|
LA DIMENSIÓN MARTIRIAL DE LA
VIDA CRISTIANA
v
Introducción
Me gustaría comenzar esta disertación escuchando dos breves textos de la Sagrada Escritura que nos ayudarán a centrar su desarrollo. El primero es del libro de la Sabiduría 3, 1-9:
Los que confían en él comprenderán la verdad, los fieles a su amor seguirán a su lado; porque quiere a sus devotos, se apiada de ellos y mira por sus elegidos”.
“Hermanos: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él en gloria. Dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría. No sigáis engañándoos unos a otros. Despojaos de la vieja condición humana, con sus obras, y revestíos de la nueva condición que ya se va renovando como imagen de su creador, hasta llegar a conocerlo”.
La aspiración a los bienes de arriba no desemboca en una inhibición respecto al compromiso temporal, al contrario, comporta un compromiso mayor en la misión evangelizadora y en la construcción del Reino. Se trata de encontrar el equilibrio entre la aspiración a los bienes de arriba, la esperanza en Dios y a la vez el compromiso transformador según la voluntad de Dios.
A. Qué quiere decir “mártir”
Dr. Josep Guardiet
El lunes, 20 de julio de 1936, abrió la puerta de la Iglesia y dio la Comunión cada cuarto de hora, como siempre hacía. Queda muy claro que rechazó siempre la propuesta de alejarse de Rubí y lo hizo para no separarse de sus cristianos feligreses.
Año 1945: los restos del Siervo de Dios Mn. Guardiet se trasladan a la Parroquial de San Pedro de Rubí, junto al altar de la Virgen de Montserrat, de la que siempre fue muy devoto.
Mn. Gaietà Clausellas
B. Actualidad de la dimensión martirial.
Areópagos y coliseos
Esta es la prueba suprema del cristiano, dar la propia vida hasta la aceptación de la muerte para testimoniar la fe en Jesucristo. Esta dimensión martirial, testimonial, ¿como la podemos vivir en nuestra circunstancia concreta?
Difícilmente nos encontraremos en las circunstancias de dar la vida en el sentido físico y material. Ahora bien, debemos vivir un nivel de fe, esperanza y amor, que si se diera la ocasión de martirio, nuestra reacción fuera de recibirlo como culminación de nuestra confesión de Cristo. Por otro lado, en un sentido amplio, hemos de vivir a lo largo de toda la existencia la dimensión martirial cristiana a través de nuestro testimonio de vida.
El Santo Padre, Juan Pablo II en la carta apostólica Novo Millenio Ineunte nos invita a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente ya abrirnos con confianza al futuro. En esta invitación a dar gracias no sólo lo hacemos a título personal por todo lo que hemos recibido cada uno de nosotros, sino también por la multitud de santos y de mártires, hermanos nuestros que nos han precedido.
Estamos llamados a ser testigos del amor, testigos de fe y de esperanza. Llamados a vivir la santidad y la misión como consecuencias del bautismo. Ser sal de la tierra y luz del mundo. Sal que da vigor y consistencia. Como antiguamente se hacía con los alimentos para que no se pudrieran. Sal que da sabor, alegría. Sal que antiguamente era signo de hospitalidad.
Luz que ilumina, que transparenta Cristo. Que no se impone, que simplemente se hace presente ayudando a distinguir las cosas, ayudando a contemplar la belleza de las cosas. Luz de la verdad, de la coherencia de vida.
Vivimos un momento histórico de profundas transformaciones que condicionan la acción pastoral, inmersos en la globalización, en una continua evolución cultural, en medio de flujos migratorios que producen un crecimiento rápido en nuestros pueblos y ciudades. Cada vez tienen más influencia los medios de comunicación y las nuevas tecnologías. La dimensión religiosa tiende a ser relegada al ámbito privado. Nos encontramos muchos ámbitos y areópagos del mundo moderno hacia los cuales tiene que orientarse nuestro testimonio cristiano[1]. Por ejemplo, el compromiso por la vida, por la familia, por la paz. También el mundo del trabajo, las relaciones entre los pueblos o el mundo de la cultura y la investigación científica. Hemos de ser conscientes, también, de que si damos un testimonio firme y valiente de Cristo en estos areópagos, en no pocas ocasiones los areópagos se convierten en lugares para el testimonio en que a la vez podemos sufrir situaciones de persecución.
