En el 72 aniversario del martirio del Obispo de Teruel

 

HOMENAJE MARTIRIAL AL BEATO
ANSELMO POLANCO
EN PONT DE MOLINS

 

 

 

El pasado 11 de junio de 2011 tuvo lugar el tradicional encuentro en Pont de Molins, pueblo de Gerona, próximo a la frontera con Francia, lugar de la inmolación el 7 de febrero de 1939 del Beato Obispo de Teruel Mons. Anselmo Polanco Fontecha, de su Vicario el Beato P. Felipe Ripoll, y del Canónigo de Albarracion P. Javier García Blasco, en proceso de beatificación.

 

 

 

 

 

 

Socios de Hispania Martyr de distintos puntos de Cataluña se unieron a devotos gerundenses del beato mártir ante el monumento en su día erigido en el lugar del martirio, en medio del bosque, en el camino llamado de “Can Tretze”, donde fueron asimismo asesinados cuarenta prisioneros de guerra capturados en la toma de Teruel por el ejercito republicano en enero de 1938.

 

El Monumento con sus leyendas, en tiempos de gloria, venerado por religiosos agustinos.

 

 

 

 

 

 

 

 

D. Francisco Picas ante el monumento en 2007, profanado, como lo sería en años posteriores

 

Visitado el lugar días antes, los organizadores advirtieron que, una vez más, los enemigos de los mártires habían sometido el monumento a vejación, embadurnándolo con pintadas injuriosas y ofensivas, e intentado derribar su cruz. Fue preciso, como cada año, encargar su restauración a una empresa especializada que tuvo que desplazarse con medios técnicos para proceder a su limpieza, empleando más de 5.000 litros de líquido limpiador, y cuyo coste ha sido superior a 1.500 €.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

El Monumento ya limpio en 2010. Sobre los restos de la lápida derecha arrancada, se había pegado con cemento un injurioso manifiesto protegido con metacrilato (foto derecha), en el que se leía:  

 

IN MEMORIAM. Pedro Díaz, Comandante Jefe de la columna de las Brigadas de Lister

El día 7 de febrero de 1939, pasadas las 10:00 horas de la mañana, en cumplimiento del deber y fiel al Gobierno constituido, lo demostró claramente: Ejecutó, mediante Juicio Sumarísimo a 42 “facciosos”, entre ellos al fanático padre Polanco, Obispo de Teruel… Su gesta en circunstancias difíciles, vista con la perspectiva del tiempo, no hace más que aumentar su figura, que un régimen totalitario nacionalsindicalista intentó borrar durante muchos años. Dios sabrá recompensar su heroísmo. Pont de Molins a 7 de febrero de 2010

 

Se trataba de una extraña y perversa esquela, ya que lo usual en un escrito “in memoriam” es que se recuerde a una persona que murió, mientras que aquí se invocaba a quien asesinó sin juicio alguno a 42 personas indefensas, evacuados de la Cruz Roja y prisioneros de guerra. Asesinar a 42 prisioneros no es ninguna gesta, es un abominable crimen condenado por las más elementales normas internacionales de guerra. ¿Es ésta la memoria a recuperar?

 

A las 11,30 de la mañana del pasado sábado 11 de junio, comenzaba el Vía Crucis por el camino que va desde la carretera hasta el monumento. Llegados al lugar martirial, tras un breve acto de plegaria, el hermano marista Federico Plumed recordó distintos momentos de la vida y muerte del Beato Polanco. Seguidamente el Presidente de Hispania Martyr D. Arcadio del Pozo expuso la ejemplar tarea llevada a cabo por tan benemérita Asociación en aras de la glorificación de nuestros mártires, y D. José Javier Echave-Sustaeta, presidente de Regina Martyrum, comparó los ataques de que en su día fue objeto la beatificación de Mons. Polanco con los actualmente desatados contra la de Mons. Manuel Irurita, Obispo de Barcelona.

 

Cerró el acto el Presidente Honorario de Hispania Martyr D. Francisco Picas con las siguientes palabras:

 

 “El beato Anselmo Polanco Fontecha nació en 1881en una humilde familia campesina de Palencia. Estudió con los Padres Agustinos, destacando por su inteligencia. Ordenado sacerdote, fue consagrado Obispo de Teruel en agosto de 1935, donde ejerció gran labor social a favor de los pobres, la educación de los niños y la ayuda a los enfermos.

 

Cuando llegó la guerra en 1936, pese a los peligros, no quiso abandonar la ciudad. Durante el cerco de Teruel, para resguardarse de las bombas, se refugió con muchas familias en los sótanos de la Catedral.

 

Al entrar en la ciudad las tropas republicanas en enero de 1938, no ocultando su condición de obispo, fue detenido e insultado, y le arrancaron con odio la cruz pectoral que llevaba sobre su pecho.

