LA DIMENSIÓN MARTIRIAL DE LA VIDA CRISTIANA
A LA LUZ DE LOS MÁRTIRES DE TARRASSA

 

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Conferencia pronunciada por el Obispo de Tarrasa Josep Ángel Sáiz Meneses
en la sede de Hispania Martyr el Día de los Mártires españoles
 


 

 

 

Introducción


Sr Presidente Nacional de la Asociación Hispania Martyr, Sr. Presidente de la Fundación Regina Martyrum, señoras y señores.
 

Me gustaría comenzar esta disertación escuchando dos breves textos de la Sagrada Escritura que nos ayudarán a centrar su desarrollo. El primero es del libro de la Sabiduría  3, 1-9:


“La vida de los justos está en manos de Dios, y no los tocará el tormento. La gente insensata pensaba que morían, consideraba su tránsito como una desgracia, y su partida de entre nosotros como una destrucción; pero ellos están en paz. La gente pensaba que cumplía una pena, pero ellos esperaban de lleno la inmortalidad; sufrieron pequeños castigos, recibirán grandes favores, porque Dios los puso a prueba y los halló dignos de sí; los probó como oro en crisol, los recibió como sacrificio de holocausto.

Los que confían en él comprenderán la verdad, los fieles a su amor seguirán a su lado; porque quiere a sus devotos, se apiada de ellos y mira por sus elegidos”.


Este texto nos exhorta a la confianza en la providencia de Dios ya que la existencia de los justos está en sus designios de Padre. Nos presenta la diferencia de criterios entre los justos y los insensatos, y las diferentes valoraciones de la vida, de la muerte, del dolor. Por encima de todo el justo vive en la esperanza, en la paz, en la felicidad… poniendo la confianza en el Señor.


El segundo texto es de la carta de san Pablo a los Colosenses
3, 1-5.8-10:

“Hermanos: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él en gloria. Dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría. No sigáis engañándoos unos a otros. Despojaos de la vieja condición humana, con sus obras, y revestíos de la nueva condición que ya se va renovando como imagen de su creador, hasta llegar a conocerlo”.


Este texto también resalta la coherencia de vida que debe tener todo aquel que participa de la resurrección de Cristo, que lógicamente, debe buscar las cosas de arriba. San Pablo nos presenta el planteamiento moral cristiano a partir de la nueva condición del bautizado, a partir de la nueva vida como hijo del Padre, miembro de Jesucristo, templo del Espíritu Santo. Partimos de la vida nueva de hijos que Dios nos da y del comportamiento coherente con esta vida en Cristo.

La aspiración a los bienes de arriba no desemboca en una inhibición respecto al compromiso temporal, al contrario, comporta un compromiso mayor en la misión evangelizadora y en la construcción del Reino. Se trata de encontrar el equilibrio entre la aspiración a los bienes de arriba, la esperanza en Dios y a la vez el compromiso transformador según la voluntad de Dios.


En este sentido, el ejemplo de los mártires es un gran consuelo y estímulo para nosotros. Los mártires son los testigos de Jesús y de su Evangelio. Los mártires de ayer, como Sant Feliu y Sant Cugat, que nos trajeron el Evangelio desde las comunidades cristianas —entonces florecientes— de África del Norte. Los mártires de hoy, los del momento presente en todo el mundo, y los mártires de nuestro pasado reciente. Nos referiremos concretamente a Mn. Josep Guardiet i Pujol, y a Mn. Gaietà Clausellas y Ballvé.

 

A.   Qué quiere decir “mártir”


El mártir es el signo del amor más grande, es un testimonio que se ha comprometido en el seguimiento del Cristo hasta el punto de dar su vida para testimoniar la verdad del Evangelio. Reconocido como tal por la voz del pueblo de Dios, es confirmado por la Iglesia como testigo fiel de Cristo. El martirio es la prueba del amor más grande. La donación de la propia vida. El mártir se configura con Cristo, y también se convierte en grano de trigo que cae en tierra y muere y da mucho fruto.


