EL TESTIMONI MARTIRIAL DE LA IGLESIA VICENSE Y SU PROCESO DIOCESANO

 

Sr. Presidente de Hispania Màrtir

Srs. Miembros de la Asociación

Señores y Señoras

 

 

INTRODUCCIÓN

 

El venerable papa Joan Pablo II en la Carta Apostólica “Tertio Millenio Adveniente”, en el año 1994 decía a la Iglesia: “Al término del segundo milenio, la Iglesia ha vuelto a ser Iglesia de mártires. Las persecuciones de creyentes – sacerdotes, religiosos y laicos – han supuesto una gran siembra de mártires en varias partes del mundo…Es un testimonio que no hay que olvidar. La Iglesia de los primeros siglos, aun encontrando notables dificultades organizativas, se dedicó a fijar en martirologios el testimonio de los mártires… En nuestro siglo han vuelto los mártires, con frecuencia desconocidos, casi “militi ignoti”de la gran causa de Dios. En la medida de lo posible no deben perderse en la Iglesia sus testimonios… Es preciso que las Iglesias locales hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio.” (núm. 37)

 

Y recientemente el papa Benedicto XVI, en su encíclica “Spe Salvi” nos dice: “En las pruebas verdaderamente graves, en las cuales tengo que tomar mi decisión definitiva de anteponer la verdad al bienestar, a la carrera, a la posesión, es necesaria la verdadera certeza, la gran esperanza de la que hemos hablado. Por eso necesitamos también testigos, mártires, que se han entregado totalmente, para que nos lo demuestren día tras día. Los necesitamos en las pequeñas alternativas de la vida cotidiana, para preferir el bien a la comodidad, sabiendo que precisamente así vivimos realmente la vida. Digámoslo una vez más: la capacidad de sufrir por amor de la verdad es un criterio de humanidad. No obstante, esta capacidad de sufrir depende del tipo o de la grandeza de la esperanza que llevamos dentro y sobre la que nos basamos. Los santos pudieron recorrer el gran camino del ser hombre del mismo modo en que Cristo lo recorrió antes de nosotros, porque estaban repletos de la gran esperanza.” (núm, 39)

 

Por estas razones presentes en la Iglesia desde los inicios, la Iglesia diocesana de Vic ha querido guardar la memoria de sus mártires y santos. La diócesis de Vic cuenta entre los santos al obispo san Bernat Calbó, del siglo XIII, a San Miquel dels Sants, del siglo XVII, a San Antoni Maria Claret i Clarà, que estamos en plena celebración del segundo centenario de su nacimiento; Santa Joaquina de Vedruna y el misionero mártir San Pere Almató del mismo siglo XIX. Y, entre los beatos, nuestra Iglesia diocesana cuenta a muchos de sus hijos: el beato Francesc Coll  Guitart, del siglo XIX , la beata Carmen Sallés Barangueras concepcionista, el sacerdote manresano el beato Pere Tarrés Claret, ambos murieron en el siglo XX. Y entre los beatos mártires de la Iglesia tenemos un mártir de la persecución religiosa en Méjico, el beato Andreu Solà Molist, claretiano y los mártires de la persecución religiosa en España que son seis claretianos: el beato Pere Cunill Padrós, el beato Venceslao Clarís Vilaregut, el beato Joan Codinachs Tuneu, el beato Lluís Masferrer Vila, el beato Joan Baixeres Berenguer, el beato Alfons Miquel Garriga; un hermano hospitalario: el beato Francesc Xavier Ponsa Casallarch; un escolapio, el beato Ignasi Casanovas i Perramón; una escolapia, la beata Clemencia Riba Mestres; un jesuita, el beato Josep Tarrats Comaposada; un salesiano, el beato Félix Vivet Trabal; dos carmelitas vedrunas, la beata Apolonia Lizarraga del Santísimo Sacramento y la beata Elvira Torentallé Paraire; una carmelita de la antigua observancia, la beata Maria del Patrocinio de Sant Josep; ocho hermanos de las escuelas cristianas: el beato Victori Anglès Oliveras, el beato Agapi-Josep Carrera Comas, el beato Idelfons Lluís Casas Lluch; el beato Jaume-Bertí Jaume Secases; el beato Honorato Alfredo Pedro Calvo, el beato Miquel de Jesús Puigferrer Mora, el beato Honest-Maria Pujol Espalt, el beato Oleguer Àngel Rodas Taurina, el beato Adolf-Jaume Serra Hortal, el beato Ramon-Eloi Serra Rovira, el beato Francesc Magí Tost Llaveria y el beato León-Justino del Valle Vilar; cinco hermanos maristas: el beato Priscil·lià Mir Pons, el beato Jaume-Ramon Morella Bruguera, el beato Joan Crisòstom Pelfort Planell, el beato Antolí Roig Alibau y el beato Gaudenci Tubau Perelló; cuatro dominicas de la Anunciata, la beata Ramona Fossas de Sant Domènceh, la beata Rosa Jutglar Gallart, la beata Ramona Perramon del Dolç Nom y la beata Reginaldo Picas Planas; un dominico, el beato Ramon Peiró Victori y un hermano suyo, laico y padre de familia, el beato Miquel Peiró Victori.

