CELEBRACIÓN DE LA FIESTA

DE LOS MÁRTIRES ESPAÑOLES.
27 abril 2011

 



El Consiliario de Hispania Martyr, P. Gómez Mir en la Fiesta de los Mártires Españoles con los Padres Solá Sert y Gómez Teulón

 

 


 

El P. Antonio Gómez Mir presentado por el Presidente de Hispania Martyr D. Arcadio del Pozo

 

 

 

 

Jesucristo, primer y verdadero Mártir, testigo fiel y veraz

Conferencia pronunciada por el Consiliario de Hispania Martyr, Rvdo. Padre Antonio Gómez Mir
el día de fiesta de los Mártires de España 2011

 

 

 

 

 

El único y verdadero “Mártir” en toda la historia ha sido Jesucristo, el Hijo de Dios, que vino al mundo para dar testimonio de la Verdad (cf. Jn 18, 37), por eso Jesús es el «Testigo fiel y veraz» (Ap 3, 14)

Jesús entiende y explica abiertamente en todo momento su muerte como acontecimiento salvífico, en cumplimiento de la voluntad del Padre: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Jesús tenía conciencia clara de su muerte, voluntariamente aceptada, y de su sentido y valor: dar testimonio supremo de su fidelidad a la misión que el Padre le ha confiado.

 

El misterio de la muerte salvadora de Jesucristo es la clave interpretativa del martirio cristiano. Desde ella se explican los sufrimientos y trabajos de la comunidad primitiva, de los Apóstoles en el primer anuncio del Evangelio y de los fieles cristianos a lo largo de todos los tiempos.

 

Desde antiguo “cristiano” y “mártir” significan lo mismo

No se puede olvidar que mártir significa testigo, y la Iglesia es consciente de esa realidad inexcusable desde el principio. La predicación del Evangelio a todas las naciones adopta la forma de testimonio: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8).

La misión de los testigos de Jesús se pone en evidencia cuando tienen que dar testimonio ante las autoridades y los tribunales, según el anuncio que Jesús había predicho ya a los doce Apóstoles: «Os entregarán a los tribunales, seréis azotados en las sinagogas y compareceréis ante gobernadores y reyes por mi causa, para que deis testimonio ante ellos» (Mc 13, 9)

 

El poder enemigo encarnizado contra la ciudad celestial, se embriagará de la sangre de estos mártires. Pero ellos vencerán al diablo «gracias a la sangre del Cordero y a la palabra del testimonio que dieron, porque no amaron tanto la vida que temieran la muerte” (Ap 12, 11). El martirio es el testimonio de la fe consagrado por el testimonio de la sangre. El más valioso testimonio.

 


Los discípulos de Jesús adoptan el nombre de cristianos en Antioquia, alrededor del año 44. Con este nombre fueron caracterizados los discípulos como “grupo de Cristo” por las autoridades romanas. Ya que Jesús había sido ajusticiado como criminal por dichas autoridades, los cristianos eran considerados, desde el principio, como la banda de un criminal peligroso y por lo tanto como reos de muerte también. Ser cristiano era tremendamente peligroso. El nombre “cristiano” era un calificativo del derecho penal. A quien lo llevase no hacía falta probarle ninguna otra culpa, era declarado “ipso facto” reo de muerte.


Los cristianos antiguos no dudaron en hacer suyo y llevar con gozo este nombre que para ellos suponía arriesgar la vida. Se declaraban así dispuestos al martirio y expresaban su disposición a morir por la fe. Podríamos afirmar pues que desde antiguo “cristiano” y “mártir” significan lo mismo. Ser cristiano incluye tácitamente la disposición al martirio.

El seguidor de Jesucristo participa de su misma misión y, por tanto, debe estar dispuesto a compartir sus sufrimientos y hasta su misma muerte: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 24-25)

 

El martirio forma parte esencial de la Iglesia de Jesucristo


Nada hay más identitario ni más constante en la vida de la Iglesia que el testimonio de los mártires en todos y cada uno de los momentos de su historia. Es un hecho que no se deja aprisionar por meras circunstancias culturales. Es algo que forma parte de su esencia como Iglesia de Jesucristo y por lo tanto, Iglesia de los mártires. Por esa razón también podemos afirmar que la Pasión de Cristo fue la profecía que se cumpliría en sus seguidores. Y ha si ha sido en 20 siglos de cristianismo.