El martirio es la culminación del seguimiento de Cristo. Seguimiento libre hasta las últimas consecuencias.
Su muerte no se entiende en un sentido meramente negativo como privación de vida. Al contrario, el mártir entrega y ofrece su vida desde la libertad, desde la praxis concreta de su vida. Como el grano de trigo muere y se multiplica, así también la vida del mártir de Jesucristo.

 

Dr. Josep Guardiet


El Dr. Josep Guardiet i Pujol fue designado para regir la parroquia de San Pedro, de Rubí, en julio de 1916 y fue nombrado párroco en enero de 1917. Predicador y catequista incansable. Enérgico y emprendedor a la vez que bondadoso y afable. Bien dotado intelectualmente y rebosante de creatividad pastoral. Austero y servicial. Sacrificado y caritativo hasta el extremo.


Respecto a su martirio, escribe Ramón Ratés en el libro “Memòries d’un cafeter”: “Sabía que se proponían matar al Dr. Guardiet y sin pérdida de tiempo, por primera y única vez, me fui a la rectoría para ofrecerle refugio en mi casa, lugar más seguro, pues nadie sospecharía que estuviera escondido en Can Ratés. El, muy conmovido, me abrazó, me dio las gracias, pero rehusó el ofrecimiento porque, según él, no había hecho mal a nadie y creía que nada podía sucederle”.


El médico de Rubí, Dr. Parellada, en la mañana del domingo, 19 de julio de 1936 va en su busca —y lo encuentra en el Casal Popular, presidiendo una reunión del Grupo Juventud Católica Femenina—, para comunicarle que a las 15:00 horas cerraban la frontera y que si no venía con él, no tendría tiempo de escapar. El Dr. Guardiet no quiso acompañarle.

El lunes, 20 de julio de 1936, abrió la puerta de la Iglesia y dio la Comunión cada cuarto de hora, como siempre hacía. Queda muy claro que rechazó siempre la propuesta de alejarse de Rubí y lo hizo para no separarse de sus cristianos feligreses.


Lo ocurrido en la noche triste del lunes, 20 de julio de 1936, nos lo cuenta el Vicario Mn. Josep Tintó:. “Llaman estrepitosamente a la puerta de la casa rectoral, un numeroso grupo de gente armada, exigiendo las llaves del templo y la presencia del  ‘Sr.’ Guardiet. Nos presentamos el Dr. Guardiet y yo, su Vicario, en la plaza y nos obligan a abrir las puertas de la Iglesia y encender las luces. Los asaltantes se muestran muy cohibidos ante la serenidad y autoridad moral del Dr. Guardiet. Entonces el que capitanea el grupo les intima de este modo: ‘¡Adelante, camaradas! ¡El que no siga no es valiente!’ Entran atropelladamente en el templo, con un cierto temor de encontrarse en un lugar que para ellos es poco familiar. El Dr. Guardiet, con calma y santa unción, después de dialogar con los asaltantes, solicita y obtiene autorización para retirar el Santísimo Sacramento a su casa.  Desde la rectoría observa por una ventana lo que pasa en la iglesia. El ruido de los bancos amontonados, las explosiones del líquido inflamable y el humo de las llamas. Faltan cuatro horas para amanecer y el Dr. Guardiet acompañado de los suyos, reza ante Jesús Sacramentado y dispone su alma para el martirio próximo que le espera. Al apuntar el día tiene un reacción muy suya, que revela su personalidad. Llena un cubo de agua, baja él solo a la plaza solitaria, con la vaga esperanza de salvar lo poco que quedaba sin destruir y no desiste de su empeño hasta que le obliga uno de los pocos revolucionarios que había en la plaza, no sin cierto respeto, que abandone su actitud y le convence para que vuelva a la rectoría. Allí llora al escuchar las palabras groseras y los insultos que un grupo de mujeres desde la plaza profieren contra su persona. El cáliz de la amargura se va llenando y después de estos sufrimientos, poco le va a importar que lo lleven a la cárcel y que al final lo asesinen villanamente por ser sacerdote de Cristo”.