Todos estos son santos, beatos y mártires que han nacido en las parroquias de Vic o desarrollaban su actividad en el momento del martirio en la diócesis de Vic. Siempre se ha dicho que Vic es tierra de santos, y ahora podemos decirlo, si cabe, aún con más fuerza, dado el gran número de santos y beatos. Y además trabajamos y oramos para que sea aún más “tierra de santos.”

 

En este momento la Iglesia diocesana de Vic tiene tres causas de beatificación abiertas, llevadas directamente por la diócesis: una es la del venerable obispo de Vic, Josep Torras i Bages, de todos muy conocido, otra es la de la presunta mártir de la pureza la niña de doce años Josefina Vilaseca Alsina, que murió en el año 1952 a causa de las heridas sufridas por defender su pureza, y la tercera es la causa de los mártires de la Iglesia de Vic en la `persecución religiosa de los años 1936-1939, que es el tema propio de esta conferencia.

 

EL PROCESO DE LOS MÁRTIRES DE VIC

 

El proceso de beatificación de los presuntos mártires de la diócesis de Vic –como ya hemos dicho- se halla en este momento en su fase diocesana. La fecha del decreto de introducción de la causa lleva la fecha del 11 de noviembre de 2005. Es la postuladora la Sra. Doctora Silvia Mónica Correale y el vicepostulador, el sacerdote diocesano, mosén Vicenç Esmarats Espaulella. También  ya se ha constituido el Tribunal Eclesiástico para este proceso, así como las Comisiones teológica y Histórica necesarias, que están trabajando con un buen ritmo, sabiendo que es muy importante su trabajo para guardar la memoria de los mártires y seguir adelante en el proceso.

 

Hay que agradecer todo el trabajo anterior, sobre todo el libro “Martirologio Vicense” y el trabajo encargado por mi antecesor en la sede de Vic el Dr. Josep Maria Guix i Ferreres, a la persona de mosén Vicenç Esmarats de recoger testimonios previos para poder iniciar el proceso. La cadena testimonial se mantuvo viva y ha sido muy importante en el momento de iniciar propiamente la causa de los mártires de Vic.

 

La lista de los presuntos mártires está formada por 180 sacerdotes incardinados o residentes en el Obispado de Vic y 6 laicos. La causa lleva por título, “Causa de Beatificación o declaración de martirio de los Siervos de Dios Jaume Serra Jordi, sacerdote, y compañeros sacerdotes y seglares de la diócesis de Vic, inmolados durante la persecución religiosa de la II República Española (1936-1939).

 

Hasta este momento han presentado declaración ante el Tribunal unos 120 testigos y están trabajando las dos comisiones en el acopio de documentos necesarios para la causa.

 

Hubo – como ya he expresado antes - un trabajo anterior importantísimo del que se hizo el libro “Martirologio Vicense” que se publicó el año 1945. Esta obra tiene una dedicatoria para el papa Pío XII en la que el obispo diocesano, el padre Juan Perelló Pou, expresa en aquellos momentos su agradecimiento por la sangre derramada de los mártires, que – en palabras textuales del prelado- “Ni uno solo claudicó en la prueba, todos perseveraron hasta la muerte y ahora tremolan en sus manos la palma del martirio.” Y, en el prólogo, el canónigo magistral, Felipe Pitxot dice: “Ni una claudicación, ni una perplejidad se notó entre vosotros. Y eso que los había muy ancianos – el Ilmo. Vicario General contaba los 90 años – y muy enfermos – el Rdo. Justo Morató tuvo que sostenerle el Arcipreste de Moià – y muy jóvenes, recién ordenados – el Rdo. Joan Gener y otros-. Pero todos valientes, todos decididos, todos confiando en Dios más que en vuestras fuerzas.”

 

Todos los mártires merecen ser nombrados uno a uno, y así aparecen en la lista de la causa y sobretodo en el corazón de Dios. Por motivos de tiempo y por no cansarles haré una descripción de algunos datos de nuestro martirologio de la diócesis de Vic, haciendo una mirada rápida a algunos hechos de los mártires y señalando cosas significativas de estos.

