdote de Menorca, don Juan Huguet Cardona, jovencísimo presbítero que no llegó a ejercer su ministerio ni siquiera dos meses. Había nacido en 1913 y, después de estudiar en el seminario de Barcelona, fue ordenado el 6 de junio de 1936 en la ciudad condal por Monseñor Irurita, que después moriría mártir también él. De vuelta en la isla, fue asignado a la parroquia menorquina de Ferrerías, cantó su primera Misa solemne el día 21 del mismo mes, que aquel año fue la fiesta del Sagrado Corazón, y en dicha Misa el predicador ya le anunció que estuviese preparado para el martirio, pues el ambiente lo hacía presagiar ya desde hacía muchos meses…

En las pocas semanas que el joven cura -tenía solamente 24 años- estuvo en aquella parroquia se ganó el cariño de todos. La gente suele mirar con gran benevolencia a los curitas jóvenes, y él era humilde y trabajador, muy alegre, por lo que en seguida le quisieron. Pero tardó poco en estallar la guerra civil y el ambiente anticlerical se convirtió, en ciertos círculos, en verdadero odio, que solo en Menorca se llevó por delante a varias decenas de sacerdotes. Nadie le delató, le querían bien, pero él, en la confusión inicial, seguía llevando su sotana y cuando llegaron los milicianos de fuera, que iban de pueblo en pueblo asesinando a los que según su caprichoso parecer creían que debían morir, arrestaron a don Juan. Era el 23 de julio de 1936, por la tarde.

Uno de los hechos que hacen a este caso martirial extraordinario es el poder contar con testigos de cada momento de los hechos ocurridos. Y más extraordinario todavía es el haber contado entre los testigos del proceso con los padres del joven mártir. El dolor de una madre que ve morir a su hijo de modo tan bárbaro (fuera del bando que fuera) es ya de por sí inenarrable, y para una mujer de fe el despedirse de su hijo joven y saber que muere sólo por ser sacerdote, nada más que por eso, debió ser terrible, aunque la fe ayudase a sobrellevarlo.

Y es que murió sólo por ser sacerdote: No se metía en política, ni entendía de ella, ni parece que le importase, al menos nunca habló del tema en público. No tenía enemigos, ni murió por una venganza personal, sino por lo que se consideró un crimen tan horrible como el hecho de ser sacerdote, un curita joven recién estrenado. Cuando fue arrestado no se resistió ni puso mala cara, ni intentó defenderse, lo dicen los que lo vieron.

Y los mismo testigos nos han contado los hechos hasta el final, cosa rara en este tipo de episodios, ya que en el siglo XX los asesinatos que no venían precedidos de sentencia judicial, como fue la práctica totalidad de los 6000 casos de sacerdotes que se cargaron, y otros muchos, se hacían a escondidas, sin testigos, quizás porque en el siglo del progreso y los derechos humanos era demasiado cantoso este tipo de tropelías (y lo aplico a ambos bandos, aunque ahora es uno solo el que nos ocupa).

A don Juan le detuvieron con malas maneras y un tal brigadier Marqués le tuvo en sus manos cuando estaba arrestado. Nos cuentan los compañeros de arresto que con rudeza se le obligó a quitarse la sotana, cosa que hizo mansamente. Y al quitársela le descubrieron un objeto de devoción, llamado cuentafaltas, que era algo parecido a un rosario y solía llevar o una cruz o una medalla (yo nunca he visto uno, pero me han explicado más o menos cómo era). Por hacerse el gallito, el tal Marqués le conminó a que escupiese a dicho objeto, a lo que él se negó. Le dijo entonces el susodicho “O escupes o te mato”. Y cuentan los que lo vieron que en ese momento el joven sacerdote, con una tranquilidad y paz que admiraban, puso los brazos en cruz y dijo en voz alta “Viva Cristo Rey”, ante lo cual el brigadier le disparó a la cara dos veces. Moría como el conocido Beato mexicano Padre Miguel Pro, mártir de la guerra de los cristeros, que desde el seminario había sido un ejemplo que le había impactado mucho.

Pero don Juan no murió en el momento, sino que quedó mal herido y se le intentó curar cuando el tal Marqués se fue, cosa que no se consiguió y poco tiempo después fallecía después de haber recibido la extremaunción. Ni una palabra negativa hacia el asesino, ni una queja, murió con paz. El que no tuvo paz fue el asesino, que años después declaró verse acosado por el remordimiento desde el mismo día del asesinato.

Yo entiendo, aunque no comparto, que en una guerra se pueda morir en el frente o por motivos políticos, o por venganzas personales y rencillas, que a río revuelto… Pero ser asesinado por ser sacerdote no lo entiendo, y menos un cura joven al que todos querían. Un sacerdote mayor puede tener más gente que no le quiera, pues es imposible agradar a todos, y en un ambiente de salvajismo desbocado, eso puede tener malas consecuencias. Pero un recién ordenado, que ha llegado al pueblo con ganas de servir y amar, y lleno de la ilusión propia de la juventud, no podía tener otra culpa que ser ministro del Señor. En el seminario nos enseñan a ser ministros de paz, a llevar el amor de Dios a todos, especialmente a los pobres, enfermos y necesitados, y esto me parece motivo poco justo para morir (dicho sea esto de tejas para abajo; de tejas para arriba, el martirio es un don maravilloso de Dios).