Martes 21 de julio de 1936:
es detenido y conducido a la cárcel por un grupo que grita y amenaza. Pasa 12 días en prisión con los feligreses de Rubí, convirtiendo la cárcel en parroquia, rezando, consolando y aconsejando a sus fieles. Dios quiso premiar su entrega a sus ovejas con la palma del martirio.


Lunes 3 de agosto de 1936:
es sacado de la cárcel, hacia las 3:00 horas de la madrugada junto con dos detenidos de Rubí y conducido por la carretera de la Rabassada hasta el Pi Bessó donde es inmolado a causa de su fe en Jesús, con el perdón y la sonrisa en los labios. En el trayecto, los milicianos que lo conducen, le guardan una distancia reverencial, como avergonzados ante la gente y el Dr. Guardiet les dice: “Ya pueden venir conmigo. No se apuren. Al fin y al cabo, si ustedes hacen eso es obligados”. Perdonó a sus asesinos y lo pidió de todo corazón. A seis de los escopeteros se les cayó el fusil de emoción y el séptimo tuvo que matar a los tres condenados: el cura y los dos feligreses.


Miércoles 5 de agosto de 1936:
sale su cadáver del Hospital Clínico para recibir sepultura en el nicho del Dr. Valls. Le acompañan Mn. Ramón Saborit —su Vicario, que cumple la promesa de que uno iría al entierro del otro, si no morían juntos—, junto con el Dr. Valls Serra, Lolita Guardiet, Dr. Jordi Guasch y Magdalena Xipell Guardiet que guarda dos pañuelos empapados en sangre de su tío.

 

Año 1945: los restos del Siervo de Dios Mn. Guardiet se trasladan a la Parroquial de San Pedro de Rubí, junto al altar de la Virgen de Montserrat, de la que siempre fue muy devoto.


El Cardenal Gomá, que fue su profesor en la Universidad de Tarragona, cuando se enteró de su muerte como mártir de Cristo dijo:
“Ciertamente, era la única forma en que podía, debía y merecía morir el gran Rector Dr. Guardiet”.

 

Mn. Gaietà Clausellas


Mn. Gaietà Clausella i Ballvé destaca por su entrega humilde y solícita al consuelo y compañía de los ancianos desvalidos en el Asilo de Ancianos Desamparados de Sabadell, en la casa solariega que para este fin les había donado el Dr. Sardá y Salvany, a quien nuestro Siervo de Dios asistió en su lecho de muerte, después de acompañarle en su larga enfermedad y haber sido en vida su hijo espiritual. Se quedó como Capellán del Asilo a la muerte del gran apologista Dr. Sardá y Salvany en 1916. Durante veinte años consecutivos estuvo al cuidado de los pobres y Hermanitas del Asilo a las que amaba como verdadero padre.


Su franciscanismo, amor a los niños, caridad y solicitud por los enfermos, sus concisas exhortaciones dirigidas al fondo del alma, su andar solitario por la ciudad, siempre recogido, fueron la aureola que los sabadellenses observaban día a día, durante muchos años, al cabo de los cuales llegó a ser un anciano más entre sus ancianitos, su más querida familia.


Al llegar la persecución, también llegó su hora a los 73 años. De él había dicho el Obispo mártir Irurita que era un “verdadero predestinado”. Los acontecimientos no modifican sus horarios y costumbres. Reservó el Santísimo de toda profanación. Indiferente ante el peligro, se resistió a desprenderse de la sotana, hasta que se le hizo ver las consecuencias graves para las Hermanas y para el Asilo. La comunidad de las Hermanas es sustituida por enfermeras y se tapió la comunicación del Asilo con su casa, pero Mn. Clausellas seguía siendo un ancianito más.