 

Como ya he dicho, el que precede en la lista, en razón del cargo, es el Vicario General de la Diócesis, Jaume Serra Jordi, que además de ser el decano de los mártires diocesanos es también el decano de todos los mártires de la guerra civil, según lo afirma el Dr. Vicente Carcel Orti en su obra “La Persecución religiosa en España durante la Segunda República (1931-1939): “El decano de los caídos del clero secular fue el vicario general y deán de Vic, Jaume Serra Jordi, de 90 años.” (o.c. p.253)

Este nació en Igualada y fue nombrado como vicario general por el obispo Josep Morgades Gili el año 1882, y desempeñó este cargo hasta su muerte durante 54 años. Fue por tanto Vicario General con el Obispo Morgades, el venerable Josep Torras i Bages, el Dr. Francisco Muñoz Izquierdo y el Padre Joan Perelló i Pou.

 

Hay dos grupos de hermanos mártires: Marià y Josep Alabern Puigsech, naturales de Vic, que, en el momento de la persecución, el primero era profesor en la Universidad de Comillas y el segundo era diácono y estudiante en la misma universidad, con veintitrés años de edad en el momento del martirio. Fueron detenidos en aquella Universidad y, traslados a Santander, fueron a parar a la tristemente celebre checa Neila y de allí fueron arrojados al mar. Y los hermanos Damià y Vicenç Torrents Coll, naturales de Ripoll que eran respectivamente beneficiado de Santa María de Ripoll y vicario organista de Sant Quirze de Besora. Digno de mención de estos mártires es que en la prisión rezaban juntos el rosario prescindiendo de las miradas iracundas de los milicianos.

 

El Rdo. Miguel Augé Vila, se despidió de un compañero en aquellos días con la frase: “Adén, fins al Cel” y les había dicho a compañeros sacerdotes: “Si amb el martiri he de quedar purificat de les meves faltes, benvingut sia, ¡Quina ditxa, morir màrtir! En ser detenido dijo en seguida, con la valentía cristiana: “Soy un sacerdote de Manresa.”

 

El mismo espíritu de esperanza en la vida eterna y certeza del que muere mártir, mosén Francesc Berenguer, hijo de Artés y párroco de Saderra, cuando fue detenido se despidió de los que estaban presentes diciendo: “Ja no ens veurem més fins al Cel.”

 

También son dignas de mención las palabras del Rdo. Isidro Castells Casadejús, nacido en Prats de Lluçanès, que cuando sus amigos le intimaban para que huyera a lugares más desconocidos en los días de la persecución les dijo: “¿ Es pot somiar una mort més feliç que la de donar la sang per Crist?. Así como cuando pronunció ante la sentencia de muerte: “Viva Cristo Rey”, repitiéndolo después ante el piquete de ejecución.

 

El estado de abandono en manos de Dios lo manifiestan las pocas palabras que pronunció el Rdo. Josep Closa Perarnau, manresano y beneficiado de la basílica y colegiata de la Seu de Manresa, que en ser detenido dijo: “Podeu fer de mi el que vulgueu.”

 

Un vigatano de gran espíritu sacerdotal, regente en el momento del martirio de Aguiló, Josep Maria Creus Sirvent, que expresó varias veces el temor a morir asesinado, pero añadía. “Encara que em matin, Si fos possible tornar a viure, altra vegada em faria sacerdot.”

 

El día dos de septiembre de 1936 detuvieron a varios sacerdotes, Severino Faja Sunyer, Josep Miralpeix Serra, Francesc Molas Costa, Pau Ordeig Baqué y Jeroni Novellas Roca, juntos pasaron la noche rezando el Santo Rosario y a la mañana siguiente fueron todos asesinados.

 

Testimonio de cómo morían los mártires son las palabras que guardamos del Rdo. Josep Font Salomó, nacido en Ripoll y párroco de Sant Martí de Sobremunt. Al abandonar su casa el 24 de julio de 1936 dijo a su hermana: “Passi el que passi, no guardeu odi a ningú, perdoneu a tots i pregueu perquè es converteixin.”

 

La entereza que nace de la fe y de la conciencia martirial del que muere por Cristo la manifestó mosén Josep Farolera Pous, hijo y vicario de Santa Maria de Corcó, cuando en ser detenido dijo a sus familiares apenados: “No ploreu per mi, perquè vaig a morir per Crist i pregaré per vosaltes.”