 

Fue llevado preso a un penal de Valencia, de donde le trasladaron prisionero a Barcelona, y finalmente, en enero de 1939, en la retirada del ejército republicano, le condujeron preso hasta la frontera ampurdanesa con Francia, donde el 7 de febrero de 1939 fue asesinado sin juicio ni piedad junto a su Vicario Felipe Ripoll por tropas de Lister, quemando luego sus cadáveres. Fue un crimen injusto.

 

D. Francisco Picas en su alocución. Obsérvese el deterioro del tronco y brazos de la cruz en su intento de destrozo.

  

Estas tropas de Lister en su retirada, antes de pasar la frontera, asesinaron también en el mismo bosque a 42 prisioneros de guerra, jefes, oficiales y soldados, haciendo caso omiso de las leyes internacionales que prohíben torturar y asesinar a prisioneros. El monumento también los recuerda.

 

Este monumento merece gran respeto y devoción de los católicos ampurdaneses y de todo buen cristiano. Sus piedras, impregnadas de la sangre del Obispo Mártir de la fe Mons. Polanco, y la de su Vicario Felipe Ripoll, beatificados por el hoy también Beato Juan Pablo II en 1995, son dignas de ser besadas religiosamente.

 

La ceguera política, tónica de nuestro tiempo, ha provocado que gentes ignorantes de la historia, cegadas por una política sesgada, hayan ensuciado diversas veces el Monumento con pintadas insultantes, barriobajeras e indecentes. Perdonadles, señor Obispo Polanco, pues no saben lo que hacen. Si estos jóvenes u hombres, engañados por políticas equivocadas, conociesen la bondad de aquel santo obispo, hijo de humildes campesinos de Castilla, se avergonzarían de sus actos y respetarían su memoria y el Monumento.

 

En el 75 aniversario del inicio de la persecución religiosa en Cataluña, Hispania Martyr en colaboración con los obispados de Teuel y de Gerona, ha organizado un encuentro ante este Monumento, una Misa en el Santuario de Nuestra Señora de la Salud, y una comida de hermandad. Roguemos al Obispo Polanco por la paz y la concordia ciudadana.”

 

Como despedida se entonó en catalán el popular “Crec en un Deu” (Creo en un Dios), del Maestro Rumeu, canto con el que nuestros mártires iban alegres al martirio, expresión de su fe y de la causa de su muerte.

 

Seguidamente se accedió al Santuario de Nuestra Señora de la Salud, patrona del Ampurdán, en la cercana localidad de Terrades, donde tuvo lugar el acto religioso, seguido de un almuerzo de hermandad en el restaurante del propio Santuario.

 

Hispania Martyr

 

  EL BEATO ANSELMO POLANCO, PASTOR QUE DIO LA VIDA POR SUS OVEJAS

 

José Javier Echave-Sustaeta del Villar

 

 

Mosaico del Beato Mártir Anselmo Polanco en la Parroquia de Pont de Molins

 

«Sufrió escarnio, cadena y cárcel, sometido a prueba, cayó a filo de espada» por el grave delito de ser representante de un Dios de amor.

 

El 1 de octubre de 1995 Su Santidad el Papa Juan Pablo II desde la Basílica de San Pedro  proclamaba a toda la Cristiandad:

 

«Nos, acogiendo los deseos de nuestros hermanos en el Episcopado, y de numerosos fieles, con Nuestra Autoridad Apostólica, declaramos que el Venerable Siervo de Dios Anselmo Polanco Fontecha, de ahora en adelante puede ser llamado Beato, y se podrá celebrar su fiesta el 7 de febrero, día de su tránsito al Cielo.»

  

Eustaquio, obispo de Sigüenza; Salvio, obispo de Lérida; Cruz, obispo de Cuenca; Florentino, obispo de Barbastro; Miguel, obispo de Segorbe; Manuel, obispo de Jaén; Narciso, obispo de Ciudad Real; Manuel, obispo auxiliar de Tarragona; Diego, obispo de Almería; Manuel, obispo de Guadix; Juan de Dios, administrador apostólico de Orihuela; y Manuel, obispo de Barcelona, habían blanqueado sus túnicas con la sangre del Cordero en los primeros meses de la gran tribulación de la Iglesia de España en 1936.

 

Marcados con el sello, estaban ante el Trono de Dios alabándole día y noche. Sabían ya que Anselmo, obispo de Teruel también había sido elegido, y le esperaban, pero se les dijo que debían aguardar aun un corto tiempo hasta que se completara el número de los sacrificados por su causa.

 

El Beato Mártir Anselmo Polanco buscaba desde pequeño el camino más fácil para llegar cuanto antes al Cielo.