Se puede afirmar, sin lugar a dudas, que la Iglesia del primer milenio nació de la sangre de los mártires: “Sanguis martyrum, semen christianorum” (Tertuliano, Apol., 50,13: PL 1, 534).


El Evangelio se hace realidad histórica, se hace Iglesia, se hace carne con el testimonio de los mártires. La historia martirial no es más que los hechos apostólicos, los hechos de discípulos de Cristo transformados por el Espíritu, que se van sumando a las páginas vividas del Evangelio.


Aunque el Edicto de Milán (año 313) permitió a la Iglesia desarrollarse libre y públicamente, sin la sangre de los primeros testigos habría sido del todo imposible el crecimiento geográfico y demográfico que la Iglesia experimentó en el primer milenio de una forma misteriosa e inexplicable humanamente


Los hechos históricos ligados a la figura de Constantino el Grande nunca habrían podido garantizar un desarrollo de la Iglesia como el verificado en el primer milenio, si no hubiera sido por aquella siembra de mártires y por aquel patrimonio de santidad que caracterizaron a las primeras generaciones cristianas” (Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente, 37).

 

“En tiempo de persecuciones es cuando hay verdaderos cristianos San Juan Crisóstomo


San Ignacio de Antioquía Icono griego Monasterio de la Transfiguración Brookline, MA, EE.UU.


"Que ninguna cosa, visible o invisible, se me ponga delante a trueque de alcanzar a Jesucristo."

San Ignacio de Antioquia, junto con Clemente Romano y Policarpo de Esmirna, son el lazo que nos une con la época apostólica. El primero fue Obispo de la ciudad de Antioquia en tiempos del emperador Trajano (98-117). Fue llevado a Roma para ser devorado por los leones en el circo.


Fiel defensor de la ortodoxia de la fe y de la unidad de la Iglesia en sus cartas, son especialmente impactantes sus palabras a los creyentes de Roma, a los que escribe desde Esmirna, al saber que hacían planes para salvarle del martirio:
“Dejadme que sea entregado a las fieras, puesto que por ellas puedo llegar a Dios. Soy el trigo de Dios, y soy molido por las dentelladas de las fieras, para que pueda ser hallado pan puro. Antes, atraed a las fieras, para que puedan ser mi sepulcro, y que no deje parte alguna de mi cuerpo detrás, y así, cuando pase a dormir, no seré una carga para nadie. Entonces seré un verdadero discípulo de Cristo” (San Ignacio de Antioquia, Carta a los Romanos, 4)

 

El siglo II nos ha legado dos documentos de esencial importancia, para comprender mejor el desarrollo del concepto de “mártir” para el cristianismo primitivo. Son el Martirio de Policarpo de Esmirna (155) y las Actas de los Mártires de Lyon (177). Será precisamente unos veinte años después cuando aparecerá ya por primera vez el término helénico “mártir” en una obra latina, la Exhortatio ad Martires de Tertuliano.

 

Orígenes, un famoso teólogo del tercer siglo, tenía 17 años cuando su padre fue sentenciado a muerte. «Mañana, cuando mi padre sea quemado en la hoguera, iré allá y provocaré al gobernador para que también a mí me martirice». Para salvarlo y que no pudiera acudir al lugar del tormento su madre escondió esa noche toda la ropa del joven. Sólo de esta manera conservó su vida. Nos puede parecer esta actitud fruto del celo exagerado de los jóvenes siempre radicales, pero nos da una idea de cómo en aquellos años era común la idea, aceptada e incluso esperada, de que ser cristiano era sinónimo de ser mártir.

 

No es extraño que el Patriarca de Constantinopla, San Juan Crisóstomo, a finales del siglo IV, cuando la Iglesia ya goza de paz, recuerde que el verdadero cristiano es el mártir: “Oí decir a nuestros padres que era antaño, en tiempo de las persecuciones, cuando había verdaderos cristianos

En el siglo siguiente, Agustín escribió estas palabras constatando cómo funcionaba esa extraña dinámica del crecimiento cristiano que se revelaba contra toda experiencia precedente: «Los mártires fueron confinados, encarcelados, azotados, ahogados, quemados, vendidos, masacrados… pero se multiplicaron».