 

Unas palabras escritas en los días anteriores de la persecución religiosa que escribó el Rdo. Maurici Gomis Noguera, natural y residente en Manresa, a sus hermanas religiosas manifiestan el clima que se respiraba y cómo lo afronta un verdadero cristiano: “Se aproxima a pasos agigantados la persecución; si se nos da tiempo, nos juntaremos y viviremos como los cristianos allá en las Catacumbas; y si el Señor no nos permite escapar del furor de las tinieblas, moriremos gustosos, y hemos de expirar al grito de ¡Viva Cristo Rey! ¿Estáis en esto? Hasta la vista o hasta el cielo. Lo que Dios quiera.”

 

La Eucaristía es la fortaleza de los mártires. El capellán del santuario de Montgrony, la Covandonga Catalana, Camil Lleonart Riera, nacido en Taradell, al estallar la revolución estaba gravemente enfermo de cáncer de estomago. Su primera preocupación fue salvar la imagen de la Virgen y lo consiguió guardándola en una masía, donde estuvo hasta que acabó la guerra. Estando retenido en el hospital de Gombrén, pidió celebrar la misa: “Demà, prepareu-me les coses que vull celebrar Misa.” Al decirle que podría pasar alguna cosa contestó resueltamente:”Confio en Déu que m’ajudarà; a més sento un gran impuls i certa necesstitat de celebrar demà.”. A la mañana siguiente fue asesinado y sus últimas palabras, como dijeron sus verdugos, fueron: “Mare de Déu de Montgrony, ajudeu-me.”

 

El Rdo. Josep Palà Casellas, de treinta y dos años natural de Camps, vicario maestro de Sant Hilari de Sacalm, estuvo escondido en los bosques cercanos a la población junto con un compañero suyo de sacerdocio y martirio, Josep Bruguera Pujol. Los tres meses de estar ocultos los pasaron orando como principal ocupación y sobre todo rezando el Santo Rosario. Su actitud ante los acontecimientos los podemos estimar en aquella frase que repetía con frecuencia: “¿ Per què entristir-nos? ¡Què dolç un ai a la terra i un etern sospir de goig en el cel.” Golpeado, mutilado, caído en el suelo y sin fuerzas para hablar, trazó con la mano extendida una cruz sobre sus verdugos en señal de perdón y absolución.

 

Las mismas palabras de perdón de Cristo en la cruz fueron las que el Rdo. Pere Palomera Pujol, vicario de Santpedor i nacido en Gombrén, que exclamó después que se absolvieran mutuamente él y el párroco Josep Serra Arboix, compañero de martirio, antes de disparar los verdugos: “Perdoneu-los, Senyor, perquè no saben el que fan.”

 

El celo pastoral y el amor a su grey aparece en el testimonio del arcipreste de Moià, Pedro Perramón Paloma, nacido en Calders, que dijo al pelotón de ejecución: “Una cosa us demano i és que jo sigui la darrera víctima de Moià.”

 

Dos confesiones claras aparecen en boca del mártir, el Rdo. Pius Prat Serra, beneficiado de la Catedral de Vic. La primera en ser detenido: “Sí, sóc el sacerdot, Pius Prat” y la segunda en el momento de dispararle: “Que Déu us perdoni. Jo us perdono de cor.”

 

El Rdo. Isidro Puig Pla, ecónomo de Segura, nacido en Seva antes de ser ejecutado les dijo a los asesinos que les perdonaba de corazón y exclamó: “¡Visca la religió catòlica, apostólica y romana!”

 

Con actitud orante y con las manos juntas estuvo durante el trayecto antes de la ejecución  y también en el momento del martirio mosén Agustí Puigbó Callís, capellán del Hospital de Vic y natural de Sant Hipòlit de Voltregà. En bajar del coche dijo: “Jo us perdono, com Déu va perdonar els seus botxins.” Al caer muerto sus manos quedaron juntas y los milicianos se las separaron de manera violenta.

 

Los mártires fueron detenidos sin ninguna defensa, ni de la autoridad, ni tampoco ninguna defensa personal. Fueron llevados como “ovejas” al matadero. La indefensión de las armas era lo suyo, pero con la defensa de la verdad y de la caridad. Cuando detuvieron al párroco de Sant Salvador de Guardiola, el Rdo. Melchor Rovira Codina, nacido en Perafita, los del Comité lo interrogaron sobre si tenía armas. A lo cual él respondió: “Ni en tinc, ni n’he tingut mai, perquè no havent fet mal a ningú, creia que no les necessitava.” Y lo mismo expresó el Rdo. Joseph Vallés Torra, capellán de la Clínica  Comarcal de Vic y natural de Pallarols cuando, al ser detenido, fue registrado para ver si llevaba armas y él les mostró un Crucifijo diciéndoles: “Mireu l’única arma que porto.” Los miembros del comité que lo detenían prorrumpieron en blasfemias, pero él no quiso quitarse el Crucifijo de encima.