El martes 28 de julio de 1936,
cuando uno de los asilados tuvo un desvanecimiento y cayó al suelo, el sacerdote se “denunció” a si mismo “por su dulce atención y evidente bondad” mientras sus labios murmuraban como una oración. Las enfermeras se extrañaron: ¿Quién es este? Un señor retirado, que vive en el Asilo —contestó una hermanita—. La enfermera clavó los ojos en él y exclamó: - Aixó és un capellà!. Això nomes pot fer-ho un capellà. A partir de aquí el peligro crece y se hace palpable. Recibe avisos para que se ponga a salvo. Pasan los días y Mn. Clausellas continúa al margen del odio, cumpliendo su deber.


El miércoles 5 de agosto de 1936
le visita el padre de una de las religiosas, Sor Rosa. Al saludarse le dice: Aún estamos vivos porque no nos han matado. Y Mn. Clausellas contesta: Sí, esperando que llegue la hora. Aquí han venido muchos para que me esconda, pero no quiero dar ningún malentendido. ¡Dichosos si fuéramos dignos del martirio! Hice todo el bien que pude. No sé que haya hecho daño a nadie. Aquí me quedo. Hágase la voluntad de Dios.


El Viernes 14 de agosto de 1936
por la tarde llega el coche fantasma con sus milicianos, le sacan de su oración y les recibe afablemente: —A què veniu, minyons? Se lo llevan por la carretera de Matadepera, siguiendo el camino de la “Font de la Botella” y se paran frente a Can Argelaguer. Se oyen varios disparos y las palabras: Ja és mort, ja és mort. Mn. Clausellas ha besado su crucifijo y les ha dicho antes de ser fusilado, que no tuvieran rencor a nadie, que él los tenía perdonados y que daba gracias a Dios por haberle proporcionado el martirio.


Aquella noche, Sor Rosa oyó este comentario de uno de los asesinos a quien un compinche reprochaba el crimen:
-Ho he fet, i ho faré tantes vegades com es presenti; i el mateix faré amb la Superiora i amb les altres d’aquesta casa.


En el monolito, que los sabadellenses han colocado en su memoria reza esta inscripción:
Aquí abrazó la palma del martirio el padre de los pobres Mn. Cayetano Clausellas Ballvé, el día 14 de agosto de 1936.

 

B.    Actualidad de la dimensión martirial.

 

Areópagos y coliseos

 

Esta es la prueba suprema del cristiano, dar la propia vida hasta la aceptación de la muerte para testimoniar la fe en Jesucristo. Esta dimensión martirial, testimonial, ¿como la podemos vivir en nuestra circunstancia concreta?

 

Difícilmente nos encontraremos en las circunstancias de dar la vida en el sentido físico y material. Ahora bien, debemos vivir un nivel de fe, esperanza y amor, que si se diera la ocasión de martirio, nuestra reacción fuera de recibirlo como culminación de nuestra confesión de Cristo. Por otro lado, en un sentido amplio, hemos de vivir a lo largo de toda la existencia la dimensión martirial cristiana a través de nuestro testimonio de vida.

 

El Santo Padre, Juan Pablo II en la carta apostólica Novo Millenio Ineunte nos invita a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente ya abrirnos con confianza al futuro. En esta invitación a dar gracias no sólo lo hacemos a título personal por todo lo que hemos recibido cada uno de nosotros, sino también por la multitud de santos y de mártires, hermanos nuestros que nos han precedido.

 

Estamos llamados a ser testigos del amor, testigos de fe y de esperanza. Llamados a vivir la santidad y la misión como consecuencias del bautismo. Ser sal de la tierra y luz del mundo. Sal que da vigor y consistencia. Como antiguamente se hacía con los alimentos para que no se pudrieran. Sal que da sabor, alegría. Sal que antiguamente era signo de hospitalidad.