 

El concepto cristiano de Martirio

 

El Cristianismo hunde sus raíces en la tragedia de la Cruz. Ningún otro fundador de otra religión muere ajusticiado por el poder como un delincuente. Este escándalo fundacional será amortiguado, en siglos de historia, por enormes capas de teología, pero ninguna ha podido disimular la cruda materialidad de tal escándalo. Además los mártires de cada nuevo siglo han ido actualizando el camino de la cruz de forma inevitable y eminente. La Cruz ha sido leída desde muchas ópticas o marcos conceptuales. No pocos hicieron esfuerzos supremos por eludir o diluir la historicidad de su contexto. Pero inevitablemente sobre la Cruz se construyó toda la teología de la salvación cristiana. Y sólo desde aquí podemos tomar conciencia de que La Cruz es un Misterio.

 

 

La vida y el mensaje de Jesús tienen una carga tremenda de conflictividad y por lo tanto de escándalo para los bien pensantes, como apuntaría san Pablo: "La predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios... quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles" (1 Cor 1,18-23).

 

Elaboración teológica. Santo Tomás de Aquino

 

Por eso San Juan configura en el símbolo “mundo” a un enemigo peligroso, y pone en boca de Jesús palabras como éstas: "El mundo os odiará " (Jn.15,19) “Les he dado tu mensaje y por eso los odia el mundo..." (Jn. 17,14)

Ser Testigo, en este sentido, es manifestar convencidamente que hay valores que merecen ponerse por encima de todo otro valor, incluso de la propia vida.

 

El Testimonio de los primeros cristianos desdivinizó y desabsolutizó el aparato político-religioso del Imperio Romano. Por ello, el Martirio, en ese contexto histórico, no fue ajeno a una opción políticamente subversiva dentro del imperio: negó rotundamente el carácter de Kyrios (Señor) al emperador y rehusó reconocer otro señorío que el de Dios.

La elaboración posterior escolástica está enraizada en la tradición. Puede comprobarse en el mismo S. Tomás, cuyos puntos esenciales resumimos, ya que es la elaboración doctrinal definitiva. Cuatro artículos con cuatro afirmaciones:

1-     

El El martirio es un acto de la virtud de la fortaleza; la caridad es el motivo primario.

2- El martirio es el acto supremo de perfección, ya que en su base está el amor, motivo fundamental de la perfección. El martirio es un signo de amor perfecto. El amor hacia una cosa se demuestra tanto cuanto por ella se desprecian las más queridas y se eligen las odiosas. Lo más apreciado es la vida y la muerte lo más huido. Dar la vida por otro es la suprema muestra de caridad.

3-     

La muerte es esencial al martirio: «Es, pues, esencial al martirio que el hombre dé testimonio de la fe, demostrando con obras que desprecia todo lo presente por la adquisición de los bienes invisibles. Pero, mientras le queda la vida corporal, no ha demostrado todavía de obra que desprecia todas las cosas temporales…”

4-     La causa del martirio no es solamente la fe sino las demás virtudes, aunque todas ellas son expresión de la fe.

  

"De Servorum Dei Beatificatione et de Beatorum Canonizatione" Benedicto XIV (1740/58)

Ya más estructurado es el tratado sobre el Martirio del Papa Benedicto XIV (1740/58). "De Servorum Dei Beatificatione et de Beatorum Canonizatione", que  define el Martirio como: "el voluntario sufrimiento o tolerancia de la muerte, por la fe en Cristo o por otro acto de virtud referido a Dios"

 

Toda la problemática relacionada con el Martirio es sistematizada allí en torno a los dos actores que intervienen: el Perseguidor y el Mártir.

 

Benedicto XIV                   

Una apretadísima síntesis se podría sistematizar así:

 

1- Sobre el Perseguidor.

No puede darse Martirio sin la intervención de un Perseguidor externo. Los sufrimientos morales; el deseo del Martirio o la práctica heroica de alguna virtud, no son Martirio

 

2-  Sobre el Mártir

Si el martirio es un acto de virtud, el primer requisito en el Mártir es su capacidad síquica de producir actos voluntarios. Una aguda controversia inicia este capítulo, sobre el Martirio de niños sin uso de razón. No se niega el carácter de Mártires a los niños sacrificados por Herodes, pues toda la tradición cristiana los consideró Mártires, pero desde que se establecieron las canonizaciones formales, ningún niño sin uso de razón fue canonizado como Mártir.

 

En cuanto a los adultos, se considera que el Martirio suple el Bautismo de Agua y perdona todos los pecados.