1. Familia y jóvenes
En primer lugar, recordemos una vez más que el papel de los padres en la educación es fundamental, es el fundamento, la base y el principio sobre el cual se construye el futuro. Los padres han dado la vida a los hijos y tienen la obligación de educarlos. Ciertamente, la situación de nuestra sociedad occidental lleva a las prisas, el estrés, a la falta de tiempo para educar a los hijos, a la falta de comunicación y de diálogo. Pero educar a un hijo es la obra principal que los padres hacen en su vida. A la vez es un derecho que tienen, intransferible. Nadie puede usurpar este derecho de los progenitores. ¡El futuro de la humanidad se forja en la familia![2] Hemos de implicar a los esposos, los padres y madres de familia. Hemos de implicar a los jóvenes, que son el futuro y la esperanza de la Iglesia y del mundo, y serán los responsables de la familia en el tercer milenio. Por lo tanto es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la familia. Particularmente, es responsabilidad de los hijos de la Iglesia en un tiempo como el nuestro "recio", tiempo de prueba y de gracia de Dios.
Es responsabilidad de todos promover una cultura de amor a la familia, de amar sus valores y posibilidades, trabajar para superar los peligros y males que la amenazan, esforzarse por crear un ambiente que favorezca su desarrollo. Este camino no debe imponerse, pero si se ha de proponer sin temor, con una gran confianza. Finalmente deseo invitar a todos los cristianos a colaborar, cordial y valientemente con todos los hombres de buena voluntad, que viven su responsabilidad al servicio de la familia.
Los jóvenes sufren hoy de individualismo, están lejos de la Iglesia, se sienten atraídos por la música estridente, por las imágenes impactantes, por el culto al cuerpo y sufren una crisis de los conceptos de verdad y libertad. La respuesta que hemos de ofrecer pasa por no tener miedo de ir contra corriente, de presentar con rotundidad la verdad del Evangelio. Hace falta que vivan la fe en grupo, que formen grupos de oración y reflexión, que reciban una formación sólida y asuman un auténtico compromiso social. Sólo un encuentro personal con Cristo puede iluminar y llenar de gozo su vida.
2. Inmigración y pobreza
Vivimos una época de grandes y continuas migraciones. El fenómeno migratorio se tiene que entender en un contexto internacional de globalización, en el marco de un liberalismo incontrolado que provoca cada vez más diferencia entre países ricos y pobres. Los primeros disponen de capitales y tecnología para controlar y disfrutar de los recursos del planeta, mientras que los segundos no tienen posibilidades de un desarrollo humano adecuado al no poder acceder a dichos recursos.[3]
Hemos de recordar también las situaciones de pobreza que se dan en el Tercer Mundo y también en nuestro país, en lo que llamamos Cuarto Mundo. El Papa Benedicto XVI[4] plantea la cuestión de la solidaridad como forma de amor. Este amor tiene que manifestarse a nivel personal y también como acto de la comunidad, como acto eclesial y organizativo. La Iglesia ha de ser una comunidad de amor. La caridad es una tarea de la Iglesia y la caridad de la Iglesia es una manifestación del amor de Dios. Este amor, que llamamos caritas, no es una mera organización de ayuda al necesitado, sino que se trata de la expresión necesaria del acto más profundo del amor personal con que Dios nos ha creado, suscitando en nuestro corazón la inclinación a amar al hermano necesitado.
La acción caritativa y social no es una moda ni tampoco una especie de suplencia para ayudar a las administraciones. El amor al prójimo es una obligación para cada uno de los fieles y de toda la comunidad eclesial. Desde el principio hubo conciencia de esta obligación y los cristianos de la primitiva comunidad de Jerusalén vivían unidos y lo tenían todo en común (cf. Ac 2). Comparten sus bienes, entre ellos no hay diferencia entre ricos y pobres. Con el rápido crecimiento y extensión de la Iglesia resulta en la práctica muy difícil mantener esta forma de comunión de los bienes materiales, pero el principio permanece igualmente y también permanece la obligación de compartir los bienes propios.
3. Impregnar la cultura y la comunicación de principios morales
Con la palabra cultura se indica, en sentido general, todo aquello con que el hombre desarrolla sus cualidades espirituales y materiales; perfecciona la creación con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; y finalmente, a través del tiempo, expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan y puedan ayudar a todo el género humano.[5]
Somos conscientes de la importancia de la evangelización del mundo de la cultura en sus diferentes campos: científicos, tecnológicos, educativos, artísticos. Un areópago inmenso y difícil sobre todo por nuestra escasez de medios. Sin embargo, una misión apasionante a la cual nos tenemos que aplicar desde la confianza en el Señor.