 

El Rdo, Josep Soldevila Codina, residente y nacido en Manlleu, cuando fue detenido le dijeron: “Eres un sacerdote.”, y él respondió: “Sí que ho sóc. I amb tota honra.” En caer asesinado pidió misericordia a Dios para él y para sus asesinos, diciendo: “Perdoneu-me, Jesús meu, i perdoneu-los que no saben el que fan”. Uno de los milicianos al oírle, se le acercó y le dijo: “Ell t’ajudarà.” Y le disparó al mismo tiempo el tiro de gracia en las sienes.

 

La confesión sacerdotal del Rdo Jaume Tort Pujol, vicario de Sant Hilari de Sacalm y natural de Avinyó, es bueno recordarla, porque cuando fue detenido dijo a las propuestas de renegar de Dios y de seguir a los milicianos: “Jo no renego, jo sóc sacerdot i ho seguire´essent i moriré sacerdot; si em mateu serà una gran ditxa per a mi i una gran desditxa per a vosaltres.”

 

Los laicos de nuestra lista de mártires de la causa diocesana son: Casimiro Vila Vila, hermano del sacerdote mártir Ramon Vila Vila, naturales de Sant Quirze de Besora,Jaume Aguilar Font, Eusebio Cortés Puigengolas, Salvador Llorenç Muns, Conrado Puigrefagut Dou i Isidre Alabern Vinyals, médico de Manresa y presidente de la asociación de Padres de Familia, que en tiempos de la Segunda República intensificó sus actividades apostólicas siendo gran defensor de la libertad de enseñanza y de la libertad de la enseñanza religiosa. Decía éste en un acto público en año 1932: “Avui tenim enfront nostre l’escola única, laica i obligatòria, creada per l’Estat, el qual pretén imposar una educació anticristiana als nostres fills... Sota el laicisme de l’escola única s’amaga l’odi a Déu, i nosaltres, pares que ens gloriem d’ésser cristians, rebutgem aquesta escola perquè va contra allò més íntim de les postres conviccions, va contra allò més preuat de les nostres coses, va contra allò que més estimem, la consciència dels nostres fills.” ( “El Matí” 29.03.1932)

 

El testimonio de estos mártires manifiesta en cada uno y en su conjunto la maravilla de la acción del Espíritu Santo en el corazón del que cree en él. Cada uno manifiesta, como si de un diamante se tratara, un brillo y una luz propia, y en su conjunto se expresa el misterio de Cristo, el primero y el rey de los mártires. A todos estos mártires y a los que forman la lista del martirologio vicense se les puede aplicar aquello que los obispos expresamos en el mensaje con motivo de la beatificación de 498 mártires del siglo XX en España: “Podemos destacar como rasgos comunes de estos nuevos mártires los siguientes: fueron hombres de fe y oración, particularmente centrados en la Eucaristía y en la devoción a la Santísima Virgen; por ello, mientras les fue posible, incluso en el cautiverio, participaban en la Santa Misa, comulgaban e invocaban a María en el rezo del rosario; eran apóstoles y fueron valientes cuando tuvieron que confesar su condición de creyentes; disponibles para confortar y sostener a sus compañeros de prisión; rechazaron las propuestas que significaban minusvalorar o renunciar a su identidad cristiana; fueron fuertes cuando eran maltratados y torturados; perdonaron a sus verdugos y rezaron por ellos; a la hora del sacrificio, mostraron serenidad y profunda paz, alabaron a Dios y proclamaron a Cristo como el único Señor.”

 

Por eso se les puede aplicar también la definición del martirio que encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica: “El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. “Dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios” (S. Ignacio de Antioquia, Rom 4,1) ( Núm. 2473)

 

O también aquello que afirma H. U. von Baltasar sobre el mártir cristiano: El mártir cristiano no muere por una idea, aunque sea la más alta; por la dignidad del hombre o la libertad de los oprimidos (todo ello puede estar presente y tener su función). El mártir muere por Alguien que ya ha muerto antes por él.”