Un punto aun más controvertido es el de la resistencia al Martirio por parte del Mártir. Se plantea allí el caso de los que mueren oponiendo resistencia armada en defensa de la fe. Santo Tomás de Aquino, seguido de una larga lista de teólogos, sostienen que "quien sufre la muerte por el bien común, pero sin relación a Cristo, no merece la corona, pero si su lucha está referida a Cristo merece la aureola y es Mártir, como por ejemplo aquellos que defienden la res pública del ataque de enemigos que buscan liquidar la fe en Cristo, muriendo por esa causa”

 

3-  Sobre la Pena

La Pena que el Perseguidor inflige al Mártir, para que se dé verdadero Martirio, no puede ser otra que la muerte.

Santo Tomás de Aquino explica que el Martirio consiste en testificar con hechos que todo lo presente se supedita al valor de los bienes trascendentes, pero cuando aún se posee la vida corporal, no se puede demostrar todavía que todo se ha supeditado a esos valores.

 

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que “El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2473)

 

El cristiano a lo largo de su vida puede realizar muchos actos de amor, pero no son definitivos; sin embargo, el acto de amor martirial es un acto de amor definitivo, que lleva a la eternidad.

En la figura del mártir se lleva a cabo de modo perfecto la unidad entre fe y vida, a la que todos los cristianos estamos llamados. El mártir, al testimoniar la fe con el derramamiento de su sangre, muestra la máxima coherencia de vida.

 

A la voz del tirano que grita: “¡Sacrifica de un vez ¡ responde el mártir: “¿Sacrificar? Estoy sacrificando todo lo que tengo a mi Dios, a quien siempre lo sacrifiqué todo”

 

Daniel Rops habla del martirio de un joven obispo de los primeros siglos en estos términos: “Y allí en Sirmium, sobre el Danubio, había un obispo muy joven. Ireneo era guapo, rebosaba de dones y estaba llamado a una brillante carrera; eras casado y padre de varios hijos (pues el celibato eclesiástico, recordémoslo, todavía no era de rigor), y sabia del valor y de la dulzura de la vida. Cuando fue detenido, sus padres y sus hijos le suplicaron que apostatase y la misma multitud le gritaba: ¡Apiádate de tu juventud! Pero él no hizo nada para lograrlo. Mientras lo torturaban en el potro, el gobernador le repetía: ¡Sacrifica de un vez ¡ Pero aquel joven príncipe de la Iglesia tuvo, en medio de su espantosos sufrimientos, el coraje de responderle, con un superior ironía: ¿Sacrificar? Estoy sacrificando todo lo que tengo a mi Dios, a quien siempre lo sacrifiqué todo”

 

Este amor eterno e infinito es la única fuerza capaz de mover el mundo, porque con su misericordia va transformando los corazones de los que se acercan a Dios y los mueve a la conversión. Por eso no deja de ser un misterio la fuerza espiritual, el dinamismo vivificante que se deriva del martirio. La inmensa reserva de testimonio de fe viva y de perdón heroico no puede dejar de dar frutos abundantes.

 

De la experiencia del amor de Dios, nace también la actitud firme de adhesión a Cristo, que nos lleva incluso a arriesgar por Él la vida y despreciar todo lo demás: «Todo lo tengo por basura con tal de alcanzar a Cristo» (Flp 3, 8). El todavía cardenal Joseph Ratzinger afirma: “Imitar a Jesucristo significa recorrer un camino orientado contra la fuerza natural de la gravedad del egoísmo, del afán de obtener lo puramente material y el deseo de conseguir el mayor placer, que se confunde con la felicidad. La imitación de Cristo es un camino por aguas agitadas y turbulentas

 

El mártir afronta alegre la muerte porque sabe Quién le espera detrás de ella; sabe que va a “reunirse con el Señor

    

 El martirio es expresión de la credibilidad de la fe cristiana, puesto que permite dar respuesta a las preguntas fundamentales sobre la verdad de la vida humana, sobre el significado de la vida y de la muerte y sobre el más allá. De este modo, el martirio es signo que ilumina la vida de los hombres, para ayudarles a dar un sentido a su existencia. No hay nada que tenga un valor mayo de prueba de la verdad cristiana como el que sus testigos estén dispuestos a corroborar con su sangre lo que creen.

 

Aceptando la propia muerte terrena en nombre de la Vida, el mártir sabe dar el significado supremo a la vida: morir significa entregarse libremente al amor del Padre.