Los Medios de Comunicación Social influyen poderosamente en las personas concretas y en las culturas de todo el mundo. Su impacto es incalculable sobre la configuración mental de las personas así como en las actitudes religiosas y morales. Seguramente se han convertido en el principal medio no sólo informativo sino incluso formativo de muchas personas, e influyen especialmente en los niños y los jóvenes, y cada vez más también en los adultos.
Hemos de procurar que los MCS y las nuevas tecnologías colaboren en el anuncio y la difusión de la Buena Nueva del Evangelio. En segundo lugar, en la medida de nuestras posibilidades, tenemos que integrar el mensaje cristiano en este nuevo areópago, evangelizarlo, trabajar para la transformación de estos medios de manera que estén al servicio de la verdad y el bien, y se impregnen de los principios morales fundamentales. Quiero subrayar hoy especialmente la grandeza de la vida humana, el valor incomparable de cada persona, llamada a una plenitud de vida que consiste en la participación de la misma vida de Dios.[6] La Iglesia es consciente de su misión de proclamar la buena nueva de la vida y del valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término.
C. Tres actitudes para el martirio, hoy[7]
1. Firmeza en la vida de fe
Fijémonos en el ejemplo de María. Ella realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe[9]. Acoge el anuncio del ángel y da una respuesta confiada al plan de Dios. Por medio de la fe se confía a Dios sin reservas y se consagra totalmente a la persona y a la obra de su Hijo. Isabel la saluda llamándola dichosa y bienaventurada por haber creído. Las palabras de Isabel se aplican a aquel momento culminante de la anunciación, y a todo el camino de fe que María recorrerá en su vida.
La obediencia de la fe de María alcanza su culminación en el Calvario. (cf. Jn 19, 25). Ella se une al sacrifico de su Hijo, y mantiene fielmente la unión con El. En esos momentos de dolor, se abandona sin reservas a la voluntad de Dios. «A los pies de la Cruz, María participa por medio de la fe en el desconcertante misterio de este despojamiento. Por medio de la fe la Madre participa en la muerte del Hijo, en su muerte redentora»[10].
María es Madre y Maestra. Ella nos enseña a asumir las pruebas y dificultades que están presentes en el itinerario de la fe. Pero la fe madura en la prueba y en el sufrimiento. La carta a los Hebreos nos recuerda que «también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe» (Hb 12,1-2).
2. Fortaleza en el testimonio
En segundo lugar, y siguiendo el ejemplo de María, me parece muy importante la fortaleza en el testimonio. María permanece firme junto a la cruz de Jesús, en pie, con una dignidad y fortaleza extraordinarias, en un momento de inmenso dolor. La fe de María, que a lo largo de toda su existencia se fue robusteciendo, la hace permanecer firme hasta el final.
La fortaleza para superar las dificultades y para ser capaces de dar testimonio en situaciones adversas, es una consecuencia de la profundidad de la fe. En el momento presente, tanto a nivel personal como comunitario, es preciso que tengamos una fe adulta, profunda, madura, es preciso que como María vivamos una espiritualidad que integre la fe y la vida y que estemos siempre dispuestos para dar testimonio de nuestra fe en Jesucristo. Así lo vivieron los primeros cristianos. En el libro de los Hechos de los Apóstoles se describe que Pedro, Juan y los demás apóstoles «predicaban la Palabra de Dios con valentía» (4,31). Y más tarde se afirmará lo mismo de Pablo[11] Después de su conversión, llega a Jerusalén, y junto a los demás apóstoles predica valientemente en el nombre del Señor. (Cf. Hechos 9,26-28).
La palabra griega utilizada en estos textos es «parresía», que se traduce como «predicar con valentía». El significado de esta palabra se refiere sobre todo a la libertad en el hablar, con valentía y sin ambigüedades. Esta es una característica esencial en la misión evangelizadora que nos ayuda a comprender la misión de la Iglesia y de cada cristiano: hablar con coraje, con libertad y sin temor.
Fijémonos en este concepto —y sobre todo en esta actitud— que tiene una particular importancia en la actualidad. La dimensión martirial de nuestra vida la podemos vivir desde la «parresía», y así seremos audaces en nuestra relación con los demás y en medio de los diferentes ambientes. Viviendo esta actitud, nos expresaremos con valor y libertad de espíritu, nos entregaremos generosamente al servicio de la verdad y el bien, sin buscar ni el propio interés ni el prestigio personal.