 

Los mártires a los que la Iglesia beatifica o canoniza de la persecución religiosa en España murieron confesando la fe y cumpliendo la definición del auténtico mártir de Cristo. Según un autor, refiriéndose a la persecución religiosa dice: “Posiblemente en ninguna época de la historia de Europa, y posiblemente del mundo, se ha manifestado un odio tan apasionado contra la religión y cuanto con ella se encuentra relacionado.” (H. Thomas) Y D. Vicente Cárcel afirma: “No puede negarse que en la memoria de la Iglesia la persecución ha quedado como lo que realmente fue, es decir, una persecución de carácter estrictamente religioso, porque los católicos sufrieron la legislación laicista republicana como una violencia totalitaria que trataba de arrancar a Dios de sus corazones.” (o.c. 27) Y También el mismo autor dice: “Calificar de persecución religiosa la que sufrió la Iglesia en aquellas circunstancias de la historia de España es más que legítimo, aun prescindiendo de las motivaciones reales que pudieron tener quienes lo provocaron, tanto si fueron por razones políticas, resentimiento social o venganzas personales… Si como ocurrió en España, los obispos, sacerdotes, religiosos y seglares católicos fueron encarcelados o asesinados, no porque habían cometido algún delito o acto contra el Estado, sino porque el solo hecho de pertenecer a la Iglesia o ser ministro de ella era considerado una traición o una falta de adhesión al sistema político – y más todavía si éstas se produjeron como reacción violenta a una represión desencadenada por los enemigos políticos- en tales circunstancias, por mucho que las autoridades declaren que pretendían una finalidad política – como dijeron los emperadores romanos y han dicho siempre sin excepción alguna todos los perseguidores que la Iglesia ha conocido – hay que hablar de persecución religiosa.” (o.c. 35,36)

 

Y de hecho, como afirma Montero. “En toda la historia de la universal Iglesia no hay un precedente, ni siquiera en las persecuciones romanas, del sacrificio sangriento, en poco más de un semestre, de doce obispos, cuatro mil sacerdotes y más de dos mil religiosos.” Y la persecución religiosa se desarrolló de modo cruel - como dijo Pío XI - con un odio, una barbarie y una ferocidad que no se hubiera creído posible en nuestros días” Y reflexiona Montero: “La persecución religiosa es el tema más humillante de la guerra civil española, ¡Cuánto daríamos muchos por poder borrar de nuestra historia ese canibalismo feroz de los que degollaban, descuartizaban, quemaban y enterraban con vida a sus víctima, mezclando, en salvaje paroxismo animal, los instintos de sangre en la lujuria sádica, entre diabólicas blasfemias!

 

Hay que recordar, que para que sea martirio cristiano se han de demostrar, en un proceso complejo, los elementos teológicos esenciales: a saber que el mártir sea cristiano, que lo maten “ in odium fidei” o “in odium eclessiae” que acepte las torturas y la muerte por amor a Dios y fidelidad a Cristo, lo cual se manifiesta en el perdón explícito a los asesinos y en la oración por ellos a imitación de Cristo en la cruz. Este es el trabajo propio de la causa de beatificación: buscar la verdad de los hechos para que, si es para gloria de Dios, en el tiempo oportuno, la Iglesia pueda declararles beatos. Por eso los mártires antes de la beatificación han de ser nombrados propiamente como “presuntos mártires”, porque siempre hemos de dejar el juicio definitivo a la Iglesia, en la persona del Santo Padre.

 

El Mensaje de los mártires

 

La sangre de los mártires no puede ser olvidada por la Iglesia. Ella es testimonio perenne de fidelidad y de amor a Cristo y a su Iglesia. Todos nuestros mártires, que murieron con fe y caridad, son pues para todos nosotros “testigos”.

Jesús dijo a sus discípulos: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,14). Estas palabras las encontramos en el Evangelio de san Mateo, precedidas por aquellas: “Felices vosotros cuando, por mi causa, os insultarán, os perseguirán y esparcirán contra vosotros toda clase de calumnias.” (Mt 5,11) Los mártires son luz para la Iglesia y para el mundo. Su sangre derramada en el siglo XX es luz para nosotros, hombres y mujeres que vivimos en los inicios del siglo XXI.

 

Los mártires son testigos de la fe. A veces, en nuestro mundo, e incluso en algunos ámbitos eclesiales, nos quieren hacer creer que es lo mismo creer que no creer, que es lo mismo ser cristiano que ser otra cosa. Nos dicen que lo importante es ser “buenas personas”, como si la salvación y la vida, la verdad y el amor, dependiera de nosotros mismos. Los mártires, con su sangre derramada, nos dicen que la fe en Cristo es el todo de su vida. Cuando quisieron arrancarles la fe les arrancaron la vida porque su fe en Cristo era su vida. “Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero, el que la pierda por mí, la encontrará.“ (Mt 16,25) Los mártires nos dicen que antes han querido perder la vida que perder la fe, porque ésta es la puerta de la vida eterna, la vida de la felicidad eterna con Dios de los que han vivido con fidelidad la vida de fe.