 

El mártir entrega su vida a Dios, origen de la vida, expresando de este modo el agradecimiento por el regalo recibido de Dios y sabiendo que será recompensado con la vida eterna. El mártir está tan convenido de que la vida continúa que compromete la propia vida como signo de esta fe, de esta convicción poderosa. Esa convicción de que al dar el “paso” (la Pascua) Dios los reivindicará con la resurrección, como hizo con Jesucristo, su Hijo.

 

Los escritos sobre los mártires recogen frecuentemente la expresión “reunirse con el Señor”. Así pues, en la muerte del mártir hay claramente una decisión libre de afrontar la muerte, porque sabe Quién le espera detrás de ella. El ser humano percibe dentro de sí, desde que tiene conciencia y uso de razón, un misterio mayor que el de sí mismo. Saber confiarse a este misterio, que no es sino Dios mismo, es la decisión más libre y auténtica que puede tomarse.

 

En el martirio existe la certeza de saberse acogido y amado más allá de la muerte, por el misterio del amor de Dios, que nos espera con los brazos abiertos, para llevarnos al lugar del descanso, de la luz y de la paz. La fuerza del mártir radica, precisamente, en la fe de que Cristo ha vencido la muerte y quien muera por Él y con Él gozará de su victoria. La palma del martirio se convierte así en su signo perenne de victoria sobre la muerte.

 

“¡Tengo prisa por morir, para despertarme cuanto antes en la resurrección ¡ ”

Esa certeza  de la vida eterna se vislumbra en cada martirio. Volvamos a Daniel Rops que en este caso nos habla del martirio de San Pionio, sacerdote mártir de Esmirna en el año 250, bajo la persecución de Decio: “Era cura de una gran ciudad, a quien todo el mundo conocía y a quien todos querían por su directa elocuencia, su vivas réplicas, su serena firmeza y su bondad. ¡Qué bien encarna al jefe cristiano de esta época, sencillo y sólido, apoyado en la certidumbre de poseer la verdad y la vida ¡ (…) El sacerdote Pionio fue detenido con uno de sus colegas y con un grupo de fieles. E inmediatamente ya no tuvo más que una idea en su cabeza: dar totalmente su testimonio (…) Nada se pudo hacer para desviar al sencillo sacerdote de su línea de intrepidez. Y como el pagano que lo interrogaba pareciese vacilar, se repitiera y tergiversase, Pionio

 

San Pionio zanjó: Tu consigna es convencer o castigar, ! No me puedes convencer, castígame entonces ¡ (…) Fue condenado a ser quemado vivo. Llevado al estadio fue clavado en un poste, y en el momento que las llamas le iban a envolver, gritó con toda su alma estas palabras: ¡Tengo prisa de morir, para despertarme cuanto antes en la resurrección ¡ ”

 

Los mártires hacen apología de la fe cristiana desde un aparente fracaso de humillación.

Estos elementos nos permiten comprender el martirio como un importante signo de credibilidad de la fe y de la revelación cristianas, y a la vez como una realidad iluminadora del sentido de la existencia humana. Los mártires dan la vida por Cristo y a la vez hacen una apología de la fe cristiana, una defensa convincente de su verdad. Y lo hacen, no con la fuerza y el éxito, sino desde el aparente fracaso de humillación, desde la debilidad y la fragilidad.

 

Lo más sorprendente del hecho martirial es que esos audaces amigos de Cristo dan su testimonio desde la fragilidad, desde una posición de desventaja y de humanidad humillada que “a priori” parece inadecuada para convencer a nadie. En nuestras empresas humanas todos buscamos los medios y ventajas que nos ayuden a ser eficaces en la consecución de nuestros fines. Queremos vencer y convencer desde arriba, arrollando obstáculos… El martirio cristiano parte de una posición de desventaja y humillación tal que su fuerza arrolladora es un misterio… Convencemos siendo humillados, golpeados y torturados. Es un de esas paradojas del Reino que nos hace fuertes cuando somos más débiles a los ojos del mundo. La fortaleza de los mártires, podríamos decir, que es “fuerza débil” o  debilidad tremendamente fuerte y arrolladora.

 

El Martirio en el Concilio Vaticano II

El Concilio Vaticano II ha dado una visión teológica del martirio. En primer lugar, presenta el martirio como camino de santidad. Partiendo del ejemplo de Jesucristo, primer Mártir, explica que, desde los primeros tiempos de la Iglesia, algunos cristianos son llamados a dar este supremo testimonio de amor. El martirio “es considerado por la Iglesia como un supremo don y la prueba mayor de la caridad. Y si ese don se da a pocos, conviene que todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia” (Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 42). Por esta razón el proceso de beatificación de los mártires no precisa de la previa aprobación de un milagro.