 

Luz que ilumina, que transparenta Cristo. Que no se impone, que simplemente se hace presente ayudando a distinguir las cosas, ayudando a contemplar la belleza de las cosas. Luz de la verdad, de la coherencia de vida.

 

Vivimos un momento histórico de profundas transformaciones que condicionan la acción pastoral, inmersos en la globalización, en una continua evolución cultural, en medio de flujos migratorios que producen un crecimiento rápido en nuestros pueblos y ciudades. Cada vez tienen más influencia los medios de comunicación y las nuevas tecnologías. La dimensión religiosa tiende a ser relegada al ámbito privado. Nos encontramos muchos ámbitos y areópagos del mundo moderno hacia los cuales tiene que orientarse nuestro testimonio cristiano[1]. Por ejemplo, el compromiso por la vida, por la familia, por la paz. También el mundo del trabajo, las relaciones entre los pueblos o el mundo de la cultura y la investigación científica. Hemos de ser conscientes, también, de que si damos un testimonio firme y valiente de Cristo en estos areópagos, en no pocas ocasiones los areópagos se convierten en lugares para el testimonio en que a la vez podemos sufrir situaciones de persecución.

 

1. Familia y jóvenes

 

En primer lugar, recordemos una vez más que el papel de los padres en la educación es fundamental, es el fundamento, la base y el principio sobre el cual se construye el futuro. Los padres han dado la vida a los hijos y tienen la obligación de educarlos. Ciertamente, la situación de nuestra sociedad occidental lleva a las prisas, el estrés, a la falta de tiempo para educar a los hijos, a la falta de comunicación y de diálogo. Pero educar a un hijo es la obra principal que los padres hacen en su vida. A la vez es un derecho que tienen, intransferible. Nadie puede usurpar este derecho de los progenitores.

¡El futuro de la humanidad se forja en la familia![2] Hemos de implicar a los esposos, los padres y madres de familia. Hemos de implicar a los jóvenes, que son el futuro y la esperanza de la Iglesia y del mundo, y serán los responsables de la familia en el tercer milenio. Por lo tanto es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la familia. Particularmente, es responsabilidad de los hijos de la Iglesia en un tiempo como el nuestro "recio", tiempo de prueba y de gracia de Dios.

 

Es responsabilidad de todos promover una cultura de amor a la familia, de amar sus valores y posibilidades, trabajar para superar los peligros y males que la amenazan, esforzarse por crear un ambiente que favorezca su desarrollo. Este camino no debe imponerse, pero si se ha de proponer sin temor, con una gran confianza. Finalmente deseo invitar a todos los cristianos a colaborar, cordial y valientemente con todos los hombres de buena voluntad, que viven su responsabilidad al servicio de la familia.

 

Los jóvenes sufren hoy de individualismo, están lejos de la Iglesia, se sienten atraídos por la música estridente, por las imágenes impactantes, por el culto al cuerpo y sufren una crisis de los conceptos de verdad y libertad. La respuesta que hemos de ofrecer pasa por no tener miedo de ir contra corriente, de presentar con rotundidad la verdad del Evangelio. Hace falta que vivan la fe en grupo, que formen grupos de oración y reflexión, que reciban una formación sólida y asuman un auténtico compromiso social. Sólo un encuentro personal con Cristo puede iluminar y llenar de gozo su vida.