 

Anselmo había escogido por lema episcopal el del mártir Pablo: «Con gusto me agotaré y consumiré por vuestras almas». La consunción supuso trece largos meses de cruel cautiverio en manos de sus verdugos, hasta el día de su fiesta, el 7 de febrero de 1939, en Pont de Molins, pueblo gerundense cercano a la frontera francesa, al que fue llevado preso por el Gobierno republicano en su retirada en los últimos días de guerra en Cataluña.

 

Anselmo, hijo de campesinos de la Valdavia palentina, se escapó siendo niño de casa para ascender al monte más alto del contorno, porque pensaba que desde allí le sería más fácil llegar cuanto antes al Cielo. Era inquieto e impaciente, se sabía llamado a subir al monte de la mirra, pero entonces ignoraba que antes debía consumirse por las almas de sus hermanos durante 50 años.

Casa natal del Beato en Buenavista de Valdavia.

 

Recibió muy joven el hábito de san Agustín y ya no lo dejó. Con él y su cruz pectoral a la vista, calzando unas rotas alpargatas, salió pisando la nieve de las ruinas del convento de Santa Clara el 7 de enero de 1938, rodeado de su Vicario –el también beatificado don Felipe Ripoll  - y de una docena de sus sacerdotes. Salió de su sede de Teruel como evacuado civil confiado a la Cruz Roja 1nternacional, según lo acordado en la rendición, pero el Gobierno republicano nunca le reconoció como tal, sino que lo trató como un prisionero militar más, pues así convenía a su propaganda de justificar la persecución religiosa por la pretendida connivencia de la Iglesia con los militares alzados. Tal justificación se ha reproducido en nuestros días, pero el Papa, hablando con «Nuestra Autoridad Apostólica», la ha desmentido así en la homilía de beatificación:

«Ante la disyuntiva de abandonar las exigencias de la fe, o morir por ella, robustecido por la gracia de Dios, el mártir puso la vida en sus manos».

 

Durante su cautiverio recibió del cardenal Verdier un preciado regalo que le había pedido a través de un mediador: una reliquia de santa Teresita del Niño Jesús que llevó consigo hasta la muerte. No es difícil imaginar el pacto que hiciera el Obispo con la Santa que tantas ansias había manifestado de ser mártir de Cristo en la Gran Persecución. Quizá entonces también convinieron que su beatificación se celebrara el 1 de Octubre, día de su fiesta.

 

Un fraile que no quería ser obispo

 

Fray Anselmo no era sabio, ni importante ni diplomático. Era tímido e impresionable, pero siempre decía lo que pensaba y hacía lo que decía. Y pensaba y decía que lo primero era buscar la salvación de las almas. Eran tiempos de persecución legal por el poder político anticristiano, preparatorio de su posterior fase sangrienta. Por ello Dios quiso nombrarle obispo de Teruel.

 

Corría el año 1935 y fray Anselmo sabía con mayor certeza que a sus ocho años, que lo importante era llegar cuanto antes al Cielo, por eso aceptó el nombramiento. Lo dice en su primera pastoral, haciendo suyo el diálogo del profeta con Dios: «Como a Jeremías, cuando el Señor le intimó su voluntad de constituirle en heraldo suyo cerca del pueblo de Israel, la propia pequeñez se mostró patente y manifiesta a nuestros ojos, y a imitación del profeta exclamamos: ¡Ah, ah, Señor, Dios mío, que no reúno condiciones para el ministerio sublime que intentas confiarme: soy inepto e incapaz de desempeñarlo debidamente, no me impongas una misión desproporcionada a mis fuerzas! ... » Pero la voz imperativa de Dios insistió: "No alegues ni pares mientes en tus ruines cualidades; irás a todo lo que yo te envíe y serás mensajero de cuanto te encomendare".

»Así, hermanos, hubimos de rendirnos a las solemnes disposiciones del Altísimo, y ved por qué, con temor y temblor, damos comienzo a las tareas episcopales, encaminadas a procurar vuestra salvación, íntimamente unida desde hoya la nuestra. Concluyamos con San Pablo: Consideradnos como ministro de Cristo y dispensador de los misterios de Dios, pues que no la arbitrariedad ni el capricho nos han colocado en este puesto, honroso sí, pero de responsabilidad tremenda, ya que hemos de dar cuenta de vuestras almas; es Dios mismo quien, sin méritos por nuestra parte, ha querido encumbramos y servirse, conforme a sus designios providenciales, de nuestra insignificancia en la obra excelsa y difícil del régimen y dirección de los fieles de estas amadas diócesis de Teruel y Albarracín.”