 

Los mártires son testigos de la fe también para nosotros que vivimos en este mundo en el que parece que hay un dogma incuestionable: el relativismo. Recientemente el papa Benedicto XVI sobre este tema hablando de la educación expresó: “Hay una gran emergencia educativa debido a la dificultad creciente que se experimenta a la hora de transmitir a las nuevas generaciones los valores básicos de la existencia y de una conducta recta… Se trata de una emergencia inevitable. En una sociedad y en una cultura donde con demasiada frecuencia se hace del relativismo su propio credo – el relativismo se ha convertido en una clase de dogma- en tal sociedad llega a faltar la luz de la verdad; aún más se considera peligroso hablar de la verdad, se considera “autoritario”, por lo cual se acaba dudando de la bondad, de la vida – ¿Es bueno ser hombre? ¿Es bueno vivir? – y se duda también de la validez de las relaciones y de los compromisos de los cuales la vida está tejida.”

 

Los mártires nos manifiestan la luz de la verdad que el cristiano recibe de la fe en Jesucristo. Los mártires son servidores de la verdad, dando la vida por la verdad de la fe, la verdad de Jesucristo, la verdad de Dios y, por lo tanto, son testigos de la verdad del hombre que sin Dios vive en la tiniebla de la ignorancia y del error. El relativismo en el corazón de nuestra sociedad habla de la inconsistencia del mundo y de la inconsistencia de la verdad de Dios. El relativismo abriéndose brecha en el corazón del creyente es la misma muerte de la fe y de la persona en la nada. El relativismo en la fe, el relativismo en la vida moral, el relativismo en las opciones de vida son expresión de falta de vitalidad y de fortaleza. Los mártires, por su parte, nos recuerdan que no cabe en la vida humana y cristiana la actitud del relativismo cobarde que niega la verdad y la luz.

 

Los mártires son testigos de libertad. El venerable papa Juan Pablo II en la exhortación apostólica Ecclesia in Europa afirma: “Los mártires sirven el “Evangelio de la esperanza”, porque con su martirio expresan en sumo grado el amor y el servicio al hombre, en cuanto demuestran que la obediencia a la ley evangélica genera una vida moral y una convivencia social que honra y promueve la dignidad y la libertad de cada persona.”

Los mártires son hombres y mujeres que han dado testimonio de la máxima, primera y fundamental libertad del corazón humano: la libertad religiosa. Murieron ejerciendo su derecho a la libertad de conciencia, de religión y de culto, y son, por tanto, testigos de libertad en nuestro mundo. Nadie puede imponer a otro su opción, nadie puede arrancar del corazón de la persona humana su relación con Dios y la vida a que ésta conduce. El martirio de nuestros mártires manifiesta la acción del Espíritu Santo en su corazón, porque en él hubo la libertad suprema del amor, dando la vida. Dice san Pablo en la segunda carta a los corintios: “Donde está el Espíritu del Señor, está la libertad” (3,17)

 

Los mártires son testigos de la verdad del amor. El mal solo puede ser vencido por el bien. Ellos supieron reaccionar amando, haciendo el bien del amor, del perdón, de la oración y de la bendición a aquellos que los mataban con la tiniebla de la mentira y el odio criminal. “No te dejes vencer por el mal. Al contrario, vence el mal con el bien” dice san Pablo en la carta a los romanos.

Y esta es la nueva humanidad que en los mártires manifiesta la fuerza del amor, del perdón, de la reconciliación, del bien. La nueva humanidad que nace del misterio pascual de Jesucristo. Decía el obispo Eugenio Romero Pose: “El cristiano, ante el perseguidor y en la persecución, no es un combatiente de la resistencia que muere matando o con un arma en la mano; el combate del mártir marca una de las más radicales distancias entre el cristianismo y el paganismo; el cristiano es un mártir, no es un revolucionario al estilo de los que propugnan un determinado cambio en la sociedad mirando al futuro; los mártires no han sido atraídos por mesianismos ideológicos sino que hay que considerarlos a la luz de la figura de Jesús en la Pasión; el mártir no ofrece la resistencia porque, viviendo bajo la promesa de Cristo resucitado, está cierto que el Resucitado retornará y se establecerá un nuevo “eon”, una vida nueva que conlleva la más honda de las transformaciones realizadas por la mano de Dios y no por el poder de los hombres,”

 

El mensaje que clama de la sangre de los mártires, el mensaje de la Iglesia de todos los tiempos, el mensaje nuestro, hombres y mujeres de la Iglesia ante el martirio de nuestros hermanos en el sacerdocio y en la fe, no puede ser otro que el de la reconciliación, el amor y el perdón de todo corazón.