 

El Concilio sitúa al mártir en una clara perspectiva cristocéntrica. La muerte de Jesús es el principio fundante del martirio cristiano. Lo que mueve al mártir a dar su vida es el amor de Cristo, porque el mártir opta libremente por profesar la fe hasta las últimas consecuencias, realizando una perfecta unión de fe y vida. El mártir testifica con su vida la verdad del Evangelio y anuncia la salvación que Cristo nos ha obtenido.

 

El martirio es signo del amor más grande, porque el amor a Dios es el signo último y central, que mueve al mártir a afrontar la muerte y conlleva además la gratuidad y el don desinteresado de sí, ya que el mártir entrega libremente su vida, configurándose de manera perfecta con Cristo.

 

Si se subraya el amor más que la fe, se comprende que es más fácil destacar la centralidad del amor de Cristo y su mandato de amarnos unos a otros como Él nos amó (cf. Jn 15, 12), que está en la base del testimonio del mártir. Esta forma de amor sigue siendo creíble también para las gentes de hoy, porque se dirige directamente a la conciencia de cada uno, provocando a la persona en lo más íntimo de su ser. Al igual que la muerte de Jesucristo, la muerte del mártir, en cualquier tiempo, nunca deja indiferente a nadie.

 

El amor permite referir a la identidad del mártir su testimonio personal y su compromiso directo en el desarrollo de la humanidad; el mártir atestigua que la dignidad de la persona y sus derechos elementales, hoy universalmente reconocidos pero no respetados, son los elementos básicos para una vida humana. Sin embargo, no todos los que mueran en favor de los derechos humanos podrán ser considerados mártires.

 

El martirio reviste hoy nuevas formas, en las que se ve comprometida la verdad de la fe y la credibilidad del amor en la sociedad en que vivimos hoy.

 

El Concilio Vaticano II abre el camino a una interpretación nueva del testimonio del mártir, con vistas a las nuevas formas de martirio, a las que hoy asistimos en la sociedad. Es lícito pensar que el Concilio llega a identificar el martirio con la entrega de la vida por amor.

 

San Maximiliano Kolbe canonizado como mártir

 

Un ejemplo claro de la evolución del concepto de “martirio” se encuentra en el proceso de canonización del padre Maximiliano-María Kolbe: En 1971 Pablo VI lo beatificó, incluyéndolo entre los confesores; pero en la canonización, el 10 de octubre de 1982, Juan Pablo II lo incluyó entre los mártires, atendiendo las múltiples solicitudes recibidas y aduciendo como principales razones que su encarcelamiento fue dictado por odio a la fe y que el nazismo era enemigo declarado del cristianismo. El padre Kolbe, sin embargo, durante su prisión en el campo de Auschwitz, jamás fomentó odio alguno contra el perseguidor que se encarnizaba en él; y además, se ofreció en lugar de un padre de familia con las simples palabras “soy un sacerdote católico".

 

Especialmente expresiva es la homilía pronunciada por Juan Pablo II en la misa de canonización del padre Maximiliano Kolbe. No aparece en las palabras del Papa la expresión “mártir de la fe”, pero toda la homilía se consagra a mostrar el testimonio de amor que dio el padre Kolbe. El Papa asume la categoría de signo como la expresión lingüística y teológica que mejor puede manifestar el testimonio dado por amor. El comienzo de la homilía se sitúa a la luz de la máxima cristiana: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13) ( Cf. Juan Pablo II, Homilía en la canonización de Maximiliano María Kolbe, 1, Vaticano, 10.X.1982).

 

Mártires de la castidad

 

Recientes reflexiones del Magisterio y de la teología sobre el martirio amplían este concepto, como en el mártir que ofrece la vida por defender virtudes cristianas, como la castidad. Es el caso emblemático de la niña Santa Maria Goretti que da la vida por defender su pureza ante un cruel agresor.

Los mártires de Uganda son sacrificados porque los pajes cristianos de la corte del rey Mwuanga no cedieron a sus requerimientos anti-naturales cuando los solicita para una relación homosexual.