 

«He venido a dar la vida por mis ovejas»

 

Juan Pablo II nos recuerda en su homilía de beatificación: «Como un presentimiento decía el día de su entrada en la diócesis: "He venido a dar la vida por mis ovejas"», y como también el nuevo beato había dicho: «A semejanza de los Apóstoles, Nos ha elegido el Señor para que vayamos delante de vosotros y llevemos frutos de vida y esos frutos sean duraderos... Esto es lo que exige de Nos al hacemos Prelado vuestro. Debemos ser luz que os ilumine, sal que preserve las almas de la corrupción de la culpa, Pastor vigilante y abnegado, que no sólo guarde a sus ovejas y las conduzca solícito a los pastos de vida eterna, sino que está dispuesto a sufrir la muerte por ellas como el buen Pastor, Jesús, modelo y dechado de Pastores.”

 

A pesar de los terrores que nos asaltan y que en realidad no carecen de fundamento, abrigamos la persuasión de que Dios, que no abandona a los que se apoyan en Él, ha de suplir la natural deficiencia acudiendo en auxilio de nuestra debilidadSi, pues, al fijamos en nuestra pequeñez experimentamos cierto decaimiento y nos sentimos abrumados por el peso de la carga, cuando reflexionamos que el poder y misericordia de Dios nos asisten con las gracias de estado y que no faltan otras circunstancias propicias al éxito de la empresa a Nos encomendada, cobramos energías y nos atrevemos a concebir esperanzas halagüeñas.”

 

«Quiso permanecer al lado de su grey en medio de los peligros»

 

En el verano de 1936 el Obispo, que no dejaba de ser fray Anselmo, ve, como todos, llegar la tormenta, y fiel a su lema quiso preparar sobrenaturalmente a sus sacerdotes con ejercicios espirituales, pero no tenía dinero para mantenerlos, por eso escribió a su amigo Manuel Irurita, quien a vuelta de correo le envió mil pesetas. Con ellas pudo encerrarse una semana con sus sacerdotes en el seminario.

 

A los pocos días se produjo el Alzamiento y se desencadenó la guerra. Su sede de Teruel quedó en el frente, a dos kilómetros de la línea de fuego. Voces prudentes le aconsejaron retirarse a zona más segura, ante el inminente peligro de caer en manos del enemigo. Su respuesta fue: « ¿Te parece digno que abandone yo a mis ovejas en tales momentos, sólo porque merodea el lobo por las cercanías del aprisco?»

 

A los sacerdotes que no tenían cura de almas en la ciudad les permitió marchar, pero él se ofreció al sacrificio voluntariamente, como recuerda el Papa en su homilía:

«Quiso permanecer al lado de su grey en medio de los peligros, y sólo por la fuerza fue separado de ella».

 

Plaza del Obispo Polanco en Teruel

 

Ocasiones no le faltaron. El frente se hallaba estabilizado cuando en marzo de 1937 viajó a Valladolid al entierro de su obispo. Comenzaron a sonar voces con su nombre como sustituto, pero rechazó toda insinuación. Visitó a su anciana madre en el pueblo, que le despidió con estas palabras: «Anselmo, tú a ser bueno. La obligación ante todo. Tu sitio está allí, donde te necesitan».

 

En agosto su santa madre enfermó gravemente. Quiso viajar en tren, pues no quería gastar en un coche. Le disuadieron por la urgencia y llegó a tiempo de darle la

Extremaunción, falleciendo en el Señor el día de la Asunción de María. Se entrevistó con Monseñor Antoniutti, delegado oficioso del Papa, quien le rogó porfiadamente que no volviera a Teruel, al igual que otros muchos amigos que alegaban que otros dignísimos prelados habían trasladado provisionalmente su sede a zona segura, a los que respondió: «Tendrán seguramente razones que yo no tengo». Pero al replicarle que una cosa era el valor y otra la temeridad, contestó: « Si eso valiera, nadie quedaría en las trincheras ni en los frentes de batalla. Mi trinchera y mi aprisco es Teruel.”

 

 Dios permite la persecución y la guerra para obtener mayores bienes

 

Desde la perspectiva agustiniana de la teología de la Historia, confortó a sus diocesanos sobre la causa y el sentido de tanto sufrimiento y calamidad, pero, sobre todo, les alentó en la confianza en la providencia amorosa de Dios con nuestra patria: «En la guerra cruentísima que se ha librado y aun está librándose en el suelo español entre los defensores de la Religión, de la Patria y del orden y quienes alardean de llamarse a sí mismos los sin Dios y sus aliados, no han sido nuestras Diócesis de Teruel y Albarracín las menos castigadas por el temible azote. Ya desde los comienzos de la lucha fueron invadidos la mayor parte de los pueblos por las hordas marxistas que a mansalva cometieron toda clase de atropellos y crímenes, habiendo sido las personas y cosas sagradas el blanco principal del su furor. No pocos sacerdotes -ignórase todavía el número fijo- murieron mártires de la fe, otros viéronse precisados a huir para conservar la vida llegando a nuestra ciudad harapientos y maltrechos con el terror y el espanto pintados en el semblante, sin hábitos talares y privados de recursos; bastantes debieron errar vagabundos y ocultos por riscos y breñas a fin de escapar a la ira de sus perseguidores; en suma: cabe aplicar a estos ministros del Señor lo que dice San Pablo en su Epístola a los Hebreos: "Sufrieron escarnios además de cadena y cárceles... , cayeron a filo de espada, anduvieron girando de acá para allá ... , desamparados, angustiados, maltrechos, yendo perdidos por las soledades y montes y recogiéndose en las cuevas y cavernas de la tierra". Y todo ello ¡por el grave delito de ser representantes de un Dios de bondad y amor...!  »Amadísimos Sacerdotes, víctimas inocentes de la barbarie roja! A imitación del Príncipe y modelo de Sacerdotes Cristo Jesús, ofreced vuestros trabajos y penalidades por esos pobres desgraciados y suplicad con el divino Maestro: "Padre mío, perdónales, porque no saben lo que hacen".»