 

Ya el papa Pío XI en la audiencia a los españoles el 14 de septiembre de 1936 dijo, después de hablar de los mártires: “¿Y los otros? ¿Qué decir de todos aquellos otros que también son y permanecen siendo hijos Nuestros, no obstante que en las personas y en las cosas que Nos son más queridas y más sagradas, con actos y métodos extremamente odiosos y cruelmente persecutorios, y aun en Nuestra misma persona, cuanto la distancia lo consentía, con expresiones y actitudes sumamente ofensivas, Nos han tratado no como hijos a un Padre, sino como enemigos a un enemigo particularmente odiado? Tenemos, queridísimos hijos, divinos preceptos y divinos ejemplos que pueden parecer de demasiada difícil obediencia e imitación a la pobre y sola naturaleza humana y son por el contrario tan hermosos y atrayentes al alma cristiana – a vuestras almas, queridísimos hijos – con la gracia divina, que no hemos podido nunca, ni podemos dudar un instante acerca de aquello que Nos queda por hacer: amarles, amarles con un amor particular de compasión y de misericordia, amarles y, no pudiendo hacer otra cosa, orar por ellos; orar para que vuelva a sus inteligencias la serena visión de la verdad y abran de nuevo sus corazones al deseo y fraterna visión del bien común; orar para que vuelvan al Pare que con grandes deseos les espera y se hará una fiesta de grande alegría en su retorno; orar para que estén con Nos, cuando dentro de poco – tenemos plena confianza en Dios bendito- el arco iris de la paz brillará en el hermoso cielo de España, trayendo el alegre anuncio a todo vuestro grande y magnífico País.”

 

Y el papa Benedicto XVI en el ángelus del día de la beatificación de 498 mártires en los años treinta en España, el 28 de octubre de 2007 dijo:” Los mártires con su testimonio iluminan nuestro camino espiritual hacia la santidad, y nos alientan a entregar nuestras vidas como ofrenda de amor a Dios y a los hermanos. Al mismo tiempo, con sus palabras y gestos de perdón hacia sus perseguidores, nos impulsan a trabajar incansablemente por la misericordia, la reconciliación y la convivencia pacífica.”

 

 

La sangre de los mártires, semilla de cristianos

 

Tertuliano decía: “Cada vez que nos martirizan, nos hacemos más numerosos. La sangre de los mártires es semilla de cristianos.” (Apologeticus,50) La sangre de nuestros mártires que la Iglesia ha reconocido y de aquellos que la han derramado realmente por Cristo son para nosotros testimonio de fidelidad y una llamada clara a vivir la santidad propia de los hijos de Dios. Su vida y su muerte son para nosotros acicate para profesar y vivir nuestra fe en Cristo con la fortaleza de la caridad que lleva a la esperanza de la vida eterna.

 

Los mártires son para nuestras Iglesias un motivo de esperanza porque su sangre derramada unida a la de Jesucristo, el primer Mártir, será, con toda certeza, semilla de vida cristiana en estos momentos de gran dificultad, sobre todo entre los jóvenes. El testimonio de los mártires dado a conocer como gran tesoro, será también acicate en muchos corazones para hacer la opción por la vida consagrada: sacerdotal y religiosa. El amor de los mártires hasta el final será, sin duda, testigo de amor fiel en la vida matrimonial, fundamento de las familias cristianas.

 

 

CONCLUSIÓN

 

Los mártires son un don para nuestras Iglesias. Conocer su vida y sobre todo su muerte es para todos nosotros un gozo profundo que nace del amor a la Iglesia, que tiene en ellos su más grande gloria. Preparar esta conferencia invitados por Hispania Martir, ha sido para mí una gran ocasión para conocer un poco mejor a los mártires tanto del presbiterio diocesano como de la vida laical.

El compromiso de todos nosotros no ha de ser solamente el de conocerlos mejor, sino también el de darlos a conocer. Nuestra Iglesia, nuestro mundo necesita conocer a estos testigos inigualables para poder continuar caminando en esperanza. Además recordemos que la fama de santidad forma parte de las razones para la beatificación.

Como creyentes, también no podemos olvidar la importancia de encomendarnos a ellos en el culto privado en aquellos que están aun en la causa de beatificación y en el culto público en nuestros pueblos, parroquias y ciudades. Sería muy bueno el que todos nosotros trabajáramos porque en las iglesias que tienen relación con nuestros mártires beatificados hubiera una presencia suya con una imagen o pintura, para recordarnos a todos su testimonio y su intercesión.

 

Y para concluir, agradezco la invitación que me ha hecho Hispania Martir para dar a conocer como obispo de la diócesis de Vic nuestro martirologio diocesano, y doy gracias a Dios por todo el trabajo que ha hecho, hace y hará Hispania Martir a favor de la memoria, esperanzada, agradecida y reconciliadora de nuestros mártires.

 Dr. Roman Casanova, Obispo de Vic