Quizás aquel desdichado asesino estaba convencido que los curas eran enemigos del progreso, amigos del oscurantismo, acumuladores de riquezas y poder. Hoy en día, leyendo cierta prensa, uno puede llevarse una idea penosa sobre los sacerdotes, con fáciles generalizaciones y haciendo pagar a justos por pecadores, por eso no me extraña que haya gente que pueda tener inquina hacia el clero. Pero no deja de ser injusto, como injusta fue la muerte de don Juan. Y, sin embargo, en cuanto murió la gente, indignada por semejante tropelía, lo tuvo por mártir y pedían trozos de ropa suya, si era posible con restos de su sangre, pues lo consideraban reliquias. Muchos empezaron a encomendarse a él y recibieron gracias y favores, ya desde poco después de su muerte. Así Dios hizo fecunda aquella injusticia y sacó un bien del mal, como sólo Él sabe hacer.


 

Está abierto su proceso de beatificación

La murciana María Séiquer dedicó su vida a cuidar y alimentar a los asesinos de su marido.

Se consagró a Dios y perdonó a los hombres que mataron a su esposo durante la Guerra Civil. José Antonio Méndez/Alfa y Omega    ¿Perdonaría usted a los asesinos de su cónyuge? Más aún: ¿cuidaría a las mujeres de esos asesinos? ¿Alimentaría a sus hijos? ¿Callaría ante los autores del expolio de su casa, mientras disfrutan de los muebles que le robaron? Pues eso es lo que hizo doña María Séiquer Gayá, una murciana que se consagró a Dios, tras el asesinato de su marido en la Guerra Civil: fundó las Hermanas Apostólicas de Cristo Crucificado y cuidó de las familias de aquellos que fusilaron a su esposo sólo por ser católico


Si su historia fuese llevada al cine, la tacharían de increíble. Porque, en verdad, cuesta creer que una mujer no sólo no guarde rencor a los asesinos de su marido, sino que dedique el resto de su vida a cuidar, alimentar y educar a los más pobres, y a las familias de quienes fusilaron a su esposo. Sin embargo, así fue la vida de María Séiquer Gayá, una murciana que, tras sufrir la pérdida de su marido en un paseo de la Guerra Civil, se consagró a Dios y fundó la Congregación de las Hermanas Apostólicas de Cristo Crucificado, desde la que cuidó a los artífices de su desgracia.

Su vida había sido la de una joven como cualquier otra: aficionada a montar a caballo, de familia cristiana y casada con un otorrino, don Ángel Romero, conocido entre sus vecinos por su honradez y su predisposición a ayudar a los demás. Y entonces estalló la guerra.

Cuando, en mayo de 1931, los republicanos empezaron a incendiar conventos e iglesias (con sus curas y monjas dentro), don Ángel decidió entrar en política: «Hay que defender la religión», decía. Pero, tras el levantamiento del 18 de julio, su pertenencia a la CEDA y su fe católica fueron cargos suficientes para ser encarcelado y fusilado.

Nunca he estado tan cerca de Él


Durante su estancia en la cárcel, su esposa sólo pudo visitarle dos veces, para no ser víctima de las iras de los milicianos que campaban por las calles. La última de esas visitas fue en la víspera de su muerte. Aquel día, don Ángel dijo a su esposa: «Creen que nos sacrifican, y no ven que nos glorifican. Nunca he estado tan cerca de Jesús como al ver que me tratan como a Él». Y ella, después de confortar junto a su marido a otros presos desesperados, le confesó: «Si no me matan a mí también, te prometo ingresar en el convento». 

Efectivamente, tras la muerte de su marido y un periplo para huir de Murcia, se consagró a Dios. Lo que no podía imaginar María Séiquer es que no entraría en un convento, sino que, terminada la Guerra y de regreso a Murcia, levantaría uno en el que había sido su domicilio conyugal, y que ésa sería la primera casa de las Hermanas Apostólicas de Cristo Crucificado.

Salvar la vida a los asesinos
Las dificultades para fundar la nueva Congregación fueron muchas, pero el mayor obstáculo fue el rencor y el miedo de sus vecinos. Algunas mujeres de la época recorrían las cárceles para denunciar a los asesinos de sus maridos e hijos. María, sin embargo, optó por el camino del perdón: «Perdono a todos mis enemigos, te pido por ellos y avivo el deseo de perdonar a todos los que me hicieron mal», dejó escrito.

Desde la congregación, se ocupó de educar niños, alimentar a los pobres y visitar a los ancianos y enfermos de los pueblos cercanos. Y como entre ellos estaban los asesinos de su marido, envió a sus monjas a anunciar que en el convento se asistía a todos y nadie sería denunciado al ir a pedir ayuda. 

En el pueblo de Santo Ángel, por ejemplo, «casi todas las familias eran cómplices de la muerte de Ángel; la casa la destrozaron y se llevaron los muebles», pero ése fue su pueblo preferido para evangelizar. 

Aunque se negaba a dar publicidad a estos episodios, numerosos testigos dieron su testimonio para la Causa de beatificación, que está en proceso de estudio. Por ellos se sabe que atendió, hasta su muerte, a una de las mujeres que denunció a su marido; que veía sus muebles en las casas de algunos enfermos y jamás los reclamó; que cuidó a los hijos del miliciano que arrastró por las calles el cadáver de don Ángel, sabiendo quiénes eran; y que se presentaba con frecuencia ante el Juzgado para exigir que no se tramitasen los sumarios de los asesinos que habían sido capturados, hasta que logró salvarlos de ser ejecutados.
 
En sus escritos y oraciones está el secreto de esta vida increíble, que llevó a la Congregación a extenderse por España y América: «Sólo he hecho lo que me enseñó Cristo: Perdónalos, porque no saben lo que hacen».