Estos trece mártires, beatificados por Benedicto XV, fueron canonizados por Pablo VI el 18 de octubre de 1964, en presencia de los Padres del Concilio Vaticano II

 

San Carlos Luanga y compañeros mártires de Uganda

El 12 de Agosto de 1936 el Hno. Fernando Saperas, claretiano, detenido y manifestando su condición de religioso, fue sometido a toda clase de provocaciones y vejaciones contra la castidad, arrastrándolo por prostíbulos y prometiéndole la libertad si consentía en cometer pecado. Finalmente, tras quince horas de sufrimientos, perdonando a sus verdugos, murió fusilado a las puertas del cementerio de Tárrega (Lérida).

 

 

 

 

Satanás es derribado cuando los mártires dan su testimonio

En el libro del Apocalipsis tenemos la escena de una guerra en el cielo  que concluye cuando Lucifer es arrojado. Luego leemos que «ellos» —los mártires— «le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio que dieron y no amaron tanto la vida que temieran la muerte» (v. 11).                       El Beato Fernando Saperas

 

En otras palabras, cuando los mártires dan su heroico testimonio y son masacrados por su lealtad a Jesús, Satanás es derribado.

 

El libro de Job nos da la misma clave. Dios sostiene que Job es justo y Satanás no puede refutarlo sino poniéndolo a prueba. “Él te adora porque tú lo bendices con innumerables bienes. Él es el hombre más rico de la tierra. Quítale todo lo que tiene y él te maldecirá».

 

El honor de Dios estaba en juego. Cuando las desgracias se abaten destruyendo todo lo que Job tenía, y cuando los mensajeros llegaron uno tras otro para comunicarle las terribles nuevas, todo el cielo observaba, temblando y esperando oír la maldición que Satanás había insistido que brotaría de los labios de Job.

 

Pero él se mantiene erguido y firme en su esperanza para afirmar: «Dios me lo ha dado, Dios me lo ha quitado; alabado sea el nombre del Señor" (Job 1.21). Satanás insiste: «Déjalo sufrir. Deja que el dolor entre en la médula de sus huesos, y él te maldecirá».

 

Cuando Job esta en el extremo dolor, su esposa y sus amigos le tientan: « ¿No ves que este es el fin? ¿Por qué no maldices a Dios y te mueres?»

¡Esto es exactamente lo que Satanás quería! Pero Job, molesto por sus exhortaciones replicó: «Miren, déjenme aclarar mi actitud hacia Dios. Yo creo que él comete una terrible injusticia contra mí y yo no sé por qué, pero aun si él me mata, le seguiré alabando».

 

En su siervo Job, como en los mártires de todos los tiempos, Satanás es vencido y humillado, y Dios obtiene la victoria.

 

La persistencia histórica del hecho martirial muestra la presencia del Maligno y de un misterio de iniquidad

 

¿Es esta una historia que sucedió sólo una vez? ¿O sigue sucediendo en la lucha diaria de la Iglesia hasta el final de los tiempos?

La respuesta es obvia. La persistencia histórica del hecho martirial muestra la presencia del Maligno y de un misterio de iniquidad tremendamente activo y violento.

 

Es el misterio del mal en el mundo. De hecho cuesta pensar que los hombres puedan ser tan crueles y desarrollar persecuciones y torturas tan espeluznantes si no son inspirados por Satanás que mueve los hilos de sus voluntades.

 

Es la expresión del odio, del misterio de la iniquidad hacia los justos de Dios y hacia el único Justo, Jesucristo. Igual que la cruz de Cristo es signo del rechazo del mundo a la luz de Dios, también lo es el martirio de los creyentes

 

El siglo XX, el más martirial de la historia de la Iglesia, y nada hace pensar que el recién estrenado siglo XXI vaya a ser diferente.

Con motivo del gran Jubileo del Año 2000, estaba prevista en el Calendario Jubilar la celebración de una conmemoración ecuménica de los «nuevos mártires» del siglo XX. Ante la imposibilidad de elaborar una lista de todos los mártires, se acordó, de forma unánime, celebrar la memoria de «los testigos de la fe» del siglo XX, que tuvo lugar en Roma el 7 de mayo del 2000.

 

En aquella solemne celebración, el Papa Juan Pablo II dijo: “La experiencia de los mártires y de los testigos de la fe no es característica sólo de la Iglesia de los primeros tiempos, sino que marca también todas las épocas de su historia. En el siglo XX, tal vez más que en el primer período del cristianismo, son muchos los que dieron testimonio de la fe con sufrimientos a menudo heroicos. Que permanezca viva la memoria de estos hermanos y hermanas nuestros a lo largo del siglo y del milenio recién comenzados. Más aún ¡que crezca!”  (Juan Pablo II, Homilía en la Conmemoración ecuménica de los Testigos de la fe).