 

En los planes de la Providencia la guerra es una prueba y un castigo

 

»Las calamidades que se han cebado en España constituyen una prueba y un castigo. Toleraremos la primera, acatando los designios del Omnipotente: ¿quién sería tan necio y osado que le pidiese cuentas de sus disposiciones? Bástenos la certeza de que ni la hoja del árbol se mueve sin la intervención de la voluntad divina y que todos los acontecimientos, así prósperos como adversos, "contribuyen al bien de los que aman a Dios, de aquellos que Él ha llamado según su decreto para ser santos".

 

"El dolor purifica y eleva, es el instrumento que diestramente manejado por la mano del Soberano Artífice transforma las almas y las perfecciona, modelándolas y haciéndolas conforme a la imagen de Cristo crucificado." Para encajar en el edificio místico de la Iglesia a manera de piedras vivas que le hermoseen y engrandezcan, es precisa la operación previa de pulimento, la cual sólo puede conseguirse a golpes del martillo de la tribulación. ¡Benditos trabajos de les que provienen tan señalados beneficios...

 

»Prosigamos ahondando en el estudio del porqué de la tribulación. Esta, además del carácter de prueba, que se verifica principalmente en los justos, tiene el de castigo respecto de los pecadores. Al sometemos a ella, Dios se propone nuestra enmienda y conversión. "No rehúses la corrección del Señor ni desmayes cuando Él te castigue, porque obra así en los que ama y en los cuales ha puesto su afecto como un padre en sus hijos". A los descarriados, reacios a las insinuaciones persuasivas con que intenta inducirlos al arrepentimiento, trata de vencerlos y atraerlos a Sí valiéndose de las penas y tribulaciones.

 

“La parábola del Hijo pródigo deja a menudo de serlo para trocarse en consoladora realidad. »En la tragedia que está viviendo España muéstrese de un modo manifiesto este proceder de Dios. Nos flagela duramente, pero entre los trallazos del castigo se vislumbra el gesto amoroso del Padre que le templa como recurso eficaz para corregir a los hijos prevaricadores. Ya se van notando los efectos.»

 

Frente al laicismo, causa del mal, urge restablecer la ley de Dios

 

»Prescindías de Dios en las alturas del gobierno; más aún, su nombre santo era objeto de burlas y desprecios. La legislación y las instituciones rezumaban laicismo. La Iglesia y sus ministros sañudamente perseguidos, y conculcados sus derechos... Se ha de restablecer el imperio de la recta razón que es, al fin y a la postre, el de Dios, quien, saliendo por sus fueros culpablemente desconocidos y violados, nos recuerda la obligación en que estamos de sometemos a su Ley... »

 

El momento no puede ser más oportuno. Dios ha abierto profundos surcos en el campo de labor, cuyo cultivo os está encomendado; con el arado de la tribulación reciente y la semilla escogida que en ellos se deposite producirá copiosos y sazonados frutos.

 

»No seamos sordos a la voz que nos aterra para salvarnos, y sirvan los trastornos y las adversidades presentes de escarmiento y saludable advertencia que suscite en nosotros la firme resolución de vivir siempre como católicos prácticos y buenos españoles.

 

«Abandone el impío su camino y el inicuo sus designios, y conviértase al Señor, el cual se apiadará de él, y a nuestro Dios que es generosísimo en perdonar... Cobrad animo, pues el Señor ha venido a probaros y para que su temor se imprima en vosotros y no pequéis...» De esta manera, Venerables Hermanos y amadísimos Hijos, la sangre vertida resultará fecunda, al llanto y luto sucederá la alegría, a la guerra implacable y destructora la bienhechora paz, y lloverán sobre todos vosotros las bendiciones del cielo que de corazón pedimos, en prenda de las cuales os damos la nuestra en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. »Teruel, Domingo de Pasión, 14 de marzo de 1937.»