 

2. Inmigración y pobreza

 

Vivimos una época de grandes y continuas migraciones. El fenómeno migratorio se tiene que entender en un contexto internacional de globalización, en el marco de un liberalismo incontrolado que provoca cada vez más diferencia entre países ricos y pobres. Los primeros disponen de capitales y tecnología para controlar y disfrutar de los recursos del planeta, mientras que los segundos no tienen posibilidades de un desarrollo humano adecuado al no poder acceder a dichos recursos.[3]

 

Hemos de recordar también las situaciones de pobreza que se dan en el Tercer Mundo y también en nuestro país, en lo que llamamos Cuarto Mundo. El Papa Benedicto XVI[4] plantea la cuestión de la solidaridad como forma de amor. Este amor tiene que manifestarse a nivel personal y también como acto de la comunidad, como acto eclesial y organizativo. La Iglesia ha de ser una comunidad de amor. La caridad es una tarea de la Iglesia y la caridad de la Iglesia es una manifestación del amor de Dios. Este amor, que llamamos caritas, no es una mera organización de ayuda al necesitado, sino que se trata de la expresión necesaria del acto más profundo del amor personal con que Dios nos ha creado, suscitando en nuestro corazón la inclinación a amar al hermano necesitado.

 

La acción caritativa y social no es una moda ni tampoco una especie de suplencia para ayudar a las administraciones. El amor al prójimo es una obligación para cada uno de los fieles y de toda la comunidad eclesial. Desde el principio hubo conciencia de esta obligación y los cristianos de la primitiva comunidad de Jerusalén vivían unidos y lo tenían todo en común (cf. Ac 2). Comparten sus bienes, entre ellos no hay diferencia entre ricos y pobres. Con el rápido crecimiento y extensión de la Iglesia resulta en la práctica muy difícil mantener esta forma de comunión de los bienes materiales, pero el principio permanece igualmente y también permanece la obligación de compartir los bienes propios.

 

3. Impregnar la cultura y la comunicación de principios morales

 

Con la palabra cultura se indica, en sentido general, todo aquello con que el hombre desarrolla sus cualidades espirituales y materiales; perfecciona la creación con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; y finalmente, a través del tiempo, expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan y puedan ayudar a todo el género humano.[5]

 

Somos conscientes de la importancia de la evangelización del mundo de la cultura en sus diferentes campos: científicos, tecnológicos, educativos, artísticos. Un areópago inmenso y difícil sobre todo por nuestra escasez de medios. Sin embargo, una misión apasionante a la cual nos tenemos que aplicar desde la confianza en el Señor.

 

Los Medios de Comunicación Social  influyen poderosamente en las personas concretas y en las culturas de todo el mundo. Su impacto es incalculable sobre la configuración mental de las personas así como en las actitudes religiosas y morales. Seguramente se han convertido en el principal medio no sólo informativo sino incluso formativo de muchas personas, e influyen especialmente en los niños y los jóvenes, y cada vez más también en los adultos.

 

Hemos de procurar que los MCS y las nuevas tecnologías colaboren en  el anuncio y la difusión de la Buena Nueva del Evangelio. En segundo lugar, en la medida de nuestras posibilidades, tenemos que integrar el mensaje cristiano en este nuevo areópago, evangelizarlo, trabajar para la transformación de estos medios de manera que estén al servicio de la verdad y el bien, y se impregnen de los principios morales fundamentales. Quiero subrayar hoy especialmente la grandeza de la vida humana, el valor incomparable de cada persona, llamada a una plenitud de vida que consiste en la participación de la misma vida de Dios.[6] La Iglesia es consciente de su misión de proclamar la buena nueva de la vida y del valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término.

 

C.    Tres actitudes para el martirio, hoy[7]

 

1. Firmeza en la vida de fe


La primera actitud es la firmeza en la fe. La fe es la respuesta integral del ser humano a Dios que se revela como salvador. El Antiguo Testamento insiste en el aspecto de la confianza en Dios, mientras que el Nuevo Testamento destaca más bien el asentimiento al mensaje revelado
[8]. La Carta a los Hebreos contiene una definición de la fe: «La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven» (11,1). Esta definición no sólo concibe la fe como apertura de la mente al don de Dios, sino también como la presencia anticipada de ese don en nuestra vida. Y, al ser presencia, es encuentro entre Dios y el ser humano, en el que Dios toma la iniciativa, al tiempo que pide la libre cooperación humana.