3. Coherencia y Unidad de vida
Seremos mártires en el día a día de nuestra vida, testigos de Jesucristo en el momento presente si nuestra vida de fe se caracteriza por la unidad, por la coherencia, por la síntesis e integración de diferentes aspectos y perspectivas. En primer lugar vivir intensamente la fe-esperanza-amor. Para ello es necesaria la unión con Cristo, que se alimenta fundamentalmente de la Eucaristía; unión con Cristo que se repara y acrecienta con el sacramento de la reconciliación, en que recibimos el abrazo amoroso del Padre que perdona, que siempre espera, que nos ayuda a superar los obstáculos de la vida; unión con Cristo a través de la oración y del encuentro personal con Él, avivando la conciencia de la presencia personal amorosa y activa de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo en nosotros; unión con Cristo a la luz de la escucha de la Palabra de Dios, que ilumina, interpela, y transforma.
En segundo lugar, es muy importante que cuidemos la formación, siempre necesaria para conocer a Dios, conocerse a sí mismo, conocer el ambiente que nos rodea, profundizar en la fe, dar razón de la fe y de la esperanza, teniendo en cuenta la vocación a la que hemos sido llamados, en la que hemos de buscar la excelencia. En tercer lugar, la acción. Una acción apostólica que deriva de la misma naturaleza del ser cristiano, consecuencia del bautismo y la confirmación, consecuencia de la misión evangelizadora. Todo cristiano está llamado a colaborar en la construcción del Reino de Dios y a fermentar evangélicamente los ambientes a través del testimonio de palabra y de una vida coherente con el Evangelio viviendo así su dimensión martirial.
Exhortación final
El Señor nos llama a ser testigos suyos en la sociedad del siglo XXI, somos sus mártires. El Señor nos envía a anunciar la Buena Nueva a nuestros contemporáneos. Nos envía para que seamos sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5, 13-16), nos envía para que demos un fruto abundante y que perdure (cf. Jn 15, 16).
Esta misión testimonial propiciará una renovación profunda, una auténtica transformación de cada persona y de toda la humanidad, porque Cristo ha venido para hacer nuevas todas las cosas. Presentes en nuestra sociedad, haciendo camino con nuestros contemporáneos, compartiendo los trabajos y las dificultades, dando razón de nuestra esperanza, siendo portadores de alegría.
Llevamos a cabo esta misión desde la confianza en el Señor, desde una actitud de esperanza en cualquier situación, especialmente en los momentos de dificultad, de cruz, de persecución. Jesucristo resucitado está presente en la Iglesia: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta al fin del mundo» (Mt 28, 20). El nos da la fuerza para vivir intensamente la fe y dar testimonio con energías siempre renovadas. De esta forma, unidos a Cristo, a María, a la Iglesia, con todos sus mártires, vivimos la dimensión martirial de nuestra fe cristiana, navegando por el mar de la historia con la confianza puesta siempre en el Señor. Muchas gracias.
[1] Cf. JUAN PABLO II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, nn. 9. 51-52; JUAN PABLO II, Carta Encíclica Redemptoris Missio, nn. 37-38; CONCILIO VATICANO II, Decreto Apostolicam Actuositatem, n. 12; JOSEP ÀNGEL SAIZ MENESES, Terstigos de Jesucristo en la sociedad del siglo XXI. Pp. 51 ss. [2] Cf. JUAN PABLO II, Carta Apostólica Familiaris Consortio n. 86 [3] Cf. JUAN PABLO II, Jornada Mundial del Inmigrante, año 2000 [4] Cf. BENEDICTO XVI, Carta Encíclica Deus caritas est, n. 19ss [5] CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes, n. 53 [6] Cf, JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium Vitae, nn. 2-4 [7] Cf. JOSEP ÀNGEL SAIZ MENESES, Madre de Dios y Madre nuestra, pp. 39 ss. [8] Cf. G: LANGEVIN, Fe, en Diccionario de Teología Fundamental, pp.472 ss, Madrid 1992. [9] Cf. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Redemptoris Mater, nn. 8-19; BENEDICTO XVI, Carta Encíclica Spe Salvi, n. 50; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 148-149. 494. [10] Ibíd, n. 18. [11] Cf. JOSEP ÂNGEL SAIZ MENESES, Valentía a la hora de dar testimonio de Cristo, Carta dominical del 17 de agosto de 2008. |