 

Poco después, en julio,1a Carta Colectiva de los obispos se expresaba en parecidos términos: la Iglesia de España era mártir de Jesucristo Rey. La Iglesia no tuvo la más leve intervención en los hechos militares. Anselmo Polanco firmó la Carta con sincera adhesión a su propio sentir, sabiendo a lo que se exponía, hallándose en línea de fuego. Sus verdugos no se lo perdonarían. Fue el único obispo que capturaron tras la firma colectiva; por eso se la hicieron rubricar con su sangre.

 

«Sólo por la fuerza fue separado de su rebaño»

 

En diciembre de 1937 comenzó la ofensiva sobre Teruel y la ciudad quedó cercada. Los defensores se parapetaron en el seminario y en el convento de Santa Clara. El obispo rezaba, confesaba y ayudaba a bien morir, exhortando a llevar con resignación las penalidades del asedio. Cada día presidía el rezo del rosario, al que se sumaban los militares libres de servicio. En la Nochebuena, entre el estruendo de las bombas, ofreció la misa del gallo por los vivos y por los muertos.

 

 Tras momentos de fallida esperanza de liberación y de dos semanas de bombardeo y asaltos, capituló la plaza. Se estipuló que los civiles serían evacuados por la Cruz Roja. El obispo, su Vicario episcopal, el Canónigo magistral de Albarracín y los sacerdotes refugiados con ellos, salieron de entre las ruinas y se entregaron a las autoridades republicanas.

 

El corresponsal del Daily Express lo describe así: «Después de mediodía el Obispo de Teruel fue sacado de entre las ruinas con negra barba no rasurada desde varios días, las mejillas pálidas y enjutas, abrigado el cuello con una bufanda negra, y un gorro en la cabeza.

 

El Beato Felipe Ripoll Morata

 

Los feroces dinamiteros no mostraron alegría al verle preso, ni hicieron gesto alguno poco correcto. También ellos sintieron compasión, viendo al Obispo en aquella forma confundido con otros prisioneros. Alguien le dio un vaso de agua. El Obispo manifestó su gratitud con una sonrisa.”

 

«Fue llevado de acá para allá, sufrió escarnio además de cadena y cárcel»

 

Fueron llevados presos a una cárcel de Valencia, y una semana después, el 17 de enero de 1938, el obispo y sus ayudantes fueron conducidos a Barcelona junto con los jefes militares defensores de Teruel. Llamado a declarar, ante la imputación de haber alentado la resistencia, respondió: «Yo nunca me salí de mis atribuciones».

 

Preguntado sobre el trato recibido, dijo: «Del trato no estoy quejoso, protesto, sin embargo de que, siendo como soy evacuado de la Cruz Roja, se me tenga prisionero e incomunicado».

 

Resultaba embarazoso al Gobierno republicano, en pleno año 1938, cuando Azaña lanzaba su proclama  de “Paz, Piedad y Perdón” y su intención de autorizar el culto religioso, tener encarcelado a un obispo de la Iglesia católica sin proceso alguno. En mayo se le enjuició por haber puesto la firma en la «Carta del Episcopado ». El Juez especial nombrado no logró hablar con el Obispo, a pesar de haberlo solicitado repetidas veces.

 

A fines de septiembre le llevaron a su prisión el pliego de cargos para que los contestara. El cargo único era el haber suscrito la Carta Colectiva del Episcopado. El obispo pidió al Padre Torrent, Vicario General de Barcelona que le visitaba, le trajera el «Codex» para argumentar su defensa, y le expuso la línea de su contenido. Así lo narra éste: « Vino a decir:  Hay en la carta doctrina y hechos. Ahora bien: 1: En punto a la doctrina, nada puedo rectificar; es la doctrina de la Iglesia. 2: En punto a los hechos aducidos en la Carta, por muy serenas, diligentes y de fiar que hayan sido las informaciones, cabe todavía error, si no de conjunto y substancial, por lo menos en alguna cifra o dato, que nunca desvirtuará la tesis, haciendo menos sólida e irrebatible su argumentación. Así pues: demostrándoseme que hay error, lo rectificaré con gusto; mas en el hueco del dato erróneo, eliminado y rectificado, yo puedo colocar otros de los que fui testigo; por ejemplo, los crímenes rojos de Albarracín, que no puedo ni debo silenciar

 

El obispo entregó la contestación a los cargos, y tras ello ya no se practicó diligencia alguna. El expediente fue archivado. El fiscal de la República y el Gobierno ante el tono firme y acusador del descargo debieron estimar mejor no airear más el caso. El mártir siguió prisionero junto a su vicario y canónigo, con los jefes militares.

 

«! Ay de vosotros, guías ciegos, que decís que no sois cómplices de la sangre de los profetas!»

 

Si la situación era embarazosa para el Gobierno, resultaba aun más insostenible para los políticos “católicos” que colaboraban con él.