Fijémonos en el ejemplo de María. Ella realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe[9]. Acoge el anuncio del ángel y da una respuesta confiada al plan de Dios. Por medio de la fe se confía a Dios sin reservas y se consagra totalmente a la persona y a la obra de su Hijo. Isabel la saluda llamándola dichosa y bienaventurada por haber creído. Las palabras de Isabel se aplican a aquel momento culminante de la anunciación, y a todo el camino de fe que María recorrerá en su vida.

 

La obediencia de la fe de María alcanza su culminación en el Calvario. (cf. Jn 19, 25). Ella se une al sacrifico de su Hijo, y mantiene fielmente la unión con El. En esos momentos de dolor, se abandona sin reservas a la voluntad de Dios. «A los pies de la Cruz, María participa por medio de la fe en el desconcertante misterio de este despojamiento. Por medio de la fe la Madre participa en la muerte del Hijo, en su muerte redentora»[10].

 

María es Madre y Maestra. Ella nos enseña a asumir las pruebas y dificultades que están presentes en el itinerario de la fe. Pero la fe madura en la prueba y en el sufrimiento. La carta a los Hebreos nos recuerda que «también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe» (Hb 12,1-2).

 

2. Fortaleza en el testimonio

 

En segundo lugar, y siguiendo el ejemplo de María, me parece muy importante la fortaleza en el testimonio. María permanece firme junto a la cruz de Jesús, en pie, con una dignidad y fortaleza extraordinarias, en un momento de inmenso dolor. La fe de María, que a lo largo de toda su existencia se fue robusteciendo, la hace permanecer firme hasta el final.

 

La fortaleza para superar las dificultades y para ser capaces de dar testimonio en situaciones adversas, es una consecuencia de la profundidad de la fe. En el momento presente, tanto a nivel personal como comunitario, es preciso que tengamos una fe adulta, profunda, madura, es preciso que como María vivamos una espiritualidad que integre la fe y la vida y que estemos siempre dispuestos para dar testimonio de nuestra fe en Jesucristo.

Así lo vivieron los primeros cristianos. En el libro de los Hechos de los Apóstoles se describe que Pedro, Juan y los demás apóstoles «predicaban la Palabra de Dios con valentía» (4,31). Y más tarde se afirmará lo mismo de Pablo[11] Después de su conversión, llega a Jerusalén, y junto a los demás apóstoles predica valientemente en el nombre del Señor. (Cf. Hechos 9,26-28).

 

La palabra griega utilizada en estos textos es «parresía», que se traduce como «predicar con valentía». El significado de esta palabra se refiere sobre todo a la libertad en el hablar, con valentía y sin ambigüedades. Esta es una característica esencial en la misión evangelizadora que nos ayuda a comprender la misión de la Iglesia y de cada cristiano: hablar con coraje, con libertad y sin temor.

 

Fijémonos en este concepto —y sobre todo en esta actitud— que tiene una particular importancia en la actualidad. La dimensión martirial de nuestra vida la podemos vivir desde la «parresía», y así seremos audaces en nuestra relación con los demás y en medio de los diferentes ambientes. Viviendo esta actitud, nos expresaremos con valor y libertad de espíritu, nos entregaremos generosamente al servicio de la verdad y el bien, sin buscar ni el propio interés ni el prestigio personal.

 

3. Coherencia y Unidad de vida

 

Seremos mártires en el día a día de nuestra vida, testigos de Jesucristo en el momento presente si nuestra vida de fe se caracteriza por la unidad, por la coherencia, por la síntesis e integración de diferentes aspectos y perspectivas. En primer lugar vivir intensamente la fe-esperanza-amor. Para ello es necesaria la unión con Cristo, que se alimenta fundamentalmente de la Eucaristía; unión con Cristo que se repara y acrecienta con el sacramento de la reconciliación, en que recibimos el abrazo amoroso del Padre que perdona, que siempre espera, que nos ayuda a superar los obstáculos de la vida; unión con Cristo a través de la oración y del encuentro personal con Él, avivando la conciencia de la presencia personal amorosa y activa de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo en nosotros; unión con Cristo a la luz de la escucha de la Palabra de Dios, que ilumina, interpela, y transforma.