Se puede, equivocadamente, pensar que el mártir es un personaje del pasado, perteneciente a otros tiempos menos apacibles de la vida de la Iglesia. Nada más lejos de la realidad, pues sigue habiendo hoy mártires, contemporáneos nuestros, en diversos puntos de la geografía mundial. No es difícil traer a la memoria los mártires de la persecución religiosa en España, en los campos de concentración nazis y soviéticos; y las víctimas de los fundamentalismos religiosos en los países musulmanes, los mártires de la caridad, de la justicia y de la paz, los misioneros asesinados en algunos países del tercer mundo, y las comunidades cristianas que viven su fe amenazadas cada día.

De la multitud de mártires que la Iglesia ha conocido en estos dos milenios, casi el setenta por ciento han entregado su vida por Cristo en el siglo XX. Este siglo ha sido, con gran diferencia, la época más martirial de toda la historia de la Iglesia y nada hace pensar que el recién estrenado siglo XXI sea diferente. Los tiempos actuales seguirán probando a la Iglesia como el oro en el crisol.

Dispuestos a ser testigos de Cristo hasta con la entrega de la propia vida

En medio de esta sociedad, que rechaza los valores absolutos y pierde el sentido de lo sagrado, los cristianos debemos mantenernos firmes en la fe, fuertes en al amor a Dios y dispuestos a dar testimonio de Él, hasta con la entrega de la propia vida. Unidos a Cristo y afianzados en Él, podremos ofrecer al mundo la verdad y el amor verdaderos, que necesita y que busca a ciegas en tantos ídolos que no salvan.

 

Ante el relativismo moral reinante, el cristiano debe ser un testigo valiente, que ofrezca al mundo testimonio de la Verdad absoluta, que da sentido a la vida. Un cristianismo que entendiese que su misión es tan sólo enseñar una religiosidad vaga que no desentone con los tiempos no tendría nada que decir al mundo, ni tampoco nada que enseñar. Un cristianismo así podría ser abandonado tranquilamente. Una ratificación cristiana del estilo el mundo sería una traición, en la que no pocos caen en nuestro tiempo. Lo que tiene derecho a esperar el hombre actual es un testimonio coherente, y muchas veces martirial, que como la sal profética, arde, quema, denuncia y transforma.

    

 Que en toda ocasión propicia seamos testigos de Jesucristo, dando testimonio explícito de la verdad del Evangelio. Este testimonio siempre ha sido necesario; con mayor urgencia en este tiempo en el que la fe en Cristo y el conocimiento de su vida y sus misterios ya no puede darse por supuesto por parte de muchos.

El testimonio hay que darlo con palabras y con obras para mostrar la coherencia en nuestra vida. No dudemos nunca en defender la verdad por encima de todo, obrando siempre como hijos de la luz: «Todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día; no sois hijos de la noche ni de las tinieblas» (1 Ts 5, 5).

 

Afirma Mons. Ricardo Blázquez: “El martirio es como un “test” de la verdad del cristianismo; es, podemos decir, un control de calidad. Los mártires acreditan con su vida la Realidad de lo que creen y esperan, desenmascarando la tentación de convertir las realidades creídas en palabras, interpretaciones, ideas, símbolos o proyecciones”.

 

En nuestro propio ambiente, en nuestras familias, en nuestros lugares de trabajo o estudio, en nuestras parroquias; y en el estado de vida al que hemos sido llamados debemos estar dispuestos a escuchar la voz de Cristo y desde esta experiencia, a ser testigos de su amor.

 

Urge, pues, que todos, sacerdotes, consagrados y fieles laicos, emprendamos una acción misionera valiente y decidida. El ejemplo admirable de los mártires es una ayuda y un estímulo en esta tarea.

No permitamos que nuestra vida de fe se acomode, en una sociedad que ya no es  cristiana. Ahora se nos pide también a nosotros el testimonio valeroso y exigente, que han ofrecido los mártires. Ellos nos han marcado el camino por donde han de conducirse los pasos de la Iglesia en este nuevo milenio. A nosotros nos toca, con la gracia de Dios, seguir sus huellas.

Antonio Gómez Mir, Pbro. Consiliario de Hispania Martyr