 

Viendo el sesgo desfavorable de la guerra, se presentó un programa de moderación que incluía el libre ejercicio de prácticas religiosas, pero para su credibilidad había que resolver el asunto Polanco, que se confió al católico ministro de Justicia Manuel Irujo. Éste encomendó la gestión a uno de sus adláteres de confianza, el canónigo Alberto Onaindía, quien visitó al obispo en la cárcel en marzo de 1938, ofreciéndole en nombre del Gobierno la libertad a cambio de dos condiciones.

 

De la entrevista cuenta el Vicario Padre Torrent que Onaindía le espetó: « Padre Torrent ¿Porque lleva el señor Obispo a tal extremo su intransigencia y terquedad, que, habiéndole yo dicho: -Mañana mismo pasará su Ilustrísima la frontera, si promete no volver a la España facciosa, ha llegado a responderme: "- Señor Onaindía, soy Obispo católico y debo estar a las órdenes del Romano Pontífice. No puedo, de consiguiente, aceptar esa condición, aunque el rechazarla me cueste la libertad y la vida".» Ante tan categórica respuesta el emisario ya no se atrevió a insinuarle la segunda condición, que sería la de reconocer haber sido presionado a firmar la Carta del Episcopado.

 

Mucho se ha escrito sobre distintas gestiones llevadas a cabo por mediación del cardenal Verdier y otros eclesiásticos, para la liberación del Obispo durante los trece meses en que estuvo preso del Gobierno, canalizadas través de dirigentes nacionalistas vascos aliados al Gobierno republicano, y de sus también aliados de Unión Democrática en Cataluña. Todas fracasaron.

 

No parecía tan difícil para unos políticos que se presentaban como católicos, miembros o aliados de un gobierno que sabía ya perdida la guerra, exigir, sin condición previa alguna, la libertad de un obispo de la Iglesia, evacuado de una ciudad ocupada en una operación militar, y frente a quien no existía proceso judicial abierto, largos meses preso e incomunicado, por más que discrepasen de su actuación pastoral.

 

Con distintos pretextos, pero siempre proponiéndole la  libertad a cambio de concesiones, vinieron a visitarle en la cárcel, no sin exponerse a críticas y burlas de sus compañeros de gabinete, José Antonio Aguirre, presidente de la República de Euzkadi, y el ministro de Justicia de la República Española, el también católico vasco Manuel Irujo, besándole la mano en signo de sumisión como sucesor de los apóstoles. Querían sinceramente liberarle, ofreciéndole condiciones que ellos tenían por aceptables. No pudieron entenderse porque partían de base distinta y hablaban también distinto lenguaje. Los dignatarios dijeron que la lamentable situación del obispo se debía a su conducta imprudente, mientras que el mártir sabía que la causa de su sufrimiento era ser fiel testigo de Cristo. Hablaba éste el lenguaje sobrenatural de la gracia, del pecado y de la salvación de las almas, buscando primero el Reino de Dios y su justicia; mientras sus interlocutores buscaban primero la añadidura, a través de trueques y transacciones. Eran católicos sí, pero en el ámbito privado; públicamente antes eran liberales, nacionalistas o demócratas, y por ello, su catolicismo debía limitarse a la medida en que pudiera ser compatible con lo primero.

 

El obispo les confesó que no alcanzaba a comprender cómo diciéndose católicos habían podido aliarse con el diablo. El diálogo fue imposible. En definitiva, que fracasaran tantas gestiones y mediaciones de personas diplomáticas y muchas bien intencionadas, pone de manifiesto que no hay sabiduría ni habilidad, ni fuerza humana capaz de impedir la gloria del martirio a aquellos que Cristo, Rey de los mártires, ha predestinado, y fray Anselmo Polanco era uno de ellos.

 

«Y sometido a prueba, cayó a filo de espada»

 

Tras pedir y obtener autorización expresa del subsecretario de Defensa, el 30 de julio de 1938 el padre Torrent le llevo la Comunión al obispo, y a sus sacerdotes compañeros de cautiverio y les autorizó a celebrar misa en su celda. Las mujeres de la capilla vasca, dependiente del gobierno de Euzkadi, le llevaron casulla y ornamentos, pero el obispo preso se negó a recibir nada de ellas, por lo que tuvieron que entregárselo al Vicario Episcopal para que se lo hiciera llegar. Cada quince días le llevaba formas y vino. La primera misa, al cabo de 8 meses, pudo decirla el 28 de agosto, fiesta de san Agustín.