 

En segundo lugar, es muy importante que cuidemos la formación, siempre necesaria para conocer a Dios, conocerse a sí mismo, conocer el ambiente que nos rodea, profundizar en la fe, dar razón de la fe y de la esperanza, teniendo en cuenta la vocación a la que hemos sido llamados, en la que hemos de buscar la excelencia. En tercer lugar, la acción. Una acción apostólica que deriva de la misma naturaleza del ser cristiano, consecuencia del bautismo y la confirmación, consecuencia de la misión evangelizadora. Todo cristiano está llamado a colaborar en la construcción del Reino de Dios y a fermentar evangélicamente los ambientes a través del testimonio de palabra y de una vida coherente con el Evangelio viviendo así su dimensión martirial.

 

Exhortación final

 

El Señor nos llama a ser testigos suyos en la sociedad del siglo XXI, somos sus mártires. El Señor nos envía a anunciar la Buena Nueva a nuestros contemporáneos. Nos envía para que seamos sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5, 13-16), nos envía para que demos un fruto abundante y que perdure (cf. Jn 15, 16).

 

Esta misión testimonial propiciará una renovación profunda, una auténtica transformación de cada persona y de toda la humanidad, porque Cristo ha venido para hacer nuevas todas las cosas. Presentes en nuestra sociedad, haciendo camino con nuestros contemporáneos, compartiendo los trabajos y las dificultades,  dando razón de nuestra esperanza, siendo portadores de alegría.

 

Llevamos a cabo esta misión desde la confianza en el Señor, desde una actitud de esperanza en cualquier situación, especialmente en los momentos de dificultad, de cruz, de persecución. Jesucristo resucitado está presente en la Iglesia: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta al fin del mundo» (Mt 28, 20). El nos da la fuerza para vivir intensamente la fe y dar testimonio con energías siempre renovadas. De esta forma, unidos a Cristo, a María, a la Iglesia, con todos sus mártires, vivimos  la dimensión martirial de nuestra fe cristiana, navegando por el mar de la historia con la confianza puesta siempre en el Señor. Muchas gracias.

 

 


 

[1] Cf. JUAN PABLO II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, nn. 9. 51-52; JUAN PABLO II, Carta Encíclica Redemptoris Missio, nn. 37-38; CONCILIO VATICANO II, Decreto Apostolicam Actuositatem, n. 12; JOSEP ÀNGEL SAIZ MENESES,  Terstigos de Jesucristo en la sociedad del siglo XXI. Pp. 51 ss.

[2] Cf.  JUAN PABLO II, Carta Apostólica Familiaris Consortio n. 86

[3] Cf. JUAN PABLO II, Jornada Mundial del Inmigrante, año 2000

[4] Cf. BENEDICTO XVI, Carta Encíclica Deus caritas est, n. 19ss

[5] CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes,  n. 53

[6] Cf, JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium Vitae, nn. 2-4

[7] Cf. JOSEP ÀNGEL SAIZ MENESES,  Madre de Dios y Madre nuestra, pp. 39 ss.

[8] Cf. G: LANGEVIN, Fe, en Diccionario de Teología Fundamental, pp.472 ss, Madrid 1992.

[9] Cf. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Redemptoris Mater, nn. 8-19; BENEDICTO XVI, Carta Encíclica Spe Salvi, n. 50; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 148-149. 494.

[10] Ibíd, n. 18.

[11] Cf. JOSEP ÂNGEL SAIZ MENESES, Valentía a la hora de dar testimonio de Cristo, Carta dominical del 17 de agosto de 2008.