 

Placa instalada en la casa de Pont de Molins en que estuvieron presos los Beatos Polanco y Ripoll

los últimos días de su vida terrena en febrero de 1939

 

 

Cuando en enero de 1939 las tropas nacionales se acercan a Barcelona el Gobierno en su retirada ordena que el obispo y sus compañeros sean llevados a Capdevánol, y luego a Ripoll, San Juan de las Abadesas y a Pont de Molins, desde donde ven a pocos kilómetros la nieve de los Pirineos que marca la frontera, y con ella la libertad. Algunos oficiales de prisiones que les habían cobrado afecto durante tantos meses de custodia, quisieron liberarles ante la desbandada general, pero llegó orden de Vicente Rojo de que «el Obispo de Teruel y demás personalidades de relieve fueran llevada a Valencia desde Rosas

 

En la mañana del 7 de febrero de 1939 se presenta en “Can Boach” de Pont de Molins, donde estaban recluidos los prisioneros, el Jefe de la Columna de las Brigadas de Lister, Pedro Díaz con 40 de sus hombres. Obliga por la fuerza al Teniente de Guardia, Ángel Giménez y sus vigilantes a que se retiren y entreguen a los evacuados de la Cruz Roja y prisioneros de guerra. Son encerrados, y atados de dos en dos, llevados unos kilómetros en una camioneta, y luego a pie hasta el fondo del barranco de “Can Tretze” en grupos de 14. Deben hacer 3 viajes. Allí son ametrallados y precipitados al barranco. Para borrar las huellas de este macabro crimen tienen previstos bidones de gasolina para quemarlos. Al cabo de 10 días el pastor Pedro de “Can Salelles”, topa con la macabra imagen de multitud de cuerpos amontonados y quemados. En los días 19 y 20 de febrero serían enterrados en el Cementerio de Pont de Molins

 

   El alma de Anselmo Polanco Fontecha subió directamente al Cielo aquel 7 de febrero de 1939, pues para los mártires no hay purgatorio. Al trasladar sus restos a su diócesis, pocas semanas después, su amigo y defensor el Vicario General de Barcelona, Padre Torrent, decía de él: «Ilustrísimo Sr. Administrador Apostólico de la Diócesis

de Teruel.  »Ilustrísimo Sr.: No un pésame sino una felicitación muy cordial, sincera y sentida a esa Diócesis, por la muerte del Sr. Obipo Polanco. »Yo soy el único testigo de sus sufrimientos y virtudes desde día 17 de enero de 1938 en que ingresó en el cuartel   " 19 de Julio" (convento de las Siervas de María de la calle Enrique Granados) hasta el 23 de enero último en que se lo llevaron los rojos con rumbo desconocido, hasta que el hallazgo de su cadáver ha dado certeza a lo que eran temores fundados.”

 

»Es uno de los favores más señalados que la Providencia de Dios me ha concedido durante estos treinta meses de persecución, el haber conocido al Exmo. Sr. Polanco y recibir de su conducta serena y pontifical una edificación y una ejemplaridad que no podré olvidar jamás... El sobrenaturalismo del Dr. Polanco como cristiano, sacerdote, religioso y Obispo, se manifestó constantemente de una manera heroica y de gran edificación para sus carceleros. »Mi última entrevista tuvo lugar un sábado, el 14 de enero de 1939. »Yo siempre le vi entregado en manos de la Providencia: completamente sereno en el hablar y obrar. Tenía espíritu permanente de mártir: la muerte en Pont de Molins fue únicamente el último eslabón... Estoy enamoradísimo de Fray Anselmo Polanco... No es posible llevar con más decoro la dignidad episcopal... »Reciba su Ilustrísima y la Diócesis toda de Teruel los afectos de quien, sin conocerlos personalmente, los ama con predilección, gracias a las virtudes y martirio del Dr. Polanco.»

 

Robustecido por la gracia de Dios que actúa en la debilidad humana

 

«Dios, mediante un acto solemne de la Iglesia, corona sus méritos manifestando el don de gracia que les hizo, porque el martirio es una gracia especial del Espíritu Santo», dice el Papa en su beatificación.”

 

Anselmo Polanco era miedoso, impresionable y asustadizo. Durante el sitio de Teruel celebraba la santa Misa antes del amanecer porque tenía miedo de que, ya de día, la sirena que anunciaba los bombardeos le descontrolase y no pudiera terminarla.

 

Reliquia de los Beatos Anselmo Polanco y Felipe Ripoll venerada en la Parroquia de Pont de Molins

 

La sorprendente serenidad y firmeza de que habla el padre Torrent no procedían de la Carne ni de la sangre, que le pedían pasara de él el cáliz, sino del don de fortaleza que el Espíritu Santo da a sus mártires, que, como dice el Papa, es: «Signo vivo del poder de Cristo que actúa en la debilidad humana».

 

«El mismo Cristo, único señor de todo el universo, el Rey de reyes y Señor de señores, es la gloria de los mártires. A Él se dé la gloria, el honor en los nuevos beatos mártires, ahora y por siempre.” Amén.  “Cristiandad”